EL CAMINO DEL TISURE

Ponencia presentada en el Seminario Caminando el Paisaje, Facultad de Geografía, Universidad de Los Andes, marzo 2015.

 

Nuestra percepción del mundo y de nuestro estar en el mundo es inseparable de nuestra relación con el paisaje. El lenguaje está constituido en gran parte por metáforas surgidas de nuestro contacto con el entorno natural. En todos los idiomas los contrastes entre luz y oscuridad, las relaciones espaciales de alturas y valles, la progresión de las estaciones, se representan por medio de palabras y expresiones cuyas referencias originales conviven más o menos obviamente con las metafóricas que engendran: piensen por ejemplo en todos los significados de la palabra ‘corriente’, cuya referencia primaria es el agua en movimiento, o en ‘cumbre’, que representa la culminación de un ascenso, de una montaña o de un proceso de diálogo.

Sumergirnos en el paisaje nos permite revivir ese fondo del lenguaje en toda su intensidad sensorial. La oscuridad, por ejemplo, de un texto que nos atrae pero que no entendemos, o de la ‘noche del alma’, se intensifica en nuestra imaginación si hemos caminado de noche y sin linterna por caminos escabrosos. La insondable profundidad de un mar de dolor se hace más terrible si conocemos los abismos del mar real.

Las primeras proyecciones simbólicas de aspectos del paisaje en el amanecer (otra metáfora) de la conciencia humana fueron dioses y diosas, representaciones de fuerzas naturales, y si caminamos con los sentidos y la imaginación abiertos es posible que recuperaremos algo de esas intuiciones espirituales, visiones de extensiones inmateriales del vigor de la tierra.

Para ilustrar la experiencia profunda del contacto con el paisaje, vamos a caminar en la imaginación el sendero que lleva a El Tisure, el santuario de Juan Félix Sánchez en el páramo de San Rafael de  Mucuchíes: será el camino de mi memoria, de los tiempos en que yo lo subía a menudo, cuando vivía Juan Félix, porque hace años que no he me asomado allí, por mi disgusto con el descuido de ese lugar tan especial. Sale de  Mucuchache en la carretera del páramo por una subida cementada que en los primeros tramos corre entre casas y potreros, con algunos sembradíos. Aquí la naturaleza está intervenida por el hombre, de una manera no violenta en comparación con los cultivos mecanizados de otras regiones; más bien los cultivos tradicionales andinos dan una sensación de colaboración entre el hombre y la tierra. La explotación de la tierra y la escalada de la violencia de las intervenciones serían tema para otro paseo por el paisaje, y fuente de otras metáforas, relacionadas con la enajenación de las emociones y el abuso.

Donde termina la carretera y hay que dejar – o en ese tiempo había que dejar – el carro, se abre un valle ya no cultivado, cubierto de hierba baja, que lleva al pie de la subida a La Ventana, a 4.200 metros sobre el nivel del mar, el paso entre rocas al otro lado del filo. Al punto donde comienza el sendero a pie nos espera si tenemos suerte un arbolito de copa redonda, ardiendo carmesí contra el cielo cerúleo, un árbol de canelita cuyas flores tienen forma de campanita con los bordes dentados. La vibración de los colores y su contraste son tan fuertes que se convierten en notas de música, temblores en el espectro de luz y sonido que es la esencia de lo real; nos invitan a descartar nuestras preocupaciones habituales.

El sendero sigue, subiendo suavemente, el borde derecho del valle entre piedras, matas robustas y árboles de ‘colorado’ torcidos por el clima. El paisaje habla de tenacidad y al mismo tiempo de frescura. Entre las vueltas y accidentes del camino, llegamos a un tramo de piedras muy grandes, que se extiende hacia el fondo del valle, un especie de terraplén de gigantes; podemos imaginar sus pies enormes y los pasos largos que saltan de una piedra a otra. El aire se está enrareciendo y nuestra mente se aligera, al mismo tiempo que el cuerpo siente más su peso; nuestra imaginación está alerta. Aquí me voy a permitir inserir un poema que escribí hace muchos años en otro páramo, sobre la manera en que la excitación de nuestros sentidos en un ambiente que impone asombro nos hace parir ‘espíritus’, sean de nuestra fantasía personal o tradicionales:

Los guardianes

El rabillo del ojo capta
el ondular mínimo de la hierba,

el sol oculto proyecta
una configuración rósea
y el ánimo ofuscado
una sombra blanca,

las líneas de las rocas
cobran fuerza independiente

y nacen ellos
los espíritus de los lugares.

El llanito rojo
el pozo de la Petra
el filo del Boquerón tienen
cara y extremidades.

