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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Miedo a la oscuridad
20 Jun 2016

Miedo a la oscuridad

Post by Rowena Hill

El Universal, enero 1999

Daría un año de vida para asistir a los ritos de Eleusis en la época de su dominio sobre las mentes de los griegos. A pesar de las historias de Apuleyo y de las conjeturas de eruditos y devotos modernos de la Diosa, es imposible saber con certeza cuál era el secreto que se revelaba en la oscuridad subterránea del santuario. Tenía que ver con la muerte, la fertilidad y el renacer pero, en términos precisos ¿qué era? ¿No pudo ser alguna intuición profunda acerca de nuestra relación con la tierra, que fue reprimida con el alejamiento de la civilización de la esfera de lo matriarcal y que en nuestro trance actual de disolución de identidades y valores nos podría servir para salir adelante?

En el juego de las ‘ecuaciones yin-yang’  la oscuridad es femenina: tinieblas del interior del cuerpo, de la vagina y el vientre de la madre, del cuerpo de la tierra que nos tragará cuando morimos. Respeto a nuestras estructuras mentales simboliza el inconsciente, el lugar donde pulsiones y rastros de recuerdos inadmisibles se revuelven más allá del umbral de la conciencia solar. Para algunos sólo un hervidero caótico y temible; para otros, en cambio, un reservorio también de poderes arquetípicos positivos. Para Julia Kristeva, el nivel pre-simbólico de la expresión corresponde al estado de simbiosis con la madre; su activación en el adulto produce las semillas de una revolución en el lenguaje, da lugar a la poesía. Las visiones utópicas nacen en lo poético.

Pero no exageremos. No hace falta que nos propongamos revelaciones dramáticas ni tampoco – sobre todo – la posibilidad de un retorno a la esfera matriarcal con su supuesta inocencia. No podemos ni debemos renunciar a nuestras luces, sólo a su pretensión de representar con ellas toda la verdad que necesitamos. Se trata de abrirnos a esa oscuridad interior lo suficiente para encontrar el equilibrio que ofrece, el descanso en nuestra trayectoria ciegamente tendida hacia los logros exigidos por esta civilización patriarcal tardía.

Cada uno encontrará su camino hacia esa noche. Existen técnicas, occidentales y orientales (psicoterapias y formas de meditación), para traspasar el umbral de la conciencia diaria. La vida a veces sorprende a quien busca; y muchas obras de arte y literatura están para guiarle. En la religión, las Vírgenes Negras y las diosas hindúes Kali y Durga entre otras figuras, representan focos para la experiencia de los procesos de transformación y recreación en lo oscuro.

El poeta inglés John Keats fue por instinto y por la fuerza de su enfermedad (murió de tuberculosis a los 25 años) un profundo conocedor de la dimensión nocturna. En su ‘Oda a un ruiseñor’, utiliza el poder de la imaginación para dejar atrás el cuerpo afligido y alcanzar el ave que canta en medio de una noche magnífica de verano, estrellada y llena de los perfumes de flores invisibles. El ruiseñor vuela lejos y el poeta vuelve a sí mismo; pero ha se ha asomado sin miedo a la muerte y sobre todo ha ejercido la capacidad de identificarse con otros seres que es la base de la compasión verdadera, el aspecto quizás más importante de la otra conciencia, la nocturna, femenina (y de la poesía también). Armando Rojas Guardia en sus poemarios Hacia la noche viva y La nada vigilante, busca «el envés de las palabras/ para dar con un léxico que extraiga/ el sagrado estupor», otro componente de la visión alterna.

A quien responde íntimamente al lenguaje de las estaciones terrenales, la misma noche física le habla de esa dimensión alternativa y le transmite su paz. La noche tiene su propia luz. La luna llena puede quemar nuestra resistencia a lo misterioso del ser, enajenarnos de los límites de nuestra conciencia usual. Cabe el miedo en la soledad de una noche de luna. Nos recordamos de los cuentos de licantropía, de las brujas malignas y otros terrores. Pero ¿quién nos dice que las figuras que sospechamos en las sombras tienen que ser malas? ¿Por qué no un virtuoso unicornio, atributo de todas las diosas lunares, o la Madre de los Dioses con su velo salpicado de estrellas? Si dejáramos que esa luz penetrara bien al fondo de nuestro ser, quizás nos revelaría la nueva cría que podemos esperar esté gestando la noche, la cara de nuestro futuro posible.

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