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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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UN VIAJE EN CHINA (2011)
12 Oct 2021

UN VIAJE EN CHINA (2011)

Post by Rowena Hill

No tenía muy claro por qué quería ir a China. Esa situación ha sido normal en mí: sé o creo que será importante para mí visitar algún lugar, pero el contenido de esa importancia se revela sólo en el transcurso del viaje. Y quizás tampoco entonces resulta ser algo evidente, más bien un pedazo de un gran rompecabezas, el rompecabezas humano, que encaja en su lugar en el dibujo general. Pero en el caso de la China, mi deseo, y lo sabía, tenía también la complicación de cierto masoquismo: detesto el ruido y la crudeza de las grandes ciudades nuevas, los chinos turistas con quienes me había topado en otros países me parecían vulgares y ruidosos, y sabía que en ese país los ambientes naturales y lo que queda de antiguo y tradicional se estaba destrozando vertiginosamente. Por el lado positivo, esperaba encontrar sin embargo paisajes extremos de gran belleza y sitios que conservaran, todavía, los restos de una civilización budista milenaria.

La experiencia de la China – estuve allí dos meses, entre abril y junio de 2011 – fue en todos los sentidos más intensa que las expectativas. Encontré bajezas y maravillas y agradezco las dos, como revelación de lo que compone este planeta tierra. Hubo muchas sorpresas. Por ejemplo, nunca se me habría ocurrido que valdría la pena ir a China sólo por los árboles, grandes y frondosos, los que todavía alegran partes de las ciudades, los que dan sombra a patios de templos y jardines de restoranes, algún gigante en medio de un campo abierto. Y por supuesto las selvas de montaña.

Casi no tenía nombres para esos árboles. Álamos, cedros, olmos, abetos, pero muchos que no conocía. No era posible preguntar, porque casi nadie habla otro idioma que no sea chino. (Sí, mandarín, pero los extranjeros que viven allí lo llaman chino.) A veces andaba con guías, pero los árboles no estaban dentro de su área de conocimiento, que abarcaba hechos históricos, geográficos, culturales enfocados a ensalzar la patria. Hasta cierto punto me acostumbré a esa incomunicación, pero no dejaba de ser frustrante no poder hacer preguntas sobre cosas inmediatas y generales a las personas que me rodeaban. En otros viajes la curiosidad ha sido una manera para entrar en contacto con la gente del país donde me encontraba, una excusa a veces para mirar a alguien en los ojos. En China algunas veces sucedía, con gente sencilla, que nos riéramos juntos de nuestra incapacidad para entendernos. La mayor parte del tiempo, sin embargo, había un rechazo, motivado supongo por la timidez y el orgullo, a hacer el esfuerzo por entender los gestos.

Una amiga que trabajaba en la embajada venezolana a Beijing me dijo varias veces “a ellos nosotros no les interesamos”. Parece ser verdad. Por un lado, puede ser un alivio: en India, por ejemplo, la curiosidad de extraños acerca de aspectos personales de la vida de un visitante puede llegar a molestar. Pero resulta desconcertante ser tratado a veces casi como si uno no existiera. Quizás si hubiera hablado chino… Aprendí al final quizás diez palabras. Es un idioma terriblemente difícil, y en los primeros días, caminando por las calles de Beijing o visitando museos y escuchando hablar la gente, me daba la impresión que esos sonidos salían de un órgano que yo no tengo y de una región del cerebro que en mí no se ha desarrollado. Por supuesto hay extranjeros que sienten una afinidad con el idioma y lo dominan perfectamente o al menos de manera adecuada. Conocí a algunas de esas personas en Beijing, y agradecí – agradezco – su compañía y su ayuda en entender lo que estaba viviendo.

En Beijing alquilé por las dos semanas que me quedé en la capital un apartamento tipo estudio en un piso alto de un aparthotel. Allí cocinaba a veces, pero nunca pude utilizar la lavadora porque las instrucciones estaban sólo en chino. En las mañanas veía el sol surgir rojo detrás de los techos de otros edificios iguales. Cerca estaba una escuela infantil donde me paraba yendo hacia el metro para mirar grupos de niños adorables haciendo sus ejercicios coordinados. Afortunadamente, puesto que las distancias que se recorren dentro de la ciudad son grandes, el metro funciona de maravilla, y tiene mapas e instrucciones de uso de las máquinas en inglés.

