LA VEJEZ DE LA MUSA

El Universal, julio 1999

 En muchas sociedades tradicionales, las mujeres viejas son veneradas por la sabiduría que confiere su larga experiencia. Sus consejos son importantes en la vida de la tribu, y en muchos casos desempeñan papeles especiales relacionados con los ritos que la rigen. Si estas funciones implican una intimidad de la mujer con la dimensión de la enfermedad y la muerte, la misma codificación de su participación le asegura que el miedo que éstas pueden inspirar se manifiesta en relación a ella no como rechazo sino como respeto. Un ejemplo de esto son los tabúes – la casi intocabilidad sagrada – que rodean a las ancianas guajiras que limpian los huesos del difunto en su segundo entierro.

Fuera de los vínculos tribales o familiares, “las viejas” son a menudo el blanco de chistes crueles y odios irreflexivos. Estas reacciones por lo general se dejan de lado apenas se establece, aunque sea momentáneamente, un contacto “humanizado”, entre personas; persisten porque la vieja es sin embargo una mujer, y la combinación de su sexualidad (que insinúa el deseo) con su decrepitud (que inspira asco) horroriza a nivel instintivo. Entonces las viejas se vuelven invisibles; o son brujas, tienen la vagina llena de telarañas, representan el hoyo de la corrupción y la muerte. Las mujeres mismas no son exentas de estos miedos y de la discriminación a la que pueden dar lugar.

El rechazo de la vejez femenina se revela también en la manera en que se trata la figura de la mujer en la poesía, la clásica como la romántica. Los poetas la objetivan, muchas veces enalteciéndola como musa, amada ideal, o utilizándola como símbolo, de una nación o de la naturaleza generosa o de una virtud (por ejemplo la Justicia). A través del símbolo, y por medio del poder del verbo, como señala la poeta irlandesa Eavan Boland, ellos poseen su ideal femenino. ¿Y cómo podrían permitir que envejezca, que exhiba los estragos del tiempo, que asuma la aniquilación por venir? Tiene que ser eternamente joven y bella. “[E]l objeto erótico tenía que hacerles justicia a los poderes que reflejaba” (Boland).

Según Boland, toca a la mujer misma como poeta rescatar su imagen de esa condición petrificada y falsa, no sólo para liberarse de la objetivación que implica, sino también para abrirle a su poesía – y a la poesía en general – nuevas posibilidades de relación con los objetos que lo alimentan, que serían “rescatados por la poeta y colocados en un mundo sensorial que conjugara la mortalidad del cuerpo, más que la fuerza de la mente expresiva”. Es decir, en una dimensión que sacuda la relación de poder entre sujeto y objeto, y liberando el objeto erótico de su definición estética, disuelva su encanto y su claridad en el ámbito sensual global y cotidiano, íntimamente contaminado por la mutabilidad, incluyendo el envejecimiento y la muerte.

Se aprecia en el trabajo de muchas mujeres poetas contemporáneas el efecto liberador de este esfuerzo por redefinir el papel de lo sexual y erótico en la poesía. Refiriéndonos sólo a las venezolanas, imágenes de un mundo perecedero y “erotizado” se consiguen en poemas de Luz Machado, Márgara Russotto, Yolanda Pantin, Verónica Jaffé y otras. Aunque los mundos que crean estas poetas resulten a menudo no ser muy confortables, esta manera de traducir el mundo en poesía abre grandes espacios a la imaginación. Lograr, además, vivir el mundo real con la misma aceptación y valoración “poética” de lo efímero, compensa la disolución de las estructuras psicodramáticas, basadas en el sexo, de la vida individual y colectiva. El avance de la vejez en ese contexto puede significar enriquecimiento.

Todo esto no quita que algunas mujeres lamenten ellas mismas su alejamiento por obra de la vejez visible y palpable del juego amoroso de las parejas, como si su vida no tuviera otra justificación. Una bella representación de esta actitud se encuentra en la protagonista de la pieza A tus pies de amante, que acaba de estrenar Haydée Pino. Para muchas, afortunadamente, esta pena, si es que en algún momento la viven, es una fase pasajera. Con un poco de suerte, empieza a colar por entre las arrugas y los huecos que se van abriendo en la boca, en la memoria, en el ritmo del corazón, la visión de una belleza anárquica e ineludible. Entonces la poeta – y también la mujer que no lo es – recuerda que el sol es un dios y su calor en la piel suficiente motivo para celebrar.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*


siete − 6 =

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>