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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

"*PAGINA EN CONSTRUCCION*"

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El matrimonio de Lobo y Nave – The Marriage of Wolf and Ship
28 Oct 2021

El matrimonio de Lobo y Nave – The Marriage of Wolf and Ship

Post by Rowena Hill

ROWENA HILL

LA FUENTE

Luz sobre luz:

destella la luz en el agua clara
espejo de helechos temblorosos

y enciende las piedras
del manantial

se condensa bajo el cráneo
con su pelo áspero
y estalla
abriendo una brecha hacia el cielo.

El sol viajero
de noche las estrellas palpitantes
irradian el lugar de la vista,

la larga y baja estela dorada de un cometa
activa el incendio.

Despertar sobre despertar:

la joven loba estira las patas
mira la cara de su madre Tierra
con puro asombro.

THE SOURCE

Light on light

light sparkles in clear water
mirror of quivering ferns

and strikes flames from the stones
on the spring’s floor

gathers under the skull
with its hairy thatch
and bursts out
opening a breach to the sky

 The travelling sun
at night the pricking stars
beam into the place of sight

 the long low golden trail of a comet
sets off the charge

 Wakening on wakening

 the young wolf stretches her paws wide
stares round her mother Earth
in pure wonder

LOBO

Cuando yo nací los cerebros
se abrían hacia la luz.
La vista cristalina y la proliferación de los números
enlazaban las profundidades del cielo
con el abismo del corazón.

El amor juntaba los seres lúcidos,
perro con gato, venado con liebre;
cruzando los límites sus rayos se fundían.
Yo amaba una ocelote
gracia veloz y fluida
y nuestros cachorros relumbraban
con las líneas más finas
y el brillo de los dos.

Todas las cosas eran buenas dentro
el arco de mi frente. La luz
salpicaba el cielo vecino
con dardos irisados,
brotes redondos en los árboles de la montaña
abrían manos verdes,
el pájaro zancudo que se remontaba
desde un pantano reluciente
inscribía un nombre en el aire
y las piedras soñaban su redondear.


Cachorro, yo jugaba
feliz a la luz del sol
persiguiendo mi cola o la cola de mi hermano
o un lagarto entre la maleza
pero a veces escuchaba un día más allá del día
golpetear el huevo de mi cráneo
y al poco tiempo se rajó y reventó.
Yo me ahogué en el torrente de la luz
y cuando amainó
sólo podía mirar acostado las sombras
rodar a lo largo de la inmensa llanura
dejando tramos de claridad
meciendo el follaje de mi mente.

Más tarde corría y la luz me marcaba el ritmo.
Cada célula zumbaba de vida
desde la nariz ávida hasta los pelos de la cola.
Las altas rocas desfilaban a través de mí,
las aves tejían derroteros para mi vista,
el paisaje visto desde un cerro
se postraba brotaba contaba los golpes
medida y abundancia de mi mismo.

A veces iba a beber
de un riachuelo límpido en una quebrada
bajo árboles inclinados. Manchas de luz
moteaban el agua y penetraban
en haces hasta los guijarros del fondo.
Una vez el rayo cayó derecho
en una piedra redonda grabada
con una sigla o sílaba
nudo de visiones diferentes
más complejas que las nuestras.

¿De cuáles seres remotos
heredamos este mundo?
¿Cuántas veces ha renacido
la luz en la carne?


Los seres despiertos
necesitaban una lengua
para escandir sus espacios
y para salvarlos.
Buscaron debajo de las piedras
y en los bordes del cielo
y al fondo de las espiras de las flores
y afloraron piezas que al halarlas
traían consigo enteras constelaciones
patrones del decir.

Nos reunimos en el cerro
para juntar nuestros descubrimientos.
Nos sentamos en círculo, los ojos entrelazados
y antes que alguien pudiera proferir
una palabra para iniciar la cadena
todos rompimos a cantar.
Las notas del cielo
grabadas en nuestras cabezas rajadas
se fundieron en un coro de alabanzas
por el nacimiento sin fin
que nos sostenía.

