MEMORIA DEL SOL

El Universal, octubre 1999

Sabemos que el sol es una estrella, el centro de nuestro sistema planetario, y que la vida en la tierra depende de su calor y su luz. Aun ahora, a finales del siglo veinte, nos resulta difícil contemplar estos hechos con espíritu puramente científico. Es difícil pensar en el sol sin de alguna manera, por inconsciente que sea, divinizar o al menos personalizar su poder.

Dijo Dante Alighieri: “No existe cosa visible, en todo el mundo, más digno de servir como símbolo de Dios que el sol”. Antes de ser símbolo, era Dios mismo, para babilonios, egipcios, griegos, incas y muchos otros. El antiquísimo Gayatri mantra, que muchos hindúes todavía repiten por deber religioso todos los días, dice: “Contemplamos el excelente resplandor del dios sol; que él nos lleve contemplando hacia adelante”. El que muchos comentaristas, sobre todo bajo la influencia de occidentales ‘orientalistas’, han querido interpretar estas palabras de una manera completamente metafórica y abstracta (sol = conciencia espiritual), no borra su conexión con un culto y con actitudes inmemoriales. Podemos sentir que tenemos un sol interior, fuente de iluminación e inteligencia; pero queriendo prosperar en el tiempo, no sólo metafóricamente levantamos los ojos al cielo para escoger la luz y ser escogidos por ella.

Para la mayoría de las culturas el sol es masculino, padre, esposo a menudo de la tierra madre. Entre los celtas, los teutones, pueblos de Oceania y los japoneses, al menos en algunos contextos, representa en cambio una fuerza femenina, “la calor” vital. Una imagen del dios Shiva reúne las dos perspectivas; Shiva es el cuerpo de fuego del sol mientras sus rayos son la Shakti que crea el fermento de la vida en el mundo.

En la ‘cadena del ser’, el sistema jerárquico y de correspondencias entre todos los aspectos del mundo que se conformó durante la Edad Media y que constituía todavía en la época de Shakespeare (proveyendo muchas imágenes para sus obras) un acervo de creencias y conocimientos comunes a todos los europeos, el sol tenía un puesto de gran altura. Primero en la categoría de los astros, era – como ya vimos – digno representante de Cristo o de Dios. También se utilizaba (lo hacía Shakespeare) como imagen del rey, primero entre los hombres, asociado a otros ‘primeros’, el águila entre aves, el león entre bestias, la rosa entre flores o el roble entre  árboles. El sol y el águila se vuelven a asociar, por otro sistema de correspondencias, entre los aztecas.

El sol no es siempre amigo. En los climas templados, se hace querer en todas las estaciones, pero en el trópico, su fuego puede ser mortal. Al amanecer, cuando se recibe con gratitud, y al momento de su ocaso, cuando se le ruega no dejar de volver, sus rayos son amables. Durante el día puede hacer desierto, también en la mente. El poema de Coleridge El antiguo marinero está  lleno de imágenes de ese sol enemigo aunque hermoso, secador del corazón y de la inspiración además que del mismo mar. Allí es la Luna la que trae frescura y  libera al corazón. La Luna en incontables contextos es pareja o complemento del Sol, muchas veces bruja de la noches mientras el Sol es héroe del día. Juntos representan la conjunción de lo masculino y lo femenino.

Los niños y los alquimistas dibujan el Sol como una cara. En un soneto de Shakespeare, el Sol permite que nubes feas oscurezcan su “cara celestial”. John Donne, en uno de los poemas de su blasfema juventud, lo llamó “viejo tonto entrometido”, por despertarlo en la cama con la amante. Para Wilfredo Owen, en la I Guerra Mundial, es el “bondadoso viejo Sol”, sin embargo incapaz de recalentar las extremidades frías del soldado muerto. Para todos ellos el Sol es una persona.

En este siglo ya no son muchos los poetas  – o los devotos – que se dirigen a él. Sin embargo no dejamos de ser conscientes de su presencia de individuo, caprichoso y poderoso. A parte los efectos publicitarios y las exageraciones de los medios, los eclipses solares de los últimos dos años recordaron a millones de personas el susto de la amenaza de su ausencia y la maravilla de la reafirmación diaria de su poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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