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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

"*PAGINA EN CONSTRUCCION*"

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Entrópica – Entropic
13 Oct 2021

Entrópica – Entropic

Post by Rowena Hill

I

Me está mirando por la ventana,
la que he llamado Once
con el párpado semicaído
–  ¿Once o Diecisiete? ¿ojo izquierdo o derecho? –
Cualquiera de las dos, no tiene cerebro.
Se posa en el aguacate detrás de la casa,
come hojas y compite con las ardillas
por las frutas verdes.

Pero sus ojos son penetrantes.
Hoy acusan y yo no tengo respuestas –
no fue mi culpa que se interrumpió la cocción
y enloqueció el proceso de duplicado.
Al final el horno reventó
y se derramaron en el piso
como una camada prematura de cerdas,
la mitad de ellas (afortunadamente) muertas.

Sólo una, la más cercana al núcleo,
salió perfecta, es decir, una semejanza perfecta.
Le he mandado lejos, a Dos.
Que viva y encuentre la salida
del callejón ciego de la vejez,
que sea feliz si todavía eso existe.
Ella no tiene porqué cargar con el peso
de este engendro entrópico.
Son mías y yo me ocuparé de ellas.

Le doy la espalda a Once
– no puedo hacer nada por ella –
pero Tres se ha sentado en el diván
con el perfil bueno hacia mí.
Esta soy yo a los treinta y cinco,
una mujer bien parecida y nostálgica
por una especie que sintiera mía
completa de machos, por supuesto, pero eso es más difícil,
todavía no saben hacer clones transsexuales).

Tres tiene cerebro pero cuesta que lo utilice
que no sea para encontrar maneras de esconder el otro lado
– picado, fruncido, con un hueco abierto sobre la mandíbula,
el ojo minúsculo, hundido – que me muestra ahora.
«Mira que hiciste,» dice
por vez novecientos noventa y nueve
tan regular como el calendario
y vuelve a voltear la cabeza.
«No lo hice adrede,» digo,
como de costumbre. ¿Qué más puedo contestar?
«¿Por qué no sigues leyendo ‘Emma’
y más tarde lo discutimos?»
«Estoy aburrida,» dice, «y tú debes estar aburrida,
escuchando tu propia opinión con huecos,»
pero va a buscar el libro.

Me levanto de mi escritorio,
luchando con el dolor en las articulaciones
que me hizo decidir conseguir otro cuerpo.
Dios sabe, yo creía entender las consecuencias
pero apenas las había vislumbrado. ¿Seré perdonada?

Cinco y Seis están sentadas en el patio,
externamente sin desperfectos pero carentes de voluntad,
programables como robots. Ellas se ocupan de la cocina
para las que digerimos lo que yo llamo comida.
«¡Preparen la cena!» grito; entran a zancadas y abren la nevera.

Voy a mi cuarto para buscar una chaqueta.
Es el suplicio de siempre abrir el armario:
Siete cuelga de un gancho, como un vestido.
No se ha movido desde que llegamos de la clínica
– dos camiones-ambulancias llenos –
y ella fue directo a su lugar entre mi ropa.
Enflaquece más cada día, como tela gastada,
envoltorio con un cascabeleo de huesos,
y hiede a ropa sucia en una cesta.
Todo lo que me pongo y yo misma olemos a rancio.
Pero sus ojos son hermosos, azul profundo aterciopelado,
más oscuros que los míos, cielo al crepúsculo,
puertas hacia un reino a parte. No habla nunca.

II

Las punzadas en mi hombro izquierdo se están agudizando;
pronto fallará de nuevo el brazo y los objetos se me caerán.
Tendré que utilizar otra, una de las Sinnúmero
que guardo en el cobertizo y riego a mediodía –
cuando no delego la tarea a la mecánica Dieciséis.
(No sé por qué me da pena hacerlo,
no es que entienda.)

Esta es mi única ventaja, que poseo tantas
y suficientes con la cara borrosa
para no tener que sacrificar para repuestos
una que parece mi igual,
una que me mira en el ojo y llora.
Lo he visto hacer, es devastador,
pero la gente se acostumbra a lo que sea.

III

Trece vive al lado de un hueco en el suelo
en el potrero detrás de la casa.
Ella caga para todas, se diría,
en vista de las pilas de mojones relucientes
y el olor de chiquero.
Cuando no está agachada baila en torno al hueco
agitando los brazos y riéndose.
Se traga cambures verdes y auyamas crudas
y roe huesos fétidos.