Son presencias tranquilas
como estampas, ríen
como guijarros en la quebrada

o hacen cavernas hórridas
y de sus bocas sin fondo
lanzan lenguas escarlatas,
son falos sueltos que bailan,
habitan noches enteras
de pellejo negro…

Los espíritus tradicionales del páramo se llaman ‘encantos’, ‘arcos’, o ‘cheses’ donde persiste la memoria más antigua. Parece que ‘Ches’ era el nombre del dios mayor de los indios andinos, y sobrevive convertido en espíritu algo travieso.

Seguimos la travesía, pero ahora nos dejamos tentar  por el deseo de pisar la hierba áspera en el fondo del valle y sentir su anchura, y nos dirigimos hacia el arroyo que ha tallado su lecho en la tierra negra del otro lado. El agua transparente color mineral oscuro – o color té – se desliza rápida pero suavemente, se agitan plantas acuáticas y peces pequeñas en el fondo. Es un ambiente propicio para un haiku, una de esas concisas expresiones de un encuentro momentáneo de nuestros sentidos con algún aspecto del mundo, de un momento de presencia total.

Como ejemplo de un haiku, cito uno de Basho, quizás el más famoso de todos:

Rompiendo el silencio
de un pozo antiguo
salta una rana -
rumor del agua.

Ese momento de percepción intensa es diferente del que nos hizo ver los gigantes del terraplén, pero los dos son verdades de nuestro ser que nos revela el paisaje. Otra experiencia, más extendida y quizás más intencionalmente buscada, puede ser la contemplación de los elementos que componen la naturaleza y nuestros cuerpos como parte de ella: el aire que respiramos y que nos inspira; el agua que corresponde a las corrientes de la sangre; el fuego que se genera en el sol y en nuestros vientres; la tierra, la dura roca o la greda blanda que es la carne del planeta. Hay tradiciones sagradas que conciben otros elementos, o los hacen corresponder a los chakras, los centros energéticos en el cuerpo; la intuición base no cambia. Estamos hechos de la misma materia del paisaje, y esta agua que fluye con tan cristalina constancia, este viento que nos barre y penetra, pertenecen al tejido de elementos que nos constituyen. Y que prestan sus cualidades como metáforas de nuestro ser en la tierra: el tiempo vuela, las pasiones arden, el miedo petrifica, el rocío del amor nos salva en el desierto de la desesperación.

Atravesamos oblicuamente el valle para volver al sendero y pronto empezamos el ascenso al paso. Tenemos que esforzarnos, el camino es escabroso, con muchas piedras sueltas, y la cuesta es parada y más larga de lo que parecía desde el fondo. Nos alegran las matas floreadas, el chispeador morado, el frailejón en su época con su aspecto de habitante distinguido. Llegando con una sensación de logro y alivio a La Ventana, nos acoge un viento rudo, cortante, el aire del otro lado que se agolpa en el pasaje angosto entre las altas rocas. Es un lugar para alteraciones de la conciencia, para sentirnos llamados por una realidad diferente. Aquí no puedo dejar de referirme a la experiencia del amigo Alberto Arvelo Ramos, quien en una ida al Tisure fue “raptado” por el espíritu de una laguna. Que cuente él:

“Me asaltó ese día la tentación de subir a una peña, que parecía necesaria. Dejé ir, con las gentes y las mulas, la chaqueta en el pico de una silla, y en camisa y morral remonté la tentación de la piedra. Del otro lado había una laguna negra, pequeña y terrible. Me puse a verla. Todo lo demás de ese día me lo cuentan. Lo he olvidado.” Cuando fue encontrado ya de noche por un arriero, tenía en la mano un papel arrugado con un texto poético:

“La laguna no es espejo para que uno se vibre. Sino el ojo de la tierra que quiere comprendernos.

¿Qué me dices, pupila tranquila y terrible? ¿Deseas que me hunda en tu luz sin claridad, en tu comprensión que ni perdura ni comprende?

¿Que deje de ser yo mismo para volverme agua pura, correr contigo, por ti hasta la noche?”

Juan Félix y el arriero, Cecilio, le explicaron que había sido visitado por el Arco, espíritu pícaro de las alturas, que frecuenta sobre todo los lugares con agua.

Nosotros nos quedamos un momento sintiendo el pálpito del frío y la intoxicación de la cumbre, y decidimos entregarnos a la bajada por el valle ancho y salvaje hacia la luz de la tarde que brilla detrás de las montañas en el fondo. Muy lejos se divisan los techos de El Potrero, la casa de Juan Félix Sánchez. El sendero sigue desigual, tenemos que bajar cuidando donde ponemos los pies. Pero todo parece estar en su lugar, tener sentido: las piedras pequeñas y grandes, las matas robustas que resisten las condiciones climáticas recias (ejemplo de adaptación a las circunstancias que en este momento quizá nos puede servir), unas pocas reses que pastorean en las laderas empinadas del valle. El camino es largo, nos cansamos, pero tenemos una meta que nos jala y nos alegran las plantas, el canto de algún pájaro, los pequeños riachuelos. Da vueltas encima de nuestras cabezas un zamuro solitario, llevándonos momentáneamente en sus alas.

