EN EL TIBET

No soy experta en la cultura tibetana o en la filosofía budista. Sencillamente voy a hablar de lo que vi y pensé en dos viajes por tierras tibetanas, a la luz de un profundo interés personal por el budismo tibetano, y por el destino de esa raza tan particular y tan necesaria para la entereza del género humano: sus intuiciones de potencialidades de la mente que en otras sociedades se han ignorado, en este momento nos servirían para sobrevivir a la decadencia que nos está ahogando. Pero no quiero meterme en las ideas sino enfocar por un lado la belleza del Tíbet y su gente, y por el otro la opresión y disminución que están sufriendo.
La meta en ambos viajes fue llegar a un lugar cerca de la frontera entre la China propiamente dicha y la Región Autónoma Tibetana (que para los chinos también es China sin más), para conocer y luego volver a visitar a mi ‘ahijado’, un joven que estoy apoyando en sus estudios. Me dio esa gran oportunidad la organización ASIA-Onlus, fundada por el maestro Namkhai Norbu Rimpoche, entre otros propósitos benéficos para recrear en algunas comunidades tibetanas escuelas que imparten la educación monástica tradicional. Aclaro que, aunque a través de los años de la dominación china los monasterios que sobrevivieron a los masacres y destrozos de la invasión han seguido funcionando como escuelas y han acogido a muchos novatos, a causa de la devoción del pueblo y el prestigio que confiere tener un hijo – a veces varios hijos – en monasterios o convertidos en lamas, en realidad esos jóvenes no han recibido una educación completa o siquiera adecuada, quedando en la mayoría de los casos ignorantes de su tradición filosófica y hasta analfabetas. Namkhai Norbu, a base de un delicado trabajo de diplomacia con los chinos, logró que se le permitiera volver a introducir todo el cuerpo de conocimientos monásticos en algunas escuelas, en cambio del apoyo de la fundación a escuelas primarias chinas en las mismas regiones. Las actividades de la fundación se encuentran en este momento obstaculizadas y en peligro de tener que ser suspendidas, por la reacción de las autoridades chinas a las protestas de monjes y monjas contra su dominación. Los sacrificios de los monjes, a veces suicidas entre llamas, quizás no ayudan a su causa.
En mi primer viaje llegué a Derge, la ciudad cerca de la escuela de Tse Namgyal, en carro desde Lhasa, cruzando la frontera hacia China. En el segundo venía del otro lado, en avión desde Beijing a Chengdu, la capital de la provincia de Sichuan, y de allá otra vez en jeep, sin la complicación de cruzar frontera porque Derge, a pesar de ser básicamente una ciudad tibetana, se encuentra en el mismo Sichuan. La segunda ruta fue más fácil, con menos tensión y trámites burocráticos – por si alguien está pensando lanzarse a esa maravillosa aventura.
No voy a decir mucho del viaje de Kathmandu a Lhasa, en un tour con demasiadas personas, no compatibles conmigo (querían escuchar música popular occidental durante todo el trayecto), y un guía que hablaba pésimo inglés y sólo quería llegar lo más rápido posible. Con ese propósito nos hizo seguir varias horas después de caer la noche el segundo día (las enormes montañas se vislumbraban como fantasmas a lo lejos), para llegar a donde sabía se estaba cerrando la carretera en la mañana temprano y durante todo el día. Pero no le funcionó el plan de salir muy temprano del extraño hostal donde nos habíamos parado, porque despertó tarde y la carretera ya estaba cerrada, con un guardia chino extraordinariamente hosco y malhumorado que no escuchaba peticiones de dejar pasar. Así que nos quedamos casi todo el día en ese lugar, una especie de campamento amurallado, con retretes asquerosos en las torres de los muros, abiertos al suelo donde esperaban cochinos para comer las heces, y una cocina de las acogedoras tradicionales, mesas-cajones y bancos anchos cubiertos de alfombras, con una larga estufa a leña donde hervían calderas de té y ollas de sopa de fideos con carne dura de yak. Yo entraba a intervalos para calentarme por fuera y por dentro y sonreírle (sin palabras posibles) a la simpática mujer que atendía. Pero afuera de los muros llamaba un panorama tan inmenso y hermoso que aturdía: la cordillera de las montañas más altas del mundo, Chomolungma (así llaman tibetanos y chinos al Everest) y compañeras, blancas bajo un cielo azul purísimo, y en el plano inmediato una llanura con rebaños numerosos de caballos y yaks. Y el tiempo para grabarlo en los sentidos para siempre.