IV

Tabula rasa, carte blanche, prometen los operadores
y la esperanza, por senderos aun invisibles, de reconstruir en la otra
el mundo entero de los recuerdos, campo tras campo,
partículas y células aglutinándose,
si es lo que una quiere:
un reflejo para sentarse una en frente,
consejos de su propio yo sufrido,
una sustituta para delegarle situaciones feas
(¿como sabría al final cuál soy yo?).
Nadie dijo nada de cráneo sin cerebro
o cerebro sin sinapsis o con sólo tubería primitiva,
reflejo parcial, distorsión, caricatura, condena.

V

Pero aquí están. La número Cuatro es la sombra.
Vive en el sótano, prefiere la oscuridad
y tampoco soporto hablar a menudo con ella.
Conoce mis pensamientos y señala cada mínima
segunda intención o brote de crueldad.
«Eso es lo que harás,» dice,
«prestarás a Veintidós a la señora Roberta
(una de las pocas amigas que me quedan)
porque es torpe y no la quieres en la cocina;»
o me recuerda los abortos que tuve
porque no quería hijos.
Tres con el hueco en la cara la oye y aplaude.
Sombra si escucha se quita los lentes oscuros
y me muestra la degradación en las arrugas y bolsas
que subrayan la mezquindad abismal de sus ojos.

VI

Hacía bastante tiempo que no caminaba por este lado
para no acercarme al hueco de las heces,
pero aquí encuentro a Veinte (no la había echado de menos)
parada en la esquina del potrero
tan quieta que podría estar muerta de pie
aunque ya no tiene pies sino bultos nudosos
incrustados en la tierra, convertidos en raíz.
Pasa una ráfaga de viento y el pelo se estira como hojas,
se levantan los brazos y el tronco se mece,
párpados con finas venas cubren los ojos
y se refleja la dicha del atardecer
en la piel verdosa de la cara.

VII

Desconfiaba de Quince desde el comienzo,
estaba hinchada y visiblemente incómoda;
si hubiese comido habría pensado en parásitos,
era fácil imaginarlos retorcerse bajo su pellejo.
Pero ahora sé lo que le pasaba.
Ayer explotó y de sus entrañas
voló una tropa aparentemente inagotable de copias,
clones de segunda generación, finas como papel,
apenas móviles por ellas mismas,
vagando como renacuajos ciegos,
flotando a través de la casa y sobre el campo
más pálidas y etéreas con cada minuto que pasaba,
como una tormenta de lana vegetal
o nieve sintética.

Quince las siguió bombeando hasta desinflarse;
cuando murió las otras también cayeron a tierra
y yacen allí, puntos o montones,
ínfimos recortables victorianos con mi figura,
esperando que el viento las disperse
o la humedad y las pisadas las borren.

VIII

¿Partenogénesis o fisión binaria?
Otras están más interesadas en acoplarse.
Diez, Doce y Diecinueve son lesbianas.
Hacen el amor en pareja o todas tres
en el cuarto de atrás con muchos jadeos y gemidos;
se acarician unas a otras los senos y los coños delante mío,
queriendo, supongo, que yo comparta su placer.
Miro mi cara mirar mi cara excitarse
y a veces les tiro pétalos de rosa.
Si fue amor por mí misma que me llevó a multiplicarme,
estoy harta de mí ahora.

Me pregunto dónde se encuentra Dos. ¿Se siente entera?
¿Qué recuerdos la acompañan? ¿Ha satisfecho el deseo?

He debido pedirle prestado o robarle el marido a alguien
y clonarlo también para las que sufren añoranza viva.
La última vez que vino el jardinero lo rodearon
y se pavoneó como gallo entre gallinas
hasta que cayeron sobre él y lo habrían desgarrado.
No fue fácil pararlas. Por un momento
no supe si era Ocho o yo misma
quien luchaba con su bragueta.
Pero se escapó, con nada más moretones y rasguños.
Desde entonces cultivamos nuestras propias hortalizas
y nuestro único macho es un gato todo cicatrices
que lame los bigotes y se burla
cuando huele nuestras hormonas.

Ocho, Nueve y Veintiuna han construido un altar,
queman sus deseos y el humo sube como incienso.
Yo les di los íconos, el ángel muy masculino,
el semidios alado y bien dotado.
A veces en la noche un susurrar de plumas,
un batir de alones fuertes,vibra en el aire.