Cuando pudimos hablar nuestra primera
preocupación urgente fue la sangre:
la sangre de nuestros prójimos que vertíamos
para alimentarnos y el dolor
de los que nacen para ser presas.
No hemos escogido, dijimos,
estas cuerdas que nos vinculan en la matanza
pero así estamos hechos. La confianza
en la obediencia de los que matan al límite de la necesidad
la confianza en la luz que persiste en el acto de matar
mantendrá nuestra paz.

Teníamos otros sueños
promesas que surgían de los diálogos
mientras los pensamientos recorrían
las escalas de la posibilidad
felices en las redes móviles
que ellos mismos tejían.

Uno de esos fue volar.
Las aves nos alentaban
a los seres de cuatro patas
sin alas de carne y plumas –
‘la liviandad está en sus huesos,
sólo suelten el peso y asciendan’.

Y la generación.
Los seres masculinos aspirarían
su semilla hasta el corazón
y la disolverían en rayos
para penetrar los poros luminosos
que les abrieran las hembras.
Se juntarían parejas extrañas
porque luz con luz hace fuego
y en el fuego todas las formas se acogen.

Pero éstas eran perspectivas
incumplidas y el tiempo
tomó otra dirección.

Empezamos a oír rumores
de una raza pelada que pisoteaba
la tierra, con hoscas miradas
sin reconocer límites, desdeñando la confianza
llevando en manos toscas
instrumentos de muerte.

¿Cómo podíamos prepararnos
para lo inimaginable?
Mi gente vivía al fondo
de una llanura escabrosa pero nos descubrieron
y desataron contra nosotros su locura.

Yo había ido a cazar en los cerros.
Corrí cuando vi la polvareda
pero llegué tarde. Las fieras
se habían ido y un silencio turbio
se arremolinaba en torno a los hogares destrozados.
Mi familia estaba muerta
aporreada en la entrada de nuestra cueva
excepto un cachorro que todavía respiraba.
Lo levanté y volví corriendo al cerro
y toda la noche traté de remendar su corazón
pero estaba demasiado aplastado.

Ninguno de mis vecinos sobrevivió.
Estaba completamente solo
yo solo vivo y consciente
en un inmenso desierto vacío
hinchado de muerte.

El dolor me derribó.


Mi hambre no buscaba alimento


para mí sino para un ajeno, y los ojos


que habían sido mi guía


me traspasaban.

Mi pérdida fue el umbral


de una vista de esterilidad


que se ensanchaba a lo largo de estaciones


incontables hasta un lugar


donde el recuerdo del gozo

zumbando en las cuerdas que nos unen


a la tierra y todos sus seres

(hijos de piedra y carne


madera y caparazón)

sería tenue, apenas percibido

Los ojos dijeron, sólo tú


quedas para salvar esa distancia.


Envuelve las promesas que conoces


en el manto de tu corazón deshilachado


y muere, congela sangre y aliento.


Custodia las semillas de la luz.

No vacilé.

Era una larga sequía;

galopé entre polvo y piedras

entre matas que se volvían cenizas


llevando mi carga de recuerdos


como perra que buscara una guarida


donde parir.

Una cueva abandonada, un manantial


fresco en la roca viviente,

ecos de voces que contaban

cuentos del primer amanecer –

me agaché y bebí, me senté


al lado del pozo y liberé la respiración;


llamearon los fuegos del corazón


y antes que la conflagración


arrastrara y me dejara ahuecado


para que me habitaran los vientos del espacio,


vi un sapo pintado


que me miraba desde el borde del agua.


Levantó una pata: “¡Buen viaje!


Vas a volver.”

WOLF

When I was born, minds
were still splitting open to the light.
Crystal clear sight and spawning number
connected the sky’s depths
to the abyss of the heart.

Love joined waking creatures,
dog with cat, deer with hare;
beams fused across boundaries.
I loved an ocelot,
swift easy grace,
and our cubs shone
with the finest lines of each of us
and the brilliance of both.