La entrada al ámbito de El Potrero la señala un pozo redondo al lado del camino, donde el agua que parece hervir invita a un bautizo, una iniciación al lugar. Si es un día de mucho sol podemos aceptar el reto, pero esa agua es fría. La casa de Juan Félix está ubicada en un llanito donde el valle se hace más angosto. Muy cerca corre un riachuelo, alimentado por el chorro que baja por el cerro al lado. Esta no es una charla sobre el personaje Juan Félix Sánchez, pero no puedo dejar de señalar cómo su intuición genial le hizo escoger vivir en un punto que parece cercado por fuerzas naturales benéficas, un punto privilegiado en la tierra. Al lado de la casa crece uno de esos ‘jardines’ espontáneos del páramo donde arbolitos redondos, helechos, enredaderas, pequeños bambúes, matas floreadas crean un efecto de belleza paradisíaca. (El jardín como paraíso es otro tema grande y diferente del nuestro.)

Para llegar al santuario, invisible desde la casa, subimos el sendero en el lado izquierdo del valle, y en una vuelta lo encontramos delante en la cima de un filo. Tampoco voy a extenderme mucho sobre la maravilla de esa obra, que por cierto entiendo se encuentre ahora muy deteriorada. Se ha dicho y escrito mucho ya, y no ha servido para salvarla, aunque sí hasta cierto punto para conservar su recuerdo. Como todo los santuarios religiosos, al menos los antiguos y los que responden todavía a un genuino impulso devoto en los constructores y sus poblaciones, surge a base de un contacto con los fuerzas del lugar, en este caso una ‘memoria’ muy intensa que le vino a Juan Félix de la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela que se afilia a las diosas de esta tierra, que él tenía que celebrar.

La iglesia y las piezas que la rodean en las escenas del pesebre, el calvario, el sepulcro y la resurrección son hechas con materiales de la tierra misma, piedra en cantos y lajas, madera, barro. Si nos sentamos tranquilos entre las figuras, las piedras escogidas por su formas particulares y los frailejones que las acompañan, podemos sentir como toda la obra surge de la imaginación de la tierra misma, saliendo de las manos y de los recuerdos ancestrales de un artista inspirado.

El paseo hasta El Tisure es – espero que aun lo sea – una experiencia muy especial, que no todos tendrán la suerte de vivir. Pero en este país no es difícil salir al campo, caminar una hora o un día entre la naturaleza, estar alerta a lo que cuenta el paisaje. Me parece muy triste y hasta grave para su desarrollo, que la gran mayoría de los niños de ahora no tendrá esa oportunidad; que por su obsesión con los mundos virtuales del internet y de los videojuegos no conocerán el contacto fértil de sus cuerpos, sus sentidos, con los elementos terrenales ni entenderán su afinidad con los impulsos de la naturaleza, que son la fuente también de sus mundos mentales. Quizás soy exagerada en mi resistencia a las nuevas tecnologías. De todas formas, creo que el contacto con el mundo orgánico es una necesidad para la entereza psíquica.

Llega la hora de regresar, después de haber pasado una noche – quizás más de una – en los pasillos de la casa de El Potrero o bajo las estrellas incontables de su cielo. Subiendo por el largo camino hasta el paso, notamos detalles que en la bajada se nos escaparon: la entrada a un valle lateral con dos rocas como pilares al fondo, unos frailejones anaranjados – variantes exóticos -, un hueso blanco de vaca, pulido por la arena y el viento, despojado hasta la pureza.

No voy a bajar en la imaginación a la ciudad, ni siquiera a la carretera. Terminamos este recorrido en el páramo, donde todavía (esta experiencia la conocen todos los alpinistas): “el cuerpo anda maquinalmente/ transportando los ojos/ y detrás de los ojos la oquedad/ de las alturas”. De nuevo cité un viejo poema mío, y voy a seguir leyéndolo, para manifestar el dolor que siento por la pérdida de  las viejas creencias mitológicas del páramo andino y con ellas las relaciones tradicionales de la gente con su paisaje que representaban:

Cheses, encantos
de las nieblas y las rocas,
de agua y luz, perdonen…

Ustedes eran dueños
de las alturas y las almas,
la dedición aún mengua,
ustedes se esconden.

Todavía en sus lugares un aliento
una huella, un anhelo
atestigua su presencia, ahora sutil
nimbo de sombras…

Sin embargo, la pérdida de las tradiciones no significa que cada persona no pueda tener su propio encuentro intenso con el paisaje andino – o con cualquier paisaje -, avivando los sentidos y suscitando en la imaginación descubrimientos inagotables.

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*


ocho − 3 =

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>