IX

Me había olvidado de la peluda.
Como he perdido la cuenta,
la llamaré Veinticinco.
Se apartó en los primeros días
y se hizo una cueva en el bosque de café
y comió ratones y raíces. Hoy salió
en lo que pasé por allí y me hizo señas
para que me sentara a hablar con ella.
Su nariz es larga y vellosa y sus colmillos impresionan
pero escuchándola olvidé el miedo.
Ella es filósofa, quiere saber
cómo parió la tierra al amor.

X

Cinco y seis estaban llorando ayer
(no sabía que tenían lágrimas).
Me llevaron a donde la gata parió sus gatitos
y todos habían desaparecido menos uno tullido y ensangrentado.
¿Quién?» yo pregunté y señalaron con los dedos
a todas las mujeres que estaban a la vista.

Hoy parece más urgente saber quién.
En la noche alguien apuñaló a Dieciséis y le chupó la sangre,
a lo que parece, un vampiro.
¿Será esto mi destino?
Tanta materia sin mente con mi forma
¿me echará uñas y dientes y cuchillos y me embestirá?
¿Roerán mi corazón y sesos en busca de lo que se les negó
y me dejarán como cáscara hueca,
totalmente extinguida en la oscuridad,
tan muerta como es posible serlo,
más muerta que piedra o hollín?

XI

Resolví la amenaza con un par de mastines.
Al fin ellas no eran muchas y sus ojos ensangrentados
las delataban antes de que sufrieran el arrebato.
Los perros las acabaron, encogidas en los pasillos
o carnívoras plenamente desarrolladas
asaltándome cuando yo salía de la casa.
Ninguna de ellas era inteligente. Todas están muertas
y si multiplican mi culpa ya no soy capaz
de cargar con más.

Nos ha caído como una enfermedad de sueño.
Las sirvientas se están marchitando.
Tres se acostó con la cabeza en una enciclopedia
(el lado bueno hacia arriba) y expiró en silencio.
Otras que no había contado se agregaron a los montones
de basura que dejó la erupción de Quince,
encogiéndose al tamaño y la consistencia de pieles de murciélago.
Siete ha cerrado los ojos en mi armario;
Veinte se ha convertido en árbol, hay un nido de azulejo
en la curva de su brazo;
Veinticinco canta en el bosque, un arrullo
para bestias peludas de buena voluntad.
Todas las demás están envejeciendo deprisa y apenas comen
y olvidan sus lamentos.

XII

Fue Dos que vi ayer observando a través del seto vivo –
creía que yo estaba alucinando;
pero ahora quita las enredaderas de la reja
y con mano firme jala el pasador y entra.
Es bella, no joven pero erecta y luminosa.
Sonríe y me abraza y dice, «Bueno, aquí estoy.
¿Te sorprende tanto verme? ¿No vas a decir nada?»
«He perdido la lengua,» digo. «¿De qué iba a hablar
en este lugar de decadencia y muerte?
No sabía que volverías, quería que fueras libre
para conocer el éxito y la alegría.»
«Lo he hecho,» dice, «pero ésta es mi casa,
estas sombras también son mi herencia.
Ven, sostén mi cabeza
y haz tuyos también los recuerdos felices,
deja que las tinturas de la satisfacción filtren
por tus venas, y yo absorberé tus venenos.
Nos volveremos un solo compuesto.»

XIII

Una figura quieta está sentada en el corredor
llena de imágenes de todos los elementos
y su diálogo interno es de fisuras y sellos
que superan el sí y no.
Más allá del juego mental y el pelo plateado
queda el cielo intacto.

I

She’s watching me through the window,
the one I’ve called Eleven
with the slightly drooping eyelid
– or Seventeen? left eyelid or right?
Whichever it is, she has no brain.
She perches in the avocado tree
behind the house, she eats leaves
and competes with the squirrels for unripe fruit.

But her eyes are piercing.
Today they accuse and I have no answers –
it wasn’t my fault the cooking was interrupted
and the replication process went mad.
The oven burst open in the end
and they spilt on to the floor
like a premature sow’s litter,
half of them (thankfully) dead.

Only one, the nearest to the core,
turned out perfect, that is, a perfect likeness.
I’ve sent her away, Two.
Let her live and find the way
out of the impasse of ageing,
and be happy if that’s still possible.
Why should she be burdened
with this entropic spawn?
They’re mine and I will deal with them.

