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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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El derecho de estar enfermo
20 Jun 2016

El derecho de estar enfermo

Post by Rowena Hill

El Universal, abril 1999

 La salud es una condición ideal y como tal no podemos exigirla como derecho ni pedirla como deber a nadie. Existen, por supuesto, personas que amargan la propia vida y la de los demás con inventar trastornos que no tienen y exagerar la gravedad de alguna enfermedad que padecen, llegando como el Enfermo Imaginario de Molière a convertir en vocación martirizada su hipocondría. La mayoría, sin embargo, asume con más o menos paciencia (a veces con heroísmo) sus malestares reales, reconociendo que la enfermedad es parte intrínseca de la vida orgánica en esta tierra; y muchos le atribuyen una función necesaria en el crecimiento psíquico (en la niñez, hasta en el desarrollo físico). Un estado de equilibrio, por positivo que sea, tiene que disolverse para que surjan nuevas posibilidades y visiones. La imagen tradicional del proceso es la culebra que muda las pieles; y la esperanza, que la muerte sea sólo la última transformación de la serie.

Parece que el organismo como totalidad, ante una de las tantas disoluciones o depresiones que puede sufrir, procura equilibrar el empeño en recuperarse y la aceptación del «mal» por lo que puede contribuir al propio ensanchamiento. En la mayoría de las personas ese contraste se resuelve, al cabo del tiempo necesario, a favor del esfuerzo por curarse (lo que no garantiza que el enemigo dentro del cuerpo, virus o tumor, vaya a ceder). Existen también los suicidas; y ¿cómo podemos juzgarlos?

El interés cálido de los allegados propicia de manera importante la curación; pero que le digan al enfermo que se anime y se olvide de sus males no siempre le ayuda. Menos útil todavía es la insistencia, de parte de los amigos y a veces de los mismos terapeutas, en que lo físico depende de lo mental, de manera que uno puede y debe responsabilizarse de sus males, curándolos por la fuerza de la mente positiva. Esta es una concepción basada en el predominio del yo, supuestamente capaz de controlar los otros niveles de la persona, concepción que muchas veces le permite al terapeuta o consejero sentirse superior mientras le obliga al paciente a asumir otra capa más de culpabilidad e deficiencia, reforzando así tendencias negativas que probablemente contribuyeron a la enfermedad. El enfermo fácilmente llega a creer que su condición es un castigo y su incapacidad de curarse una razón por prolongar ese castigo.

Las raíces de la enfermedad (no estamos hablando de los zancudos que causan la malaria u otras causas inmediatas) están mucho mas alla de la capacidad de la inmensa mayoría de nosotros para entender y corregirlas. Hace falta una capacidad extraordinaria de introspección sólo para vislumbrarlas. En ellas los aspectos psíquicos y físicos son inseparables y son tan fundamentales en la persona que podemos compararlas a fallas sísmicas. Como debilidades probablemente nacen con nosotros; se complican con las presiones de la experiencia y se convierten en elementos de los «complejos» que conforman el gran drama de las relaciones de nuestras vidas (el drama edípico según Freud), que obedeciendo a la compulsión de repetición tratamos una y otra vez de resolver.

El karma es otro concepto que se está  manejando con gran facilidad, de nuevo reforzando preocupaciones de culpabilidad (según las ideas populares sobre el karma, la trasgresión puedo haberla cometido en otra vida pero quien la cometió siempre fui «yo»). Según una concepción más cercana a las tradiciones profundas budistas (por ejemplo), el karma personal consiste, no en el «destino» de alguna experiencia específica, sino en una predisposición a resentir de ciertas influencias, que se manifiestan tanto dentro como fuera de la persona y que en el contexto de la enfermedad podemos llamar maras, fuerzas tanáticas de engaño. Las presiones que hacen que esas fuerzas agarren poder en la vida de la persona, a veces dependen de la entera sociedad que la rodea, más que de sus condiciones individuales. Es absurdo pretender que un enfermo domine tales poderes abismales por la fuerza de su voluntad.

Sería falso decir que el ánimo positivo no ayuda a curar la enfermedad; por supuesto que ayuda, como ayudan también las técnicas de antiguas tradiciones como la taoista que procuran equilibrar y potenciar el organismo total. Cada uno busque la curación que más le conviene, en el tiempo que le conviene.

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