Me gustaba caminar cuando era posible, hacer a pie las cuadras al supermercado de los delicatesses importados, el April Gourmet, y al bulevar de Sanlitun, el distrito de las embajadas y las tiendas lujosas, donde los chinos nuevos ricos (son muchos, y pretenciosos) compran ropa de las marcas famosas que les fascinan.

Las mujeres buenas mozas tienen un porte arrogante y visten trajes muy femeninos. Pocos blue jeans, vestidos en cambio, cortos, con flecos y encajes, flores y colores pálidos. Tacones altos y sombreritos.

En Beijing empecé a disfrutar la comida china, la de allá, picante casi siempre y llena de los sabores fuertes de vegetales para mí extraños, algas, hongos de todos tipos. Mi plato favorito era el hotpot, un caldo hirviente y condimentada (en su placa eléctrica) donde cocinar al instante rebanadas finas de carnes, pescados y vegetales crudos, con diferentes salsas (mi preferida de maní) para acompañarlos.

Por supuesto había que visitar los monumentos históricos y salí muy animada para conocer el Templo del Cielo y la Ciudad Prohibida, pero para mi desconcierto no sentí ningún placer y apenas admiración. Para empezar, había en cada lugar una multitud tan grande de chinos turistas en su propio país (cosa obviamente buena en sí) que era difícil apreciar los edificios por falta de espacio. Los chinos no hablan sino gritan, y el ruido era ensordecedor. Hacía tiempo yo venía diciendo que soy claustrofóbica, sin darle mucho peso a la palabra, pero en China descubrí que es la sencilla verdad: cuando me rodea y aprieta mucha gente se me tapan los sentidos, ni veo ni oigo bien, no puedo pensar. Observar las personas resultaba sin embargo a momentos divertido. Los chinos adoran hacerse fotos y asumen las poses más ridículas sin la menor pena. Las novias se hacen fotografiar en las escalinatas de los palacios, vestidas de largos trajes rojos, usualmente alquilados me dijeron, y no necesariamente en el día del matrimonio. Es la apariencia que importa.

Otros monumentos también resultaban tan restaurados cuando no reconstruidos que lo que pudieran tener de atmósfera o de misterio, de sentido del pasado, ha sido borrado. La Gran Muralla, serpenteando a través de los cerros en un punto un poco alejado de Beijing y con el primer sol de la mañana, era bellísima, pero es casi todo reconstruida. Áreas enteras de hutongs, los barrios populares tradicionales, han sido rasadas, y las casas que supuestamente se han ‘conservado’ para los turistas muchas veces son construcciones nuevas.

Beijing es una ciudad enorme, casi toda fea desde el punto de visto arquitectónico: aglomeraciones aparentemente infinitas de edificios utilitarios, de cemento sucio. Algunas de las construidas en las últimas décadas han mejorado, tienen más apertura, más luz; pero muy pocos edificios tienen valor estético, y ésos son todos de inspiración extranjera cuando no diseñados por arquitectos europeos. La China es una gran imitadora.

Tenía también cierta ilusión con el arte contemporáneo chino, pero descubrí, visitando varias ferias de arte, muy extensas, que a los pocos grandes artistas que se revelaron hace unas décadas, ha seguido una multitud de ambiciosos imitadores de todas las escuelas de vanguardia europeas y americanas y de las tradicionales chinas, muy pocos con talento. Hay excepciones, todas figurativas, cuadros y esculturas potentes que retratan la crueldad del ser humano. Dos artistas que me impactaron son Yin Shilin, con sus esculturas de niños desnudos y tristes, y Shi Lifeng en cuyos cuadros figuras humanas diminutas como hormigas laqueadas de rojo persiguen ilusiones de libertad.

