ENTRA UN DEMONIO

El Universal, julio 2001

Se dice que el nombre de la ciudad donde estoy viviendo, Maisuru (en ingles Mysore), se origina en el apelativo del más terrible demonio de todos, Mahishasura, mitad hombre y mitad búfalo. El templo que se yergue en el cerro al lado de la ciudad esta dedicado a Chamundi, una forma de Durga o Kali, de muchos brazos y montada en un león, que pudo vencer a tan terrible manifestación del mal, y en el cerro también se encuentra una estatua en concreto, pintado de fuertes colores, del mismo Mahishasura con figura de hombre bigotudo, machete en la mano, más bandolero que demonio (a parte la serpiente en la otra mano), al lado de quien todos los visitantes quieren hacerse la foto. Uno le coge cariño.

La raza de los demonios en la mitología hindú lleva una vida paralela a la de los dioses, tan bien organizada y tan apegada a sus principios y su dignidad. Mahishasura fue hijo de padres demonios bien casados, pero por obra de la maldición de un santón, el esposo murió estando Damati, la madre, en estado interesante, y el hijo se formó en su vientre con forma de búfalo. Tan malo nació que todos los dioses temblaron. Otros demonios terribles nacidos en el curso del tiempo fueron vencidos por las varias incarnaciones de Vishnu, el Pez, la Tortuga, el Hombre León, o por otros de los dioses mayores; pero éste exigía una fuerza superior a cualquiera existente para acabar con sus matanzas y destrucciones. Según la tradición más clásica, los principales dioses masculinos contribuyeron cada uno un pedazo del cuerpo para crear a Durga, quien surgió rugiendo y buscando sangre. Según una tradición mas popular y mas matriarcal, Ella estaba allí desde siempre y se ocupó, cuando hizo falta, también de esta hazaña.

La Durga-Chamundi que vi salir al escenario de una compañía de Yakshagana (una forma teatral popular de la parte occidental del estado Karnataka) no era muy imponente, más bien flaca y un poco curvada y de voz muy baja (todos los papeles son representados por hombres). Tampoco el león prometía mucho, ero viejo y desvencijado. Pero la entrada de Mahishasura fue algo sobrecogedor.

Alrededor de dos mil personas estan sentadas en un campo bajo la luna llena. Poquísimas entre ellas tienen television en casa; este espectáculo, y la cena que lo ha precedido, ofrecidos en cumplimiento de una promesa por el comerciante de licores del pueblo, serán para ellas la diversión más grande de estos meses del año. Además, les apasiona su tradición, que no conocen como ‘tradición hindú’, mucho menos ‘folklore’. Este teatro representa sus verdades.

Ya son más de tres horas que los personajes de los varios episodios del mito de la Diosa bailan y improvisan diálogos, narrativos, cómicos, filosóficos, en el pequeño escenario. Damati, con la barriga bien embojatada, ha recibido, desesperada, la noticia de la muerte del esposo. Y de repente, lejos del escenario, detrás del público, al otro lado del campo, se empieza a escuchar rugidos y un crepitar de llamas. Vuelan cohetes, el cielo se alumbra con los fuegos, suben nubes negras de humo de las llamaradas que salen de la boca del demonio (en realidad, de las antorchas empapadas en kerosén que él sopla desde muy cerca). Llamas, humos, cohetes, gritos, la escena es apocalíptica; y desde ese fondo se acerca un ser monstruoso, embistiendo y retrocediendo, asustando niños y grandes – el demonio. Su traje, con la ancha falda de la tradición, es oscura, La cara está pintada de rayas blancas y rojas, la enorme máscara tiene largos cuernos, y los ojos tienen un brillo hondo y rojisimo. Parece gigantesco, sigue pareciéndolo, aun cuando se acerca y me puedo dar cuenta de lo pequeño de sus manos y pies, descubiertos. El público está entre susto y júbilo. Es un momento de encuentro con otra realidad.

Poco a poco se calma el alboroto, la gente se vuelve a sentar y Mahishasura llega al escenario, conviertiéndose en otro personaje de la obra. La madre le da cariños y él promete vengar a su padre. Es casi un buen muchacho.

Chanda y Munda, los demonios gemelos de un episodio anterior, que nacen de un poco de cera del oido de Vishnu caído en la tierra, también tienen matices casi enternecedores. Quieren comerse todo lo que se les pone delante (otro momento de susto para los muchachos del público, cuando bajan los actores del escenario a agarrarlos), pero también buscan saber quiénes son sus padres. En definitiva, son malos y la Diosa los mata; como encuentra también el punto débil de Mahishasura y lo acaba, en su momento, con la espada.

Yo me pregunto, y pregunto a los amigos, a qué responden esos grandes contrastes en la representación popular de los demonios. No lo han pensado. Los demonios son así. La necesidad de crear variaciones en las largas piezas teatrales debe ser una razón inmediata. Más fuerte será el deseo de domesticar a estos representantes del chaos y la destrucción. También es como señalar que sabemos que no son completamente “otros”, que participamos de sus accesos de rabia y venganza. Quizás sobre todo que quisiéramos compartir su absoluta libertad y falta de escrúpulos en la expresión de sus impulsos.

Como sea, encontrarse en presencia de uno de esas visiones multicolores, revestidas de trapos extravagantes, da la sensación de acercarse al borde de lo real. A momentos se convierten en imaginación pura, fuera del ámbito de lo simbólico. No son ni animal ni espíritu; participan de lo humano pero no tienen lenguaje.

Los cuernos casi me golpean, el traje me toca. Los ojos brillan a mi lado sin piedad. Siento una intensa satisfacción.

 

 

 

 

 

 

 

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