Además de pasar por paisajes asombrosos (una vez nos paramos al pie de un altísimo glaciar), visitamos unos monasterios famosos (en especial Ghyantse y Shigatse), donde tuve mis primeras impresiones de esos ambientes sagrados imponentes y de concentrada devoción: edificios sólidos como fortalezas, espacios rituales que son selvas formadas por adornos coloridos e imágenes impactantes, que representan según la imaginación tibetana el espectro de las posibilidades psíquicas profundas, pacíficas, gozosas y terribles. Los monjes en sus trajes rojos son los habitantes naturales de esa selva; visitantes asombrados los fieles que se acercan para rendir culto y pedir bendiciones. Estar en un ambiente parecido da la sensación de acercarse al misterio; en el sanctum, casi de tocarlo. Se justifican los largos viajes que muchos han hecho para llegar.
El más sagrado, más misterioso y profundo de todos los templos es el Jokhang de Lhasa, que data del siglo 7 y parece respirar un aire cargado de la devoción y la visión inspirada de toda su existencia. La cola de los pelegrinos que siguen el kora, la circumambulación del templo, y se acercan luego a sus portales es interminable. Son viejos, jóvenes y niños, los mayores con su largo cabello trenzado y sus bellos trajes tradicionales. Unirse a ellos en la última ronda del kora, el pasillo de piedra dentro el templo donde giran sin cesar los grandes y pequeños molinillos de oración, representa un viaje al fondo del tiempo y del corazón devoto. Las caras curtidas, inmóviles de los ancianos emanan el gozo de cumplir el anhelo, quizás de toda una vida, de estar en el centro del mundo espiritual del Tíbet.
El Jokhang es un refugio. Fuera de sus muros en la gran plaza se siente ya la invasión del mundo ajeno: el comercio, la multitud de turistas sobre todo chinos, los edificios que lo cercan trancando (al parecer adrede) la vista del Potala, el antiguo palacio de los Dalai Lamas, en su cerro. Detrás del templo se encuentra el barrio viejo, casas tradicionales y talleres de artesanía tibetanos (el tour me dejó en un hotel al lado de la mezquita en el mismo barrio), pero es pequeño en relación a la ciudad alrededor, llena de edificios altos y comercios modernos. La población ya es mayoritariamente chino, puesto que es una política del gobierno importar chinos han en las zonas con culturas fuertes propias que resisten la asimilación. Donde vayan, los mejores alojamientos, los mejores trabajos son para ellos, ellos poseen el dinero y las propiedades, y no es de maravillarse que los tibetanos que de alguna manera trabajan con ellos – como mis guías – tengan una actitud de víctimas y no quieren hacer muchos esfuerzos para cumplir.
Visité los monasterios de Drepung y Sera, disminuidos respecto al pasado pero todavía con vida, subí al Potala, interesante como museo pero carente de alma por la ausencia del Dalai Lama y su gobierno, exiliados hace ya tanto tiempo. Pasé unas horas en el parque del Norbulingka, el palacio de verano de los Dalai Lamas, el único lugar en el Tíbet donde vi el retrato del actual Dalai Lama, pintado cuando joven en la pared de una sala. Está prohibido a los tibetanos tener imágenes de su líder espiritual, y en los tronos de los templos donde debería estar él o su retrato, ponen la imagen con mil brazos y once cabezas de Chenrezig (Avalokiteshwara para los que lo conocen de la India), el bodhisattva de la compasión de quien se cree que los Dalai Lamas son encarnaciones. Varias veces un tibetano me susurró al oído como secreto que con esa imagen desafían la prohibición de los chinos y aseguran la presencia del Dalai Lama.
La decadencia llena de ecos del parque del Norbulingka me inspiró un poema que les voy a leer; me voy a permitir leer varios poemas para describir el viaje porque conservan, creo, la frescura de mis impresiones inmediatas – son entradas en un diario más que poesía:
En el parque de Su Santidad
cabezas secas de diente de león
pululan entre la grama áspera;
escalones desiertos de piedra
llevan al lago estancado
donde chapotean algunos patos.
De la vida cruda, inocente,
¿podrán volver a surgir
complejas redes humanas?
¿Podrán añicos de memoria
recomponer la crisálida
que incubaba la mente perfecta?