Tuve una experiencia que me dejó atisbar el abuso de poder que es una constante de esa sociedad. Tenía la dirección de un viejo traductor de novelistas latinoamericanos al chino, un hombre distinguido y muy amable. Me invitó a su casa (la única casa privada china que conocí, confortable pero nada lujosa, aunque él es un secretario del partido comunista) y allí conocí también a su “ahijado”, descendiente según decía del filósofo Mencius, traductor oficial y hablador obsesivo e imparable. A la tarde nos invitó a cenar en un restorán exquisito (pidió al menos treinta platos, que apenas probamos) y después me ofreció la cola en su carro oficial. No me había dado cuenta de lo borracho que estaba. A las pocas cuadras perdió la paciencia con la cautela de su chofer, tomó el volante y se puso a correr a alta velocidad, pasando los semáforos en rojo y gritando insultos a los choferes que se le cruzaban. “Tengo el derecho de pasar” me decía. “Soy viceministro de este país y este es un carro oficial.” Yo estaba aterrada.

Después de dos semanas el tráfico, el ruido, la dureza de los gestos y las voces, la tensión y la fealdad de la ciudad me tenían abrumada, y salí con mis compañeros para conocer otros lugares con una sensación de profundo alivio.

No voy a contar los mecanismos del viaje, no estoy escribiendo una guía para turistas. Detalles sí, y los recuerdos más vívidos.

Tampoco sé cómo se llaman esas montañas que surgen de repente del desierto, rayadas de pardo y blanco, nieve y arena. Hace pocos días aprendí el nombre – y la existencia – de la ciudad donde aterrizamos, Urumqi. No es bella, pero es agradable, con un aire suave y tibio. Camino sola después del anochecer por las calles donde la gente compra y come al aire libre, siento tranquilidad dentro del bullicio. En la China la seguridad parece ser total, día y noche, en el campo o en la ciudad. Los relojes muestran dos horas distintas, la oficial de Beijing y la local, con dos horas de diferencia.

Los habitantes aquí son otra raza, los uigures, aunque los chinos han ya les han quitado la mayoría y no respetan sus costumbres. Son musulmanes tranquilos. Casi envidio el modo de vestir de las mujeres, bellas faldas y chales, tacones altos, pañuelito en la cabeza, una elegancia como de los años ‘30 y ‘40 en Europa.

En Urumqi hay un mercado de piedras, no joyas sino piedras, desde guijarros hasta rocas demasiadas pesadas para levantarlas con muchas manos. El espectáculo es surreal, la gente comprando piedras, hasta que las miro más de cerca (y veo una que ha sido abierto) y me doy cuenta de que bajo la superficie sucia están las venas del jade.

Llegando en carro a Turfan, nos paramos a almorzar en un mercado popular. Pedimos sopa de ovejo, una pila de kebabs picantísimos, pescados fritos. Nos sentamos a una de las largas mesas comunes de madera. Se sienta al lado un personaje imponente, un anciano uigur, alto y ancho con manos enormes, barba y sombrerito redondo, y se sirve como con todo el derecho un bol de sopa que uno de nuestro grupo aparta. Tiene una sonrisa que surge del fondo de los siglos, subiéndole los cachetes anchos hasta casi cerrarle los ojos.

La ciudad de Jiaohe es hectáreas de ruinas de tierra roja, agujas, columnas y muros sin techos, cocidas bajo el sol, nada, pero un nada que rezumba y tiene palabras de guerra y paz al filo de sus lenguas de barro.

Cenamos al aire libre (el tren saldrá tarde) al lado de un lago en el centro de Turfan. Pasean mujeres con sus trajes elegantes, juegan manadas de niños felices. Tan diferentes de los pequeños emperadores que se ven en otras ciudades, niños solos, adulados y consentidos por grupos de adultos mayores. ¿Cómo pueden no crecer déspotas?

Amanecimos en Dunhuang, nos llevan a conocer unas fortalezas en el desierto, vemos en la distancia íngrima el último tramo de la gran muralla. De nuevo me pregunto cómo la tierra desnuda, los muros desmoronados, pueden ser tan vibrantes y expresivos.

