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La paradura del Niño
12 Oct 2021

La paradura del Niño

Post by Rowena Hill

El Universal, abril 98

 Ya pasó el día 2.de febrero, Candelaria, pero en la ciudad de Mérida y en sus cerros se sigue celebrando la Paradura del Niño. Así se quiebra otro hilo que conectaba esta fiesta específicamente andina con los rituales y creencias autóctonas de la región, según lo muestra Jacqueline Clarac de Briceño en su libro fundamental, Dioses en Exilio: la fiesta de la Virgen de la Candelaria, ritual conectada con la fertilidad agrícola, era la culminación del mes de las paraduras que también celebran un renacer y demuestran una devoción particular a la madre o principio femenino. La paradura no es una fiesta oficial de la iglesia y nadie controla sus formas o fechas. Se encuentran siempre menos cantores (algunos hasta aprovechan esta situación, cobrando su participación en las fiestas) y muchas familias tienen que esperar, a veces hasta finales de marzo, para poder parar su Niño. Sin embargo, no dejan de hacerlo y los vecinos siguen asistiendo a las fiestas, con gran devoción. Los merideños no quieren que esta devoción se pierda.

El ritual de la Paradura del Niño (aparte de las comidas y bebidas) tiene dos fases principales, una dedicada al Niño y la otra a la Virgen; la relación entre las dos, como veremos, no es quizás tan clara como de entrada podría parecer. Donde el Niño ha sido «robado”, es decir llevado a una casa vecina, la fiesta comienza con la ida en procesión para traerlo de vuelta a su propio altar. Siguen los versos cantados que celebran el nacimiento de Jesús. Las palabras de estos versos varían muchísimo de lugar a lugar; aún tomando en cuenta los cambios que sufren los textos transmitidos oralmente, es difícil creer que todos tengan un origen común, aunque su significado y el orden de los pasos del rito que describen son los mismos. Una versión más larga que la usual en la ciudad de Mérida se canta en la aldea El Hatico (cerca de Los Nevados); se mueve entre lo teológico a lo terrenal con mucha sencillez: «Alabar el misterio de la encarnación/que son tres personas y un dios en perdón»; «La mula veloz le quiso comer/las pajas al Niño al tiempo de nacer». Luego el Niño es entregado a sus padrinos para el paseo alrededor del patio de la casa, seguido por los pastores (todos los asistentes) con velas en mano y acompañado siempre por los músicos; y al regreso al pesebre es colocado en posición parada donde antes yacía. Los versos cantan la despedida de los fieles y anuncian el Rosario que sigue.

El Rosario (o los Rosarios; si los dueños de la casa tienen una devoción particular o están pagando una promesa, se pueden cantar varios) es quizás la parte más enigmática de esta ceremonia. Los versos cantados describen los cinco misterios de la vida de la Virgen; cantan sólo los hombres, agrupados como para compartir un secreto y con gran seriedad y fervor.

¿Quién es esa Reina de los Cielos a quien se están dirigiendo y quién es el Niño, además de ser «Jesús, humilde en su cuna»? Ellos son por supuesto en primer lugar, para sus fieles hace siglos cristianos, la Virgen María y su Hijo, Salvador del Mundo, que alcanza durante este ritual su pleno poder y majestad. Pero detrás de este rito de pasaje parece estar la sombra de otros, más antiguos, originarios de estas montañas. Jacqueline Clarac sugiere que la paradura es «un substituto del ritual de ofrendas y sacrificios de niños recién nacidos a las lagunas sagradas», identificadas con la diosa de la fertilidad. Según cree la gente todavía en muchos lugares de la sierra, una persona que se extravía y es capturado por una laguna, si es digno del conocimiento, vuelve al mundo después de un tiempo transformado en «médico» y hechicero. El Niño parado, al final de su «paseo» (y devuelto también de la casa donde estaba perdido), ¿representaría entonces a un escogido que ha regresado de las aguas, para hacerle bien a su pueblo?

No se discierne en esta parte del rito ninguna asociación con temor o sacrificio; la atmósfera es liviana, la gente emana alegría y cariño hacia el Niño y sus padres. Si persiste algo de un ritual cíclico viejo, será el regocijo del renacer. La diosa a la cual se dirige el Rosario cantado, sin embargo, podría no ser – o no ser solamente – la madre tierna y buena de su hijo divino. Por la actitud de los cantores, parece ser una divinidad que inspira sumisión y el deseo de aplacarla con rezos hondos y suplicantes. ¿Es ella la representante de la antigua señora de las montañas, dueña de las aguas y las plantas, a quien había que mantener favorable con ofrendas hasta de sangre de niños? Un aliento de misterio que sopla por las casas del páramo en el momento de estos ritos anuales insinúa que la antigua diosa habita todavía sus lugares.

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