I turn my back on Eleven
– I can do nothing for her –
but Three has sat down on the couch
with her good profile toward me.
This is me at thirty-five,
a good-looking woman and wistful
for a species to belong to
(complete with males of course, but that’s harder,
they can’t yet do transsexual clones).
Three has a brain but it’s hard to get her to use it
except to find ways to hide the other side
– pocked, puckered, with a gaping hole over the jawbone,
a tiny, sunken eye – that she shows me now.
“Look what you did,” she says
for the nine hundred and ninety-ninth time,
as regular as the calendar, and turns her head again.
“I didn’t mean to,” I say,
as usual. What else can I answer?
“Why don’t you go on reading ‘Emma’
and later we’ll discuss it?”
“I’m bored,” she says, “and you must be bored,
hearing your own opinion with holes in it,”
but she goes to fetch the book.

I get up from my desk, fighting the pain in my joints
that made me decide to get another body.
God knows I thought I’d thought it through
but in truth I hadn’t begun to. May I be forgiven.
Five and Six are sitting in the courtyard,
outwardly without blemish, but bereft of will,
programmable like robots. They do the cooking
for those of us that digest what I call food.
“Get dinner!” I shout, and they stump in and open the
freezer.

I go into my bedroom to fetch a jacket.
It’s the usual small ordeal to open the wardrobe:
Seven is draped on a hanger, like a dress.
She hasn’t moved since we came home from the clinic
– two lorry-sized ambulances full –
and she went straight to her place among my clothes.
She gets thinner every day like worn out cloth
with a rattle of bones inside
and she reeks of dirty washing in a hamper.
Everything I wear and I smell stale now.
But her eyes are beautiful, deep velvet blue,
darker than mine, twilight sky,
doors on to a separate realm. She never speaks.

II

The twinges in my left shoulder are getting stronger;
I’ll soon be dropping things again when the arm gives way.
I’ll have to use another, one of the Numberless
that I keep in the garden shed and spray at noon
when I don’t delegate the chore to clockwork Sixteen.
(I don’t know why it shames me to do so,
it’s not as if she understands.)
This is my one advantage, having so many
and enough with blurred faces
so I don’t have to sacrifice for spare parts
one who seems like an equal,
one who looks me in the eye and cries.
I’ve seen it done, it’s devastating,
but people can get used to anything.

III

Thirteen lives beside a hole in the ground,
in the field out at the back.
She shits for all of them, you’d say,
in view of the piles of gleaming turds
and the smell of pigsty.
When she’s not squatting she dances round the hole
waving her arms and giggling.
She gobbles raw plantains and pumpkins
and gnaws on foetid bones.

IV

Tabula rasa, carte blanche, is what the operators promise
and the hope, by pathways yet unseen, of rebuilding
in the other your whole remembered world, field by field
– particles and cells of memory accruing –
if that’s what you want,
a reflection to sit in front of,
advice from your own suffering self,
a surrogate to depute in mean situations
(how would I know in the end which is I?)

No one mentioned a skull case with no brain in it
or a brain with no synapses or only minimum plumbing,
a partial reflection, distortion, caricature, condemnation.


V

But here they are. Number Four is the shadow.
She lives in the cellar – she prefers the darkness
and anyhow I can’t bear to talk to her too often.
She knows my thoughts and points out every smallest
ulterior motive and welling of unkindness.
“That’s what you’ll do,” she says,
“you’ll lend Twenty-two to Mrs Roberts,”
(one of the few friends I have left)
“because she’s clumsy and you don’t want her in the
kitchen;”
or she reminds me of the abortions I had
because I didn’t want children.
Three with the hole in her face listens and applauds.
Shadow if she hears takes off her dark glasses
and shows me degradation in the lines and pouches
round the abysmal meanness of her eyes.


VI

I hadn’t walked this way for some time,
not wanting to go past the shit hole,
but here is Twenty (and I hadn’t missed her)
standing in the corner of the field,
so still she might be dead on her feet
which are no longer feet but knobbly nodes
embedded in the earth, turned to roots.
A gust of wind passes and her hair streams like leaves,
her arms lift and her trunk sways,
fine-veined lids cover her eyes
and evening bliss is mirrored
in the greenish skin of her face.


VII

I was suspicious of Fifteen from the beginning –
she was bloated and she looked uncomfortable;
if she’d eaten I’d have thought she had worms –
it was easy to imagine squirming under her hide.
But now I know what the matter was.
Yesterday she burst and from inside her
a seemingly endless troop of copies flew,
second generation clones, thin as paper,
scarcely self-propelled,
floating like flat blind tadpoles,
drifting through the house and over the field
paler and more ethereal by the minute,
like a blizzard of silk-cotton
or artificial snow.