Tenía grandes expectativas con las cuevas de Mogao, sus pinturas y esculturas budistas milenarias (las primeras del siglo 4 d.C.), pero la regimentación de los grupos para la visita y el hacinamiento dentro las cuevas me ofuscaron la experiencia. Mi culpa.

Tomamos un vuelo a Sichuan, a Chengdu, una gran ciudad bastante relajada al pie del Himalaya. Visitamos un parque donde un colosal Buda de piedra está parado frente a un río caudaloso, y otro donde se crían pandas: uno de ellos nos ofrece un espectáculo de acrobacia, saltando entre los árboles en su jaula, haciendo volteretas. Siento que le desespera su cautiverio, me da pena. Otros comen tranquilos sus palos de bambú, las panzas redondas al aire.

Tres días de jeep nos llevan muy adentro de una región que en esencia y apariencia es
Tíbet. Aquí también los chinos han están minando sin piedad el modo de vida y la cultura. Pero el alma tibetana es resistente. Hay muchos monasterios, y templos llenos de devotos, viejos y viejas con el rostro curtido y vestidos con los trajes tradicionales, pero jóvenes en blue jeans también.

El último de los tres días, cruzamos el paso Chola a más de 5.000 metros, por una carretera de tierra, angosta, con curvas extremas y frecuentada por camiones y buses. Está nevando y los picos que se entreven entre las nubes son de un blanco fantasmal. Euforia y miedo en proporciones iguales. Al regreso hay sol intenso, montañas que resplandecen en todas las direcciones, los precipicios se aprecian más claramente pero el susto también se disolvió.

Derge es una ciudad fronteriza con la región autónoma tibetana, de mucho movimiento comercial y de construcción (para los chinos que llegan a ocuparla) y con un monasterio budista grande. En un pueblo cercano se encuentra la escuela donde el joven monje que apoyo en sus estudios aspira a convertirse en lama. Los lamas son todavía figuras importantes en la vida del pueblo, se consultan sobre todos los problemas de la vida, incluso de salud. Estudian medicina tradicional y la matemática de los horóscopos. El encuentro con el muchacho es caluroso, es hermoso y cortés.

Regresamos a Chengu por otra vía donde las casas tradicionales tibetanas, bellísimas, de madera y barro y con decorados de color, se alternan con pueblos nuevos fríos y desérticos, todos cajones de cemento. Partes de la ruta pasan por viaductos y túneles sensacionales.

Los paisajes: después de los páramos inmensos al pie los picos, valles con grandes ríos y selvas donde empiezan a florecer los rododendros. Un día paseo sola por un valle alto, verde, solitario y silencioso. Hay rebaños de yaks y caballos, un cuclillo canta entre árboles lejanos. De repente unos yaks me persiguen, logro refugiarme en un altar budista de piedra hasta que pierden el interés en mí y se van, los flecos de sus colas y flancos ondeando. Parece un sueño, pero fue verdad. ¿Cómo habría quedado si me alcanzan esos cuernos diabólicos?

Bajamos por un valle que muestra los destrozos del terremoto de 2008: tramos de carretera y túneles tirados como juguetes, casas enteras tumbadas en un hueco enorme dejado como monumento en la ciudad más afectada.

Después de esos viajes a lugares remotos, toca hacer algo de turismo más usual. Vamos a Xian, caminamos la muralla de la ciudad, todo dentro parece restaurado, imitación, pretencioso. Tomamos un tour al sitio de los guerreros de terracota: miles de personas en un enorme galpón empujan para ver y fotografiar las conocidas figuras. Me da rápidamente claustrofobia y salgo empujada y empujando por la puerta estrecha. Lamento haberme dejado llevar por la obligación de ver Xian que se supone tenga todo visitante a China. Otra tumba, cerca el aeropuerto, con figuras más pequeñas como muñecos y filas de animales domésticos de barro tiene mucho más atmósfera y menos visitantes.

Mis compañeros deciden volver a Beijing. Hay algunos sitios que todavía quiero ver por el camino y sigo sola. Siempre me ha gustado viajar sola, pero sin poder hablar es más duro, no se dan los contactos con la gente. Sin embargo, encuentro personas amables.