Mis días en Lhasa fueron ocupados también por los trámites para lograr los permisos para llegar a Derge, al otro lado de la frontera en China. Al final habían llevado tanto tiempo que no quedaban días suficientes para el viaje (de alrededor de 3.000 km), y hubo que añadir la solicitud de prórroga de mi visa. Me la estaba negando la extranjería, pero el director de la agencia de viajes, chino, le dijo al oficial (así me contó, yo no estaba) que yo era una señora anciana que no iba a tener otra oportunidad para hacer ese viaje y si me lo negaban me iba a enfermar.
El oficial cedió, y finalmente salí en una camioneta cómoda, con otro guía mal dispuesto y que hablaba mal el inglés, que sin embargo no pudo estropearme el viaje, y un chofer heroico que tuvo que manejar varias veces 16 horas al día. No me podía decir una sola palabra y escuchaba el mismo disco 10 veces al día, que afortunadamente era de canciones populares tibetanas que me gustaban, pero era una presencia amable. Las primeras horas, hasta llegar a una ciudad toda nueva y fríamente fea, la carretera no era mala, pero más allá estaba en construcción – es la vía principal hacia China en el sur del país – y nos quedábamos en largas colas de vehículos pesados que a veces se atascaban horas en el barro. A mí no me preocupaba; los paisajes eran tan espléndidos que la oportunidad para contemplarlas me sentaba siempre bien. Sin embargo veía cómo esa carretera iba a quedar como una llaga a través de los maravillosos valles solitarios y los territorios de pastoreo, y cómo los chinos lograban manchar cada panorama perfecto, como intencionalmente, con alguna construcción fea, depósito o puesto de guardia o dormitorios para los obreros de la carretera.
Me fijaba también en cómo los obreros, que parecían esclavos de alguna obra colosal antigua, eran todos tibetanos, y los capataces e ingenieros siempre chinos. Hasta los restoranes de la carretera eran casi todos chinos, y los pocos tibetanos era mal frecuentados (los mismo tibetanos aparentemente preferían los chinos), pero eso puede ser porque efectivamente la comida china es más sabrosa, más variada y menos pesada.
Otro ‘poema’ salido de mi indignación por las desigualdades y la falta de respeto de los chinos por el Tíbet:
Una ofensa contra el silencio –
el silencio donde un pimpollo verde
o una cordillera blanca
crece hacia la plenitud –
es un asesinato.
El Tíbet escuchaba siempre
y su arrobamiento dictó
muros inclinados,
terrazas sembradas de cebada,
cantos y peregrinajes.
La China no oye avisos
más antiguos que su propia ambición;
cajas de latón y concreto
humillan los valles sin tiempo,
reverberan rudos comandos.
El vientre del silencio está rajado,
sus semillas marchitan.

Sin embargo más fuerte que el disgusto por los abusos era el gozo por la belleza de las montañas con sus valles inmensos, y de las casas de piedra y madera y los rebaños y la misma gente. Sé que viven en pobreza e oprimidos, quiero pensar que todavía sientan alegría por las bellezas del territorio que habitan. Las canciones populares que me tradujeron tratan casi todas de esa belleza, del amor que se vive de acuerdo a sus estaciones, del placer de disfrutarla con los compañeros y de las fiestas religiosas compartidas. Espero que les sea posible todavía a esa gente vivir esos sentimientos – sé, en efecto, que algunos, aunque sea por momentos, lo hacen.
Poemas del paisaje:

BLANCO
Manchones, vetas en la roca negra,
enormes bultos inmaculados
en el horizonte o suspendidos
entre las cimas de desfiladeros:
la fúlgida nieve
alza el corazón vigilante y deseoso
hacia la nada de su perfecta
vaciedad.

y NEGRO
Esta es un poco fantástica, sobre la sensación de misterioso y orgánico que dan las casas tradicionales viejas.
Los marcos pintados en torno a las ventanas
haciendo de sus cuadros romboides,
franjas borrosas o rectas pero fértiles
como carbón, como cristales negros floridos,
atraen perentoriamente.
Adentro, los cuartos estarán amoblados
con órganos: ojos en el techo,
pulmones que soplan en los cortinajes;
los lechos serán hombros y rodillas,
los molinillos de oración el enroscado intestino,
el trono un corazón que late.