Fifteen pumped them out till she was deflated
and when she died they also fell to earth
and are lying there in specks and drifts,
miniature Victorian cut-outs of my shape,
waiting for the wind to tumble them away
or damp, treading feet to erase them.

VIII

Parthenogenesis or binary fission?
Others are more interested in coupling.
Ten, Twelve and Nineteen are gay.
They make love to each other in pairs or all three
in the back bedroom with a lot of panting and moaning;
they fondle each others’ breasts and cunts in front of me –
wanting me, I suppose, to share their pleasure.
I watch my face watch my face become aroused
and sometimes I shower them with rose petals.
If it was love for myself made me multiply myself,
I’ve had enough of me now.

I wonder where Two is. Does she feel like a whole?
What has she done for memories? Has she sated desire?

I should have borrowed or stolen someone’s husband
and cloned him too for the ones who feel longing.
The last time the gardener came they surrounded him
and he strutted like a cock in the farmyard
till they fell on him and would have torn him apart.
It wasn’t easy to stop them. For a moment
I didn’t know if it was Eight or me
who was struggling with his fly-buttons.
But he got away, with no worse than bruises and scratches.
Since then we tend our own vegetables
and our only male is a battered tomcat
who whets his whiskers and sneers
when he sniffs our hormones.

Eight, Nine and Twenty-one have set up an altar,
they burn their desires and the smoke rises as incense.
I gave them the icons, the very masculine angel,
the winged and well-hung demigod.
Sometimes at night a rustling of feathers,
a clapping of strong pinions,
vibrate in the surrounding air.


IX

I’d forgotten the hairy one.
I’ll call her Twenty-five,
having lost count of the numbers.
She ran away right at the beginning
and made herself a cave in the coffee wood
and ate mice and tubers. Today she emerged
when I passed that way and beckoned me to sit and talk.
Her long nose is furry and her fangs are impressive
but listening to her I forgot to be afraid.
She’s a philosopher. She wants to know
how earth gave birth to love.

X

Five and six were crying yesterday
(I didn’t know they had tears).
They led me to where the cat had had her kittens
and they were all gone except one which was crippled and
bloody.
“Who?” I asked and they pointed wildly
at all the women in sight.

Today it seems more urgent to know who.
In the night Sixteen was stabbed and sucked dry
the way vampire bats do.
Is this going to be my fate?
Will so much mindless matter in my shape
grow nails and teeth and blades and turn on me?
Will they gnaw my heart and brains for what they were denied
and leave me a hollow husk,
totally extinguished in the darkness,
as dead as it’s possible to be,
deader than stone or soot?

XI

I dealt with the threat by a couple of mastiffs.
There weren’t many in the end and their bloodshot eyes
betrayed them before they were roused to attack.
The dogs finished them off, cowering in the corridors
or as fully fledged carnivores
assaulting me when I went outside.
None of them was intelligent. They’re all dead
and if they multiply my guilt I am no longer
capable of shouldering more.
A kind of sleeping sickness has descended on us.
The servants are withering away.
Three lay down with her head in an encyclopaedia
(the good side showing) and quietly expired.
Others I hadn’t counted joined the heaps
of rubbish left by the storm when Fifteen erupted,
shrinking to the size and consistency of bat skins.
Seven has shut her eyes in my wardrobe;
Twenty has become a tree and there’s a bluebird’s nest
in the crook of her arm;
Twenty-five sings in the wood, a lullaby
for furry beasts of good will.
All the rest are ageing fast, and hardly eat,
and are forgetting their lamentations.


XII

It was Two I saw yesterday peering through the hedge –
I thought I might be hallucinating;
but now she removes the creepers from the gate
and firmly unbolts it and comes inside.
She is beautiful, not young but erect and luminous.
She smiles and hugs me and says “Well here I am.
Are you so surprised to see me? Have you nothing to say?”
“I’ve lost my tongue,” I say. “What should I speak of
in this place of decay and death?
I didn’t know you’d return, I wanted you free
to know success and joy.”
“I’ve done that,” she says, “but this is my home,
these shadows are also my birthright.
Here, hold my head
and make the happy memories yours too,
let the tinctures of gratification filter
through your veins, and I’ll absorb your poisons.
We’ll become one compound.”

XIII

A figure sits quietly on the porch
full of images of all the elements
and its inner dialogue is of fissures and seals
beyond yes and no.
Behind the mind game and the silver hair
is the unbroken sky.

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