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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Territorios del alma
20 Jun 2016

Territorios del alma

Post by Rowena Hill

El Universal, marzo 1999

La muerte de un ser querido nos acerca a la frontera de lo que sabemos. Los pensamientos que surgen entre el dolor, sobre el destino futuro de esa persona y de nuestra relación con ella, no son lógicos ni razonables y pueden no corresponder a lo que usualmente creemos; concuerdan, sin embargo, con las enseñanzas, más o menos desarrolladas, de todas las religiones del mundo, sobre los elementos constitutivos de nuestro ser y su extensión en el tiempo.

El cuerpo es la parte más sencilla. Se convierte en una pobre cosa; lo quemamos para hacerlo cenizas o lo consignamos a la tierra donde se descompondrá. Y decimos que descansa. ¿No es en el cuerpo que pensamos cuando decimos que descansa? A momentos quisiéramos descansar con él y la tumba nos atrae, como un lecho oscuro para el olvido.

Científicamente, el individuo deja de existir en el momento en que sus órganos cesan de funcionar. Para los budistas tibetanos (para mencionar una sola tradición), su esencia se libera del cuerpo en las horas después la muerte, perdiéndose en una dimensión separada de lo terrestre. ¿Por qué entonces estamos intuitivamente tan seguros de que queda algo de la persona en un ámbito alcanzable para nosotros, tanto que personas completamente cuerdas llevan problemas de la vida diaria para discutirlos con compañeros difuntos en el cementerio? Una señora japonesa budista, muy sabia, me decía que el espíritu se va, pero queda «algo como una grabación» del ser que fue en el entorno terrestre. Si así es, ¿tiene esa existencia virtual lazos particulares con los lugares donde antes vivía? Según la teoría de los campos mórficos (Rupert Sheldrake), la conexión se haría a través de nuestras percepciones y recuerdos locales, potenciados por la repetición. Entonces el lugar sí importa. El alma de Juan Félix Sánchez, como disparada y al mismo tiempo convocada por los brazos de madera del Cristo de la Resurrección, late todavía en el viento y en la piedra de su santuario de El Tisure.

Se habla de muchas diferentes ‘almas’ según las diferentes concepciones del ser humano, desde los antiguos egipcios hasta Sri Aurobindo; parece que somos una especie de cebollas que revelan capas siempre más sutiles y esenciales según las pieles que se nos van quitando. Algunas de ellas también mantendrían contactos más o menos prolongadas en el tiempo con la tierra. Respaldo conceptual hay para la experiencia de la presencia de los difuntos. Pero en fin de cuentas lo que importa no son las ‘teorías’ estructuradas, que nunca vamos a poder confirmar, sino la seguridad que una u otra idea o imagen nos puede ofrecer de que nuestros presentimientos en este campo no son puras proyecciones de nuestra incapacidad de aceptar la realidad de una pérdida, sino intuiciones de un numen, participaciones en un campo arquetípico mucho más alto y ancho que nuestro yo individual, un campo que funde lo terrenal con todo lo que sabemos o intuimos del ‘espíritu’.

Los seres que seguimos queriendo, ‘grabaciones’, ‘campos’ o ‘almas’, no son estáticos sino que se modulan, cambian y crecen en su relación con nosotros. Nuestra imaginación (según el concepto más profundo de esa facultad) es uno de los motores de su constitución; si aceptamos el consuelo del arquetipo, dialoga con algo que tiene existencia independiente. Nuestros recuerdos, más intensos según la intensidad de una experiencia original, graban y siguen grabando momentos de la vida en una esfera intemporal. Así, hay encuentros amorosos que persisten en la eternidad; y una mujer caminará por siempre tranquila con su perro por un camino del páramo.

El paraíso – el paraíso de las religiones – ¿no será eso, el deposito de nuestros gozos y nuestros amores, vividos y grabados en ese reino intermedio entre tierra y vacío? (Y el infierno, por supuesto, el lugar equivalente de los dolores y traiciones.) Quién sabe qué diría Dante de estas elucubraciones. Por lo menos me parece que nos permiten afirmar con él que el paraíso existe; y que la transfiguración de todas las cosas que una luz terrenal particular hace vislumbrar tiene en el universo de nuestro ser una realidad.

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