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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Bosquejos del paraíso
20 Jun 2016

Bosquejos del paraíso

Post by Rowena Hill

El Universal, octubre 1998

Los jardines son creaciones de la colaboración entre el hombre y la naturaleza. El jardinero es un artista que realiza sus sueños en la materia viviente de la tierra. El proceso tiene sus víctimas: las malezas, las matas que no caben en el diseño, son eliminadas sin piedad; pero las escogidas parecen colaborar contentas, hasta con júbilo, en su ordenamiento, a veces sumisión. Los jardines celebran el agua, cómo nutre la vida y juega con la luz. Celebran el sol, sobre todo en los países fríos, recogiéndolo en cuencos y patios; y la sombra donde hacen falta oasis. Los primeros jardines concentraban las hierbas aromáticas y hortalizas locales; con el tiempo se desarrollaron jardines con matas ornamentales, flores, arbustos y  árboles, abarcando siempre más especies exóticas, hasta que un jardín hoy en día en un clima adecuado, como el de la Nueva Zelanda, combina armoniosamente trópico y zona templada, Occidente y Oriente.

Un jardín empieza por ser delimitado. Para crear el jardín de Kubla Khan en Xanadu, nos dice Coleridge, «dos veces cinco millas de tierra fértil con murallas y torres fueron ceñidas». Espacios definidos, como peristilos y patios internos, muchas veces se han convertido en jardines; por otro lado el jardín-parque estilo inglés puede esconder sus linderos para jugar con vistas abiertas. La tradición de los jardines formales, a veces perfectamente simétricos, es muy antiguo. Los hacían los romanos, adornándolos de esculturas y ese estilo se volvió a imponer en Italia, Francia y otros países europeos durante el Renacimiento y el Barroco. (No todos los jardines italianos son formales, como lo sabe quien se ha encontrado sorpresivamente detrás de un aarbusto con un dios desnudo de mármol, en el Bóboli por ejemplo). El diseño de los jardines persas estaba basado a menudo en una cruz ancha que simbolizaba las cuatro divisiones del universo marcadas por los cuatro grandes ríos. Herederos de su tradición formal fueron los mogoles de la India (como lo muestra por ejemplo el complejo del Taj Mahal); y la reducen al absurdo los constructores de los jardines donde estrellas del cine de Bombay bailan y cantan entre caminos de cemento y cercas de metal.

El otro filón en la historia de los jardines es el ‘natural’. La China (el país que dio al mundo flores tan amados como camelias, magnolias, azaleas, prímulas, malabares, crisantemos y peonias) concebía el jardín como un paisaje ideal en miniatura, con sus matas, agua, rocas y montículos; los caminos abrían vistas que debían sacar la mente de sus preocupaciones. La reacción romántica europea al formalismo neoclásico llevó – sobre todo en Inglaterra – a la creación de jardines irregulares, ‘paisajistas’, a menudo con elementos ‘pintorescos’ como ruinas antiguas (y a veces a la destrucción de viejos jardines más organizados).

Un propósito tradicional de los jardines es el de brindar placer sensual, ofrecerle al aristócrata un lugar de descanso (además de representar una demostración de su riqueza), donde los pensadores pueden conversar caminando y los amantes pasar las horas deleitándose. Sin embargo, y a pesar de los prejuicios puritanos en su contra, los jardines tienen una conexión importante con lo espiritual. Un jardín zen, reducido a sus mínimos elementos de roca, mata pequeña y arena rastrillada, es una meditación. La trayectoria humana, según el cristianismo, empieza en el Edén y termina, superadas la caída y la expulsión, en el Jardín del Paraíso, que tiene en su centro el Árbol de la Vida y no es sino un jardín terrenal llevado a la perfección eterna. Los persas también concebían el comienzo y el gozo perfecto del fin en términos de jardines. Romanos y taoistas hacían con sus jardines copias del paraíso en la tierra.

El don ‘espiritual’ del jardín, sin embargo, no tiene necesariamente nada que ver con religiones o dogmas específicos. Es una especie de placer que eleva, o quietud que ensancha y libera, en el contexto de un ‘misticismo’ terrenal y sin reglas. Quienes mejor lo han articulado son los poetas, por ejemplo Andrew Marvell en el siglo diecisiete: «…la mente, de placeres menores/ se retira adentro de su felicidad… aniquilando todo lo creado/ en un pensamiento verde en una verde sombra….. Mi alma se desliza entre los ramos:/ allí como un ave se posa y canta,/ luego arregla y peina sus alas de plata…»

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