Pasamos por algunas zonas geológicas vueltas desiertos:

EROSION
Zonas peladas en las laderas,
mordiscos de gigante
en el pasto de los rebaños,
son el comienzo.
Valles enteros han sucumbido.
La ruta lleva entre cerros
verdosos manchados de gris
bajando hacia un infierno
de rocas que se desmoronan
y polvo caliente.
En lo alto, picos oxidados
o rayados como los monasterios Sakya,
rojizo, blanco sucio, negro opaco:
dimensión mineral inmune.

Otros aspectos:

Monasterios en ruinas
entregan al aire
sus colores deslavados
y se retraen en la piedra.

El espacio y el alma son la misma inmensidad
que se extiende hasta los horizontes más remotos,
juega en las undulaciones,
se condensa en nodos de encanto
en rocas y matas.
Lo sagrado es una dimensión:
muros empinados, crestas,
los cuerpos de los peregrinos que miden
el camino y el vuelo de las palomas,
en ella, son iguales.

Explico que algunos de los peregrinos que se dirigen hacia la ciudad sagrada, Lhasa, pasando a veces años en el camino, se postran a cada paso, estirando el cuerpo sobre la tierra y volviendo a pararse con los pies donde estaban las manos. Si llevan maletas con cobijas y comida, los adelantan un poco y vuelven para medir la distancia con sus postraciones.

El rojo se reserva para la gente.
El pecho carmesí de un pajarito,
una baya pequeña,
lo visten con modestia,
pero se pavonea y resplandece
en las túnicas de los monjes y los altares de los templos
y zumba en la falda
de una mujer solitaria
parada en medio de un campo
de cebada esmeralda.

Al anochecer
los rebaños se acercan en fila
- el pelo se mece, las cascos centellan –
hacia establos agachados
que también son casas.
Viejas encorvadas
cargan fajos de leña.
El humo se detiene
y se alza luego en delgadas cintas
que el cielo acoge.

Cerca de un pueblo pequeño con un monasterio de altos muros rojos desvaídos, una mujer estaba pidiendo la cola. Mi guía me pidió permiso para recogerla y me contentó mucho que nos acompañara ese personaje tan hermoso. Era casi vieja pero con un porte muy erguido, emanaba dignidad y bondad de espíritu. Su atuendo era el completo tradicional de la etnia Kham, hasta los ornamentos de ámbar, turquesa y coral en el pelo. Contó su historia al chofer, el guía me traducía pedazos. Era viuda y varios de sus hijos varones estaban en monasterios. Ella pasaba el tiempo en peregrinaje de un lugar a otro, visitándolos. Quería llegar antes de noche a un hospedaje particular, y para eso necesitaba una cola en carro. Mientras subíamos al último paso alto antes de la frontera, y bajábamos envueltos en la luz del atardecer, ella cantó en voz alta una secuencia sin fin de mantras, que se dilataban en el espacio inmenso y en nuestros corazones.
Pasamos la frontera de noche y sin ningún problema, los guardias apenas miraron mis papeles. Dejamos la señora en la casa de peregrinos y llegamos finalmente a Derge, a un hotel chino de los aparatosos con columnas y alfombra roja pero con los baños no muy limpios. En la mañana conocí a Sonam, la representante de la fundación ASIA en la ciudad, y nos pusimos de acuerdo para que me llevara el día siguiente a la escuela de Tse Namgyal, en un pueblo cercano. Pasé el día visitando la imprenta antigua con su colección de miles de ‘libros’ (en realidad los bloques de madera tallada para imprimir libros) de temas budistas, caminando en la ciudad que respiraba un aire más libre que los pueblos tibetanos (quizás porque el Sichuan les pertenece ya a los chinos y pueden permitirse ser un poco más flexibles en el trato), y sentada unas horas en tierra entre la multitud frente al monasterio que estaba celebrando un festival con discursos y rezos.
Salimos temprano en la mañana en el carrito de un amigo de Sonam para primero cruzar de nuevo el río que marca la frontera con el Tíbet y adentrarnos en un valle solitario que nos llevó a la escuela donde en su juventud estudiaba Namkhai Norbu, ahora en ruinas:
Las celdas de los estudiantes donde el conocimiento
crecía como masa fermentada
han perdido puertas y ventanas
pero el patio las encierra,
los cerros en torno las cercan
y los brazos oscuros del guardián
impreso en el muro del templo
las cobijan siempre.

