LA POESÍA COMO MANERA DE SABER

Éste es el texto, con pocas modificaciones, de una charla que di el 7.junio 2012 en el contexto de una serie llamada ‘Rompiendo coherencias’, organizada por el grupo radixPunto EDU de la Universidad de Los Andes.

 

No sé si tengo que disculparme por meterme en asuntos que domino muy parcialmente. La poesía ha sido una pasión personal y luego profesional toda la vida, tengo mucho tiempo interesándome en las religiones  – o psicofilosofías – orientales, sobre todo el budismo tibetano, pero mi fascinación por aspectos de la ciencia, sobre todo  las teorías del origen del universo, es estrictamente la de una extraña a la materia, que no entiende la parte matemática (que por supuesto para los científicos es lo esencial) sino que trata de apreciar las implicaciones de los descubrimientos. La neurociencia también me atrae, y soy igualmente ignorante de sus bases exactas e interesada en sus implicaciones. Mi justificación es que el tema de la conciencia parece imponerse hoy en día como algo apremiante.

Bien. Qué es ‘poesía’, y qué es la poesía que estoy llamando una manera de saber. La gente tiene el derecho por supuesto de llamar poesía lo que les parece, pero yo para mí hago unas distinciones bastante severas. Para unos la definición es un asunto formal: un texto ordenado en versos y rima es un poema. Como por ejemplo (algo que encontré en una breve búsqueda en internet): ‘Si mi pan eran tus brazos/ y mi abrigo tu calor/ ¿Cómo pasar este invierno/ sin refugiarme en tu amor?’ Otros ponen el énfasis en el tema, que trate de una experiencia emocional íntima, a menudo el amor, o posiblemente heroica, como en los poemas patrióticos. Por supuesto, sean los elementos formales como las emociones son ingredientes importantes de la mayoría de los poemas, pero no son condiciones suficientes. Para mí lo esencial consiste en el nivel o facultad de la mente de donde salen las palabras, específicamente la imaginación. De eso seguiremos hablando.

Más complejo, creo, es definir qué es ‘saber’. Se suele contraponer el saber racional, científico, a la fe, en la religión o los caminos espirituales. En el campo de la religión existen por supuesto muchas creencias irracionales, falsas, pero me atrevo a afirmar que la ciencia también puede ser un tipo de fe, con la cual se identifican las personas que no quieren reconocer sus limitaciones. Hasta que el saber implique un sujeto enfrentado a un objeto no podrá ser completo. La tecnología demuestra la inmensa eficacia de los conocimientos racionales, el saber que procede de causas y efectos, en el mundo material, pero a los límites de la ciencia está resultando evidente que  no es posible para la mente humana aferrada a conceptos responder a las grandes preguntas sobre el origen y el fin del universo, o a las del ser humano sobre su propia existencia: ¿de dónde venimos? ¿qué somos? ¿adónde vamos?

Las disciplinas espirituales como el budismo tienen miles de años reconociendo esas dimensiones de lo mental. Muchos teóricos contemporáneos, en los campo de la psicología y la cultura, sobre todo la semiótica, las asumen (por supuesto en términos diferentes), y algunos físicos, como David Bohm, también. Además, acabo de enterarme de la teoría llamada Biocentrismo. Parece que entre científicos encuentra más oposición que apoyo, pero a mí el resumen que me envió un amigo me causó un gran entusiasmo, como si reivindicara todas mis intuiciones y las de mis fuentes más queridas sobre la naturaleza de la realidad en que vivimos.  Voy a citar algunos trozos (estoy traduciendo del artículo de Wikipedia, que a veces sirve):

‘Lo que percibimos como realidad es un proceso que involucra nuestra conciencia. Una realidad ‘externa’, si existiera, tendría que existir en el espacio. Pero eso no tiene sentido, porque el espacio y el tiempo no son realidades absolutas sino instrumentos de la mente humana y animal.’

‘Sin la conciencia, la ‘materia’ existe en un estado indeterminado de probabilidad.’

‘La estructura del universo es explicable sólo a través del Biocentrismo. El universo está ajustado para la vida, lo que tiene un perfecto sentido puesto que la vida crea al universo, no al revés.’

Por cierto, no sé si existe alguien capaz de imaginar cómo sería conocer los hechos de la física a través de una conciencia que experimenta al mismo tiempo su propia agencia en su existencia.

