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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Hijo del hombre
12 Oct 2021

Hijo del hombre

Post by Rowena Hill

El Universal, septiembre 1997

Nuestra era histórica comienza con el nacimiento de un hijo, Jesús. Acercándonos al segundo milenio, con la sensación que tenemos de desmoronamiento de lo conocido, de cambio violento, y el optimismo que muchos nos permitimos, aunque sea por momentos, de pensar que la transformación puede desembocar en una renovación, parece natural, desde el punto de vista de los arquetipos que nos habitan (o, para utilizar un lenguaje más reciente, de los campos mórficos que nos rodean), imaginar que nacerá un nuevo Hijo del Hombre, para encarnar las potencialidades que vislumbramos. ¿Dónde estaría preparándose su llegada? ¿Qué facciones, qué cuerpo tendría?

Otra razón – relacionada con la primera – que hace pensar en el nacimiento de un hijo es la vuelta a la conciencia de Occidente de la diosa madre. La diosa cuya imagen se ha ido afirmando en las últimas décadas entre feministas, poetas, teólogas y gente devota de todo tipo tiene muchos aspectos, algunos muy alejados de la maternal: es quizás su “virginidad”, su poder autónomo, lo que más importancia ha tenido mientras las mujeres buscaban conocer y realizar sus fuerzas reprimidas. Sin embargo, nunca ha faltado entre sus fases visibles la de la madre; y ahora que un nuevo feminismo, más seguro de sí y más dispuesto a compadecer al hombre como víctima también de grandes revueltas, está buscando el camino de un equilibrio “ecológico” entre los géneros, se puede suponer que la figura materna cobrará una importancia siempre mayor. Quien descubre la madre en sí, sea hombre o mujer, trata entonces de “concebir” al hijo.

El hijo complementa a la madre en la antigua religión matriarcal. Las estaciones de la naturaleza marcan las fases de la relación entre la diosa y el héroe, a quien primero pare (comenzando el año) y con quien entonces se junta (en verano), matándolo después de la cosecha para sustituirlo con un nuevo hijo en el año nuevo. (Esta, por supuesto, es una simplificación extrema; y no queremos sugerir que se tomen como modelos las formas de relación que representa). Al cambio del año – solsticio, Navidad – ¿y del milenio?, corresponde la aparición del hombre nuevo, luz que brota de la oscuridad invernal. “Niño pulido de lucero”.

El hijo que vendrá, si viene, ¿será un redentor o  – como también podría suceder – una imagen de catástrofe? Obviamente no existe respuesta a esta pregunta sino en la mente de las personas que se la hagan. El poeta Yeats, quizás bajo la influencia de un cambio de siglo, nos dio en 1921 su visión del Segundo Advenimiento: una bestia híbrida, lenta y monstruosa, que “se arrastra hacia Belén para nacer”. La imagen tiene mucha resonancia todavía. No faltan en la literatura y en el cine populares imágenes de partos diabólicos; pero tampoco de encarnaciones de ángeles.

Algunos creen que Cristo vuelve ya. En Venezuela también se encuentran visiones contrastantes del hijo por nacer: el artista y diseñador Jesús Barrios tiene imágenes desgarradoras de diosas malignas (pero a quienes no les falta belleza) acompañadas por niños deformes, acribillados por los fuegos de una plaga cósmica, destrozadas antes de comenzar a crecer. En el seno del culto de María Lionza, fenómeno extraordinario de retorno espontáneo de la fuerza femenina, al menos una sacerdotisa ha concebido también la llegada del hijo. Ya en 1967, en una entrevista que le hizo Jacqueline Clarac de Briceño, Beatriz Veit-Tané dijo: “Vendrá un Misionero de Luz… Será de aquí, de Caracas… Pienso que será por el 2000… cada mujer que se me acerca con el vientre preñado, la cubro por si es el que vendrá… nacerá de gente humilde, padecerá la cárcel, pobreza, aprenderá de todo, y luego, despertará… Se va a humanizar al extremo, para entonces sublimizarse…” ¡Ojalá, para el país, que así sea!

Beatriz Veit-Tané admite también la posibilidad de que “el misionero” de la nueva era sea mujer. En medio de la disolución de los conceptos convencionales de masculino y femenino, resulta difícil imaginar (darle imagen) a ese ser compasivo y carismático. Sea Hijo, sea Hija (así más íntimamente unida a la Madre misma, que de todas maneras seguirá creciendo en poder), impone nuevas concepciones y nuevas relaciones.

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