Visitamos luego el monasterio milenario de Ante, donde estaban trabajando para reemplazar maderos podridos y rescatar los frescos, de trazos vivísimos, en las paredes del templo. Un solitario monje vivía en un cuarto rescatado entre los dormitorios abandonados (nos ofreció un buen te hirviente); soñaba con la resurrección del lugar y de la cultura que representa. A momentos me parecía que esa devoción tan grande de los tibetanos, y las verdades tan fuertes que iluminan sus creencias, no podían no ser suficientes para revivir ese mundo perdido. Un cuento que me contaron Sonam y el amigo, a propósito de una gran roca en el lecho del río, se convirtió para mí en una parábola de su salvación:

SALVACION
La roca en el lugar donde los ríos confluyen
es más grande que una gran casa,
es de color tierra y sobre ella crecen matas,
chorrean banderines de su corona.
Nació como un grano en el barro de la vega
y luego fue momo,
entonces cabeza de niño y envejecía
creciendo a medida que se hundían los ríos:
un gong, un yak echado, una carpa de nómades,
una casa, un templo.
El tiempo ha madurado y ella espera,
como un huevo recogido en torno a su germen.
De repente se rajará y reventará,
desde su interior se desplegarán dos alas
resplandecientes en el aire atónito
y un príncipe de luz se remontará
lloviendo joyas sobre los valles.

Esa sensación del milagroso nacimiento (o renacimiento) del espíritu desde la materia, el cuerpo elevado y espléndido que es el Tíbet, me siguió acompañando:
El paraíso existe pero los seres
para poblarlo están inacabados.
Hocicos toscos, botones de alas,
ojos cuajándose bajo tegumentos,
se voltean hacia las montañas y rezan
para ascender.

Los huevos de una matriz fría
sembrados en el invierno del desierto,
en los yermos del olvido
¿podrían por medio del arduo recogimiento
deshelarse y cobrar vida,
soltar el canto?

Pero la razón tiene que reconocer que es sumamente improbable el rescate de la cultura tibetana. No sólo la China es implacable en su intención de reprimirla, sino el mundo contemporáneo ha tomado otro rumbo, ajeno a su espíritu.
Mientras tanto llegué finalmente a conocer a Tse Namgyal, la meta de todo el viaje. En la tarde nos dirigimos, ya de nuevo en Sichuan y subiendo otro valle, al pueblo pequeño donde quedaba su escuela, una construcción nueva pero de estilo tradicional. Allí me esperaban, me hicieron pasar al cuarto del director, me ofrecieron té, llamaron a Tse Namgyal. El estaba tan tímido y conmovido que no lograba pronunciar palabra. El maestro director, un monje robusto que emanaba una bondad infinita, me preguntaba sobre mi viaje y me hablaba de los estudios del muchacho. Otro monje viejo levantaba la cabeza del libro antiguo que estaba leyendo y miraba la escena con serena benevolencia. Los compañeros de Tse Namgyal se agolpaban en la puerta, curiosos. El maestro me preguntó si quisiera conocer el cuarto del muchacho y dije que sí. Era una celda pequeña que daba al patio central, compartido con otro alumno y justo grande lo suficiente para las dos literas, unas repisas para libros y tazas para el té, y afiches con lamas del linaje, deidades y guardianes, muy coloridos. Estaba muy ordenado y era evidente que Tse Namgyal estaba orgulloso de su cuarto.
El encontró la voz al momento en que me despedía y me dio las gracias, en su idioma porque no conoce otro. Sentía que era sólo yo que tenía que agradecer – nunca en mi vida me he sentido rodeada de una bondad tan real y tan intensa. Me horrorizó saber, un par de años más tarde, que la nueva ala de la escuela, recién construida, haber sido quemado, en un incendio evidentemente provocado.
Del regreso a Lhasa, muy apurado, recuerdo sobre todo las flores, las pequeñas violetas entre la grama y las rosas silvestres, las azaleas en las faldas de los valles altos, los rododendros en las alturas. Y una en particular que me asombró, quizás por efecto de la altitud:
Tú, amapola azul, eres real.
No necesitas el mito o la invención.
Me pasmas,
erecta en el paso como un faro
o testigo de un mundo aparte.
Un cielo entero sin nubes
volcó su cobalto
en tus pétalos arrugados.
Una luz azul fulgura
en tu rostro de maga altiva.