En el aeropuerto de Xian puedo comprar un par de novelas en inglés – me hacían falta. Y en estos lugares (al contrario de Sichuan) la TV capta el canal chino de noticias en inglés, que ofrece informaciones muy completas y análisis interesantes.

Mi vuelo va a Taiyuan, no encontré cupo en otra ruta. Decido quedarme en esa ciudad, que tiene un aire de vida normal y corriente y un museo magnífico de historia y artes de China, con un larguísimo dragón dorado en el ancho río en frente. Y un parque taoista, Jinci, con árboles centenarios, un manantial poderoso, y edificios finos de madera. El más viejo tiene ochocientos años y dragones esculpidos que suben las columnas de madera.

Logro contactar dos hombres jóvenes de una agencia turística que hablan suficiente inglés y están dispuestos a llevarme a dos templos budistas antiquísimos en lugares apartados, visitados por poca gente. Los templos no me decepcionan, son joyas de arquitectura antigua (siglos 8 y 9) en madera, con esculturas pintadas un poco ingenuas que parecen vivas. Y están solos, finalmente puedo respirar el espíritu de un lugar sagrado en China. Huele a una devoción muy enérgica.

Mis guías son encantadores y cultos, me consienten en todo. Comemos donde podemos, en lugares populares donde sirven sopas densas y carnes duras, todo muy picante, o en restoranes elegantes. Terminan llevándome hasta Datong, a través de paisajes agrícolas con pueblos primitivos y casas en cuevas, y la montaña sagrada de Wutai Shan. Allí visito algunos templos, uno en particular muy concurrido por los fieles.

No es verdad que la religión en sí esté prohibida en la China actual. En templos taoistas y budistas he visto siempre devotos, en multitudes o rezando solitarios y tranquilos, a veces una pareja con un niño que está aprendiendo los gestos del culto.

Nos paramos a mirar desde la distancia el monasterio colgante de Xuankong Si, una inmensa mariposa que sale con las alas abiertas de la cara de un precipicio imponente.

Datong es una ciudad horrenda, plana, dispersa y sucia, en fase además de demolición de los barrios viejos y muchos otros edificios. La razón por visitarla son las cercanas Cuevas de Yungang, templos en la roca que datan del siglo 5, con algunas de las esculturas budistas, monumentales y pequeñas, más sensibles y hermosas de Asia. Voy muy temprano en la mañana, antes de llegar los grupos de turistas, y allí también puedo ver y sentir.

El chofer de mi hotel, aparentemente rudo, me da una gran sorpresa. Me lleva primero a un tramo de la muralla antigua (una regional, que no ha sido reconstruida), que parte de un pueblito de barro y atraviesa solitario una llanura cultivada con montañas en la distancia. Salgo por ese espacio a seguir el muro, caminando a veces encima de él, hasta sentir que me alejo demasiado. Luego el chofer sube por una carretera empinada, para volver a encontrar la muralla en la cima de un cerro de donde puedo contemplar el inmenso panorama azul que se extiende todo alrededor: “para que se lo lleve en el corazón”.

De nuevo Beijing: unos días de despedidas, una última visita al Museo Nacional – la porcelana esta vez. Variaciones sobre la perfección.

Luego Shanghai, y vivir la nostalgia del imperio – de los imperios – en el Astor House Hotel, elegante desde 1845, y en la Concesión Francesa con sus calles sombreadas. El contraste entre lo imponentes edificios históricos en un lado del gran río y los rascacielos nuevos del otro (el túnel del funicular entre los dos tiene decorado sicodélico) es asombroso. En el Bund, el ancho terraplén que bordea unos kilómetros de río en el lado viejo, los ciudadanos pasean y se observan, y unos viejos hacen volar cometas espléndidas en la mañana temprano. Podría ser otro país.

Próxima parada Tokio, y percibo por los oídos una sensación fantasmal de vacío. La gente es tan silenciosa, habla tan bajito, respeta la sensibilidad del vecino. Un día en la calle siento un hombre gritar y pienso que entonces existe alguna excepción. Pero me volteo a verlo, y es un turista chino.

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