Llegando ahora los poetas: William Blake, el poeta visionario inglés del siglo XVIII, tenía (como explica Northrop Frye) la misma noción de la inexistencia de tiempo o espacio fuera de la mente humana y relacionaba la sumisión a esas falsas dimensiones por la mente racional a la falta de visión, vigor, y espíritu independiente de su época y de la raza humana en general, aspirando al retorno a un estado paradisíaco:

Ver un Mundo en un Grano de Arena
Y un Cielo en una Flor Silvestre,
Tener el Infinito en la palma de la mano
Y la Eternidad en una hora.

 

Otro poeta inglés que se interesó por la filosofía de la mente fue Samuel Taylor Coleridge, al inicio del siglo XIX. Se le ha acusado de haber copiado sus ideas de los filósofos alemanes de la época, y es evidente que fue alumno de ellos, pero su definición de la imaginación es la de un poeta:

‘La imaginación primaria considero sea el Poder viviente y primer Agente de toda percepción humana, y como repetición en la mente finita del eterno acto de creación en el infinito YO SOY.’

Esta definición de la imaginación nos remite al principio del Biocentrism que citamos antes: ‘Sin la conciencia, la ‘materia’ existe en un estado indeterminado de probabilidad.’

Coleridge sigue: ‘La imaginación secundaria considero un eco del anterior, coexistiendo con la voluntad consciente, pero idéntica todavía con la primaria en el tipo de su agencia y diferente sólo de grado …’

La imaginación poética, entonces, es un nivel, o una fase, del ‘saber’ participativo, que une sujeto y objeto, que sería el único válido. A pesar del mal uso que hemos hecho los seres humanos de la conciencia que es nuestra facultad particular, todavía podemos acceder a través de la imaginación (seamos poetas o lectores capaces de identificarnos con la poesía) a compartir la creatividad del universo – y hasta el gozo que la espiritualidad oriental considera uno de los atributos del ser.

La identificación, o compasión en su sentido originario de ‘sentir con’, es un aspecto esencial de esa imaginación, que voy a ilustrar con un poema de Mary Oliver:

Mayo

Mayo, y en las millas de frondaje nuevo
irrumpen flores desde la oscuridad -
anémona, chapín de Venus. Las abejas
se zambullen en ellas y yo también, para recoger
su miel espiritual. Mudas y mansas, pero ellas
poseen la certeza más profunda que incluso esta existencia –
esta sensación de bienestar, el florecer
del cuerpo físico – corre
cerca del eje del milagro del cual todo
es parte, vale tanto
como un poema o una plegaria, igualmente puede
volver luminoso cualquier lugar oscuro en la tierra.

 

La traducción es mía y es insuficiente, no puede remplazar las palabras conmovedora-mente exactas del original, pero espero que se aprecie la claridad de las percepciones y la fuerza de la participación de la poeta en lo que ve y toca.

Mary Oliver no se refiere a un dios, y dios no hace falta para entrar a la esfera del asombro y de lo sagrado. Sin embargo muchos de los poetas más grandes han sido religiosos, y podemos apreciar que a través de esa metáfora – la metáfora dios – se accede a una intuición que fusiona los sentidos, la emoción y la luz de la conciencia. Voy a leer algunos ejemplos, o trozos de poemas:

Coleridge, le promete a su bebé dormido en el poema ‘Escarcha a medianoche’ que los elementos de la naturaleza son:

Las hermosas formas y sonidos inteligibles
De ese lenguaje eterno, que tu Dios
Pronuncia, quien desde la eternidad enseña
Si mismo en todo, y todas las cosas en él.

 

Akka Mahadevi, mujer poeta del siglo XII en el sur de la India, ruego a su dios Shiva, el ‘Señor Bello como Jazmín’, salvarla de la serie sin fin de sus encarnaciones.

No uno, no dos, no tres o cuatro
sino a través de ochenta y cuatrocientos de miles de vaginas
he venido,
he venido a través de mundos improbables,
he devorado placer y dolor.

Cualesquiera sean todas las vidas anteriores
muestra tu misericordia en este preciso día,

O Señor Bello como Jazmín.

 

San Juan de la Cruz:

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

 

El anhelo hacia dios, lo podemos entender como el deseo de regreso al origen donde la mente individual se enchufa en la conciencia que crea y rige el universo, meta en general de las disciplinas espirituales. (Es el estado a que se refiere Krishnamurti con ‘ver sin el observador’). Pero la búsqueda de la conciencia según la mayoría de esas disciplinas lleva al devoto a liberarse de los apegos sensoriales, a trascender el mundo material en el ‘nirvana’. La conciencia poética es terrenal y no quiere trascender más allá de los elementos de la tierra y las metáforas construidas con ellos. Eso lo sabía bien Basho, el gran poeta japonés de haiku, que tenía una fuerte atracción hacia lo espiritual, pero nunca pudo hacerse monje porque su propia condición lo mantuvo pegada a manifestaciones de la naturaleza y las palabras para re-presentarlas – hacerlos presentes con exactitud. Uno de sus poemas más famosos:

Al estanque antiguo
salta una rana -
sonido del agua!

Sobre el tema de los haiku, voy a leerles un poema mío, escrito en Margarita, porque en internet y revistas publican miles de ellos sin saber que tienen sus reglas:

No se trata de mí

el mar haiku no está en mi cabeza
ni mi corazón ni representa
honduras de la conciencia
ni multitudinaria inmensidad

queda antes de los metalenguajes
donde los sentidos encuentran la superficie del mundo
y nacen los nombres
profundo azul
nuevo y siempre
en una llamarada de asenso

el mar es el mar es el mar

 

Una aclaración: ningún poema sostenido existe a un nivel de ‘inspiración’ o imaginación pura.  Los conocimientos, hasta erudición, del poeta, y sus medios expresivos, dan a sus composiciones la estructura y unidad que nos permiten acceder a la visión que contienen.

Ciertas estructuras, además, revelan en si mismas la historia de cómo la conciencia humana en su despertar se relacionó con la vida del planeta tierra. Esas son los mitos, y según Northrop Frye, la función del poeta sería recrear por medio de su vitalidad imaginativa los mitos de su cultura. El tema es demasiado grande para ilustrarlo con breves ejemplos.

Los ciclos de la naturaleza están a la base de la percepción cíclica de los acontecimientos del mundo. Una versión muy antigua es el mito mediterráneo de la gran diosa y su relación con el hijo amante que nace en primavera, se junta con ella en  verano, y es sacrificado con el menguar del año para volver a nacer con el año nuevo.  La diosa entonces es para amarla y temerla al mismo tiempo, como la musa en qué se convirtió para los poetas de siglos más tardíos. Hasta una poesía tan contemporánea como la de Rafael Cadenas se inscribe a momentos en esa tradición, como en los poemas del libro Amante, donde la potencia femenina a quien se dirige el poeta es musa, guía severa, principio del lenguaje mismo:

Destruye
la retórica del amante
y hazlo venir a pie, desnudo, sin arrimo
a tu recio descampado.
Que pruebe a sostenerse ahí,
que sienta tu frío,
que vele.

Otra versión del ciclo, que ya no es propiamente un ciclo porque supone un fin de los tiempos en cambio del eterno retorno del mito pagano, es la cristiana, que describe una época inicial inocente, edénica, una caída en la ignorancia y el pecado, un esfuerzo de salvación y la reconquista del paraíso – un apocalipsis triunfal en la poesía de Blake, por ejemplo.

El poema de Coleridge sobre el Viejo marinero recorre esas fases en la experiencia de un hombre que mata ociosamente un albatros y así atrae sobre el barco y sus compañeros una maldición que sólo se levanta – para él – cuando vuelve a descubrir en su corazón el amor por la belleza de unas culebras de mar. Las experiencias de sufrimiento y salvación son narradas en gran parte en términos de imágenes de la naturaleza, sobre todo de agua vivicadora y sol abrasador:

Todo en un cielo caliente y cobrizo,
El Sol sangriento, a mediodía,
Justo arriba del mástil se paraba,
No más grande que la Luna.

Día tras día, día tras día,
Varados, sin aire ni movimiento
Tan inerte como un barco pintado
Sobre un océano pintado.

Agua, agua, por todas partes,
Y todas las tablas se achicharraban
Agua, agua, por todas partes
Ni una sola gota para tomar.

 

La poesía entonces es el lenguaje de las conexiones antiguas, no sólo a los dioses que son destilaciones de nuestra experiencia aquí en la tierra, sino directamente a la tierra misma. Sus ritmos están más cercanos a nuestros cuerpos, a nuestra respiración y a nuestros corazones, que los de la prosa. Sus imágenes despiertan nuestros sentidos. Sus metáforas cristalizan relaciones entre diferentes dimensiones de la experiencia, constelando el sentir en términos físicos y dotando el mundo alrededor de emociones, sugiriendo una gran constelación donde todas las cosas realizarían sus afinidades y su origen común.

El tipo de conciencia que estoy llamando poética no está de moda, y a la poesía misma, de hecho, se le asigna poca importancia ahora. Por un lado tenemos todavía la poesía de la naturaleza, como la de Mary Oliver, y por el otro muchos autores que describen, a veces miméticamente, la escualidez y la desintegración de nuestra época (un ejemplo sería ‘Howl’, ‘Aullido’, de Allen Ginsberg, que no voy a citar). Últimamente la mayoría de los poemas que leo en internet o en revistas, me parece que no son poesía sino prosa dispuesta en versos, cualquiera sea su tema. Sólo unos pocos poetas tienen el valor y la grandeza de corazón para abrazar los horrores y los despojamientos de este siglo y el pasado en una perspectiva de profundidad cultural y moral y con la conciencia de habitar la tierra que mantiene integra su visión, a momentos hasta gozosa. Y con medios formales que reflejan esa profunda disciplina. Estoy pensando en particular en los poetas polacos, Herbert, Milosz y Szymborska.

Este último punto es difícil de ilustrar con un solo poema, per voy a leer uno de Herbert, señalando el carácter inmediato de la experiencia descrita, que al mismo tiempo puede representar la visión de tantas personas frente a las guerras y los catástrofes que obligan a volver a empezar en la vida, en una dimensión ajena:

Despertar

Cuando el horror amainó se apagaron los reflectores
descubrimos que estábamos en un basurero en poses muy extrañas
algunos con el cuello estirado
otros con la boca abierta de donde se escurría todavía a gotas mi patria
otros más con los puños apretados a los ojos
acalambrados enfáticamente patéticamente tensos
en las manos sosteníamos pedazos de hierro en chapas y huesos
(los reflectores los habían transformado en símbolos)
pero ahora no eran más que chapas de hierro y huesos

No teníamos a donde ir nos quedamos en el basurero
ordenamos las cosas
los huesos y las chapas de hierro los depositamos en un archivo

Escuchamos el chirrido de los tranvías la voz parecida a golondrinas de las fábricas
y una vida nueva se desenrollaba bajo nuestros pies

 

¿Será que nos toca compartir de alguna manera esa experiencia en este país?

Somos muchos los que creemos que será sólo re-imaginando nuestra relación con la tierra, con la biósfera, con el cosmos, que podremos asegurar un futuro a la raza humana, es decir un futuro humano, evitando dejarnos absorber por ese campo emergente que nos describe Charles Paez, donde seríamos cifras en un sistema biotecnológico que apenas permitiera la conciencia individual.

Tenemos que pensar metafóricamente de una manera que supere el conflicto entre ciencia y religión, es decir, entre la ciencia de miras estrechas y la religión de conceptos literales. De lo que las ciencias nos enseñan sobre el origen, la composición y la evolución de nuestra realidad física, junto con el conocimiento del desarrollo interior, y la compasión hacia todo lo viviente que las religiones, fuera de sus dogmas, enseñan, tenemos que crear un nuevo mito de fundación y un nuevo código de respeto. La poesía puede ser el lenguaje de este empeño.

Quisiera finalmente definir el saber, en las palabras de Salvador Pániker, como ‘aproximación al origen’, y el afán de saber, sea en la ciencia como en las artes, como el deseo de curar la ansiedad por separación de ese origen, el anhelo de pertinencia, física y consciente, al universo que habitamos, que somos. De sabernos finalmente en casa.

Termino con dos pequeños poemas míos, fragmentos de un mínimo intento de mito de fundación como estaba describiendo. El personaje que habla es un lobo consciente, porque en mi mito los animales tenían conciencia plenamente despierta antes que llegaran en la escena terrestre esos monstruos violentos, nuestros ancestros.

Cachorro, jugaba
feliz a la luz del sol,
persiguiendo mi cola o la cola de mi hermano
o un lagarto entre la hierba
pero a momentos escuchaba un día más allá del día
dar golpecitos en el huevo de mi cráneo
y pronto se rajó y reventó.
Yo me ahogué en el torrente de la luz
y cuando amainó
sólo podía mirar acostado las sombras
rodar a lo largo de la inmensa llanura
dejando tramos de claridad
haciendo oscilar el follaje de mi mente.

 

Más tarde corría y la luz me marcaba el ritmo.
Cada célula zumbaba de vida
desde la nariz ávida hasta los pelos de la cola.
Las altas rocas desfilaban a través de mí,
las aves tejían derroteros para mi vista,
el paisaje contemplado desde un cerro
se postraba, brotaba, contaba los golpes,
medida y abundancia de mi mismo.

 

 

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