‘Olvídate de ti misma’
se dijo y de repente
sólo había la montaña.
No hace falta recordar o explicar
o dirigir la mente hacia arriba
más allá de contaminaciones,
tampoco alumbrar sus mecanismos.
Deja que se agache como el gato anaranjado
en un viejo monasterio, imperturbable
frente al altar de lo que ama.
Deja que grite por las flores,
violeta, prímula,
azalea, amapola, iris.
Sus raíces porosas
están prendidas en el asenso:
el ser como alabanza.
No hay que hacer nada.

El segundo viaje tuvo también sus gozos, sus dificultades y sus sorpresas. Estaba más preparada para los prejuicios de los chinos con los tibetanos, por la experiencia anterior; por una conversación que tuve con un viejo intelectual chino en Beijing, por otro lado una persona sumamente amable, que me explicó que el Tíbet pertenece a China y las protestas tienen que ser reprimidas; por lo que contó un guía en el desierto del norte de China, un musulmán de raza Uighur, sobre la forma en que los chinos van usurpando los espacios y reprimiendo la cultura también de esa gente. Y sobre todo por la tensión que vivimos (iba con dos compañeros) saliendo de Chengdu en jeep sin saber si íbamos a poder llegar a Derge, a unos 4 días de camino, porque la carretera había estado cerrada recientemente a causa de disturbios en algunos monasterios. Nuestro guía y chofer chino, una persona también amable y que tampoco tenía paciencia con las protestas tibetanas ni tenía interés en su cultura, nos advirtió que en cualquiera de los pueblos que íbamos a atravesar, nos podían mandar para atrás. Decidimos sin embargo hacer el intento y en efecto llegamos. No nos pararon hasta estar casi de regreso a Chengdu, y entonces sólo para revisar papeles.
No voy a tratar de describir los paisajes que atravesamos, que en las montañas altas eran parecidas a las del otro viaje – excepto que cada lugar tiene sus propios perfiles y su propio encanto, y los altiplanos rodeados de montañas nevadas, el lago turquesa de Yihun Lhatso, las selvas llenas de rododendros floreados que pasamos al regreso, eran todos extraordinarios. El Sichuan, dejando atrás la llanura de Chengdu y entrando en la cordillera, fue territorio tibetano, y la presencia tibetana se hace sentir siempre más fuerte desde Kangding en adelante. Se empieza a ver las bellísimas casas tradicionales, cuadradas, de piedra y madera y con finos decorados de colores. Cada región tiene sus variantes, pero todas dan una impresión de bienestar, que sin embargo resulta ser falso.
Los campesinos de esas regiones son pobres, sus cultivos ya no son rentables. Sucede un fenómeno que nos asombró: por unos dos meses del año (incluyendo la época de nuestra visita) los campos se vacían mientras todos los campesinos suben a los páramos a buscar unos ‘hongos’ (en realidad híbridos entre un gusano parásito y la raíz de un tipo de grama) muy buscados por los chinos por sus calidades medicinales, y de la venta de los cuales pueden vivir a veces el resto del año. Se encuentran por supuesto siempre menos de esos hongos.
Visitamos unos monasterios en el camino que daban la impresión de tener muchos monjes (o monjas) y ser bastante frecuentados por el pueblo. Vi uno grande y espléndido en un pueblo que pasábamos que quise visitar, pero la respuesta del chofer fue ‘no hay monasterio en este pueblo’. Fue inútil insistir. Llegamos a Derge el cuarto día, después de haber subido al paso, de más de 5.000 m, entre nieve y neblina y por una angosta carretera de tierra donde pasaban grandes camiones y buses. Los chinos están construyendo un túnel, parte del plan para abrir esas tierras siempre más al centro del país. Derge había crecido desde mi última visita, había más hoteles, más movimiento en las calles, una mezcla de razas con minoría de los Kham de la región; ya se ha convertido en un centro de comercio. Nos quedamos en el nuevo hotel de la familia de Sonam, que me recibió como una vieja amiga, y me invitó varias veces a comer en su casa, yogur y queso de yak, carne seca, galletas grasosas, el té hirviendo en la estufa tradicional.