All things were good inside
my brow’s arch. The light
showered neighbouring sky
with rainbow darts,
round buds on mountain trees
opened bright green hands,
a long-toed bird taking flight
over glittering marsh
inscribed a name
and stones dreamed their rounding.

When I was new I played
happily in the sunlight,
chasing my tail or my brother’s tail
or a lizard among the plant stems
but sometimes I heard a day beyond day
tapping on the egg of my skull,
and presently it cracked and burst.
I drowned in the flood of light
and when it abated
all I could do was lie watching shadows
roll across the immense plain
leaving stretches of clarity
swaying the foliage of my mind.

Later I ran and the light paced me.
Every cell hummed with life
from avid nose to the hairs in my tail.
The tall rocks processed through me,
birds wove pathways for my sight,
the wilderness seen from a hilltop
prostrated, sprouted, counted beats
measure and abundance of myself.

I liked to go to drink
at a clear stream in a gully
under leaning trees. Spots of light
flecked the water and pierced
in shafts to the pebbles on the bottom.
Once a ray fell straight
on to a round stone engraved
with a cipher or syllable
a knot of visions different
more faceted than ours.

From what remote beings
do we inherit this world?
How many times has the light
been reborn in flesh?

The awoken creatures
needed a language
to scan their new spaces
and to bridge them.
They looked under stones
and along the edges of the sky
and deep in the whorls of flowers
and pieces surfaced that, pulled,
brought whole constellations with them,
patterns for saying.

I went to a gathering in the hills
to combine our discoveries.
We sat in a circle, eyes locking with eyes,
and before anyone could offer
a word to begin the chain
we all burst out singing.
The sky’s notes
embedded in our riven heads
meshed in a chorus of praise
for the unending birth
that sustained us.

When we could talk our first
urgent concern was blood,
our neighbours’ blood we spilt
to feed ourselves and the pain
of those born to be prey.
We did not choose, we said,
these cords that bind us in killing
but we are so made. Trust
in the killers’ obedience to the limit of need,
in the forgiveness of the killed,
trust in the light that persists
in the act of killing,
will keep our peace.

We had other dreams,
promises our talks brought forth
as our thoughts ran up and down
the scales of possibility,
happy in the swinging webs
of their own weaving.

Flying was one.
The birds encouraged
us four-legged creatures
lacking wings of flesh and feathers –
lightness is in your bones,
just let go your weight and rise.

And generation.
Male creatures would draw up their seed
to the heart and dissolve it in rays
to pierce the glowing pores
the females opened to them.
Strange couples could combine
since light with light makes fire
and in fire all shapes are welcome.

But these were prospects
not yet achieved and time
went in a different direction.
We started to hear rumours
of a naked race that stalked
with harsh looks over earth,
heedless of limits, scornful of trust,
carrying in thick hands
tools of death.

How could we prepare
for what we couldn’t imagine?
My people lived at the end
of a rugged plain, but they found us
and unleashed their madness on us.
I’d gone hunting in the foothills.
I ran when I saw the dust cloud
but I was too late. The creatures
had gone and a turbid silence
eddied round the broken shelters.
My family was dead,
bludgeoned at the entrance to our cave,
except one cub that still breathed.
I took him and ran back into the hills
and all night I tried to mend his heart
but it was too crushed.

None of my neighbours survived.
I was all alone,
only I alive and aware
in an immense empty desert
swollen with death.

Grief demolished me.

My hunger no longer fed

me but an alien, and the eyes

that used to be my guide

saw through me.

My loss was the threshold

of a vista of waste

widening through seasons ahead

uncountable to where

memory of joy

humming in the cords that bind us

to earth and all its beings

(children of stone and flesh,

wood and carapace)

would be faint and unnoticed.

The eyes said, only you

are left to span that distance.

Wrap the promises you know

in the cloak of your tattered heart

and die, freeze blood and breath.

Guard the seeds of light.

I didn’t hesitate.

It was a long dry season;

I scurried through dust and stones

between bushes turning to ash

carrying