Cuando llegamos a la escuela donde la primera vez conocí a Tse Namgyal, encontramos que todos los alumnos habían ido con los maestros de visita a otra escuela, a una distancia de más de 100 kms en otra dirección. Habiendo llegado hasta Derge, no iba a renunciar al encuentro con mi ‘ahijado’. Mis compañeros decidieron quedarse en la ciudad, nuestro chofer se negó a hacer un viaje adicional por carreteras malas, y salí con Sonam en el viejo jeep de un tibetano del lugar. El pueblo donde finalmente llegamos era pobre, sucio y hediondo; esperamos en la calle fuera de la escuela entre cochinos y basura que Tse Namgyal saliera de una clase (el monasterio está algo alejado en un cerro, pero la escuela, donde resultaba que él ya era alumno, se encuentra en el pueblo).
El muchacho que apareció, sorprendido y feliz de reconocerme, se había convertido de adolescente torpe en hombre (ya tenía 20 años), alto y buen mozo, comunicativo y de buenos modales. Nos sentamos en unas sillas frente a un restorán primitivo (por su condición de monje no le estaba permitido entrar), y me contó a través de la traducción de Sonam que le va muy bien en los estudios, que quiere estudiar 12 años más para llegar a ser alto lama, el grado máximo académico. No hacen falta tantos estudios para que los lamas cumplan su función de guías espirituales y consejeros del pueblo, pero a Tse Namgyal le interesa la filosofía budista. Tradicionalmente los lamas estudian la medicina tibetana y tratan las enfermedades, además de aconsejar a la gente en todos los problemas de la vida, a través de los horóscopos. Tse Namgyal me mostró su libro de matemáticas, la materia principal del lapso que estaba cursando, y Sonam me explicó que las fórmulas que distinguía en las páginas para mí incomprensibles se referían a cálculos astrológicos.
¿Podrá sostenerse esa relación entre lamas y pueblo bajo la presión de los chinos para que los tibetanos se adapten a la sociedad secular? ¿Podrá Tse Namgyal cumplir sus 12 años de estudios para llegar a ser un representante auténtico de esa antigua tradición? Sólo lo podemos esperar.
Al regreso nuestra ruta era la misma de la ida hasta la pequeña ciudad de Ganze, en medio de un valle verde rodeado de montañas nevadas, donde nos paramos a dormir. Allí vivía por razones de trabajo Nyima, el novio de Sonam que me hizo conocer aspectos inesperados del lugar. Me llevó en la tarde a un restorán tibetano más elegante y que servía una mejor comida que otros que había conocido; hasta el té con mantequilla de yak era bueno. Y en la mañana muy temprano nos encontramos para que me llevara a un templo un poco escondido entre las calles de casas de estilo tradicional; entrar allí fue como volver por un momento a una versión pequeña del Jokhang, con los viejos de caras arrugadas sentadas en la escalera que lleva al sanctum, el sonido de los molinillos que giraban en el pasillo que le da la vuelta, y los mantras que recitaban los oficiantes. La imagen impresionante de un guardián brillaba entre las sombras del sanctum. La devoción budista en esa comunidad está tan intensa y profunda como nunca. En contraste, mientras fuimos a visitar otro templo con muchas estupas, Nyima me hablaba de la desesperación de los jóvenes tibetanos que no consiguen trabajos que corresponden a su nivel de educación porque todos los puestos buenos son para los chinos.
Desde Ganze emprendimos otra vuelta para regresar a Chengdu, días enteros bajando por los valles del gran río Dadu y sus afluentes. Poco a poco las bellas casas tradicionales iban siendo remplazadas por las modernas feas; las carreteras se hacían más anchas, a momentos con obras de ingeniería extraordinarias, puentes y túneles; ya no se veían caras tibetanas: quedaba atrás esa tierra hermosa y sufrida, abatida y todavía resistente.

DIARIO DE VIAJE 2016 (poemas)

CONTRADICTORIA

Mi tema son los espacios
tan difíciles de distinguir
y encapsular en frases
cuando en todos mis idiomas
las palabras están reptando y evadiéndose
empujándose unas a otras hacia adelante
en el orden equivocado
mandándome a un tesauro
donde ninguna de las exactitudes
cabe con precisión.

El espacio es lo que leo
pero cómo puedo recrear
una habitación o un cielo
su poder de expandirse
contraerse quitar la tapa
o remodelar las paredes
del espacio dentro de mí,
fijar las fronteras de una vida
de sentimientos y gestos
que puja para hacerse reconocer
y puede durar un instante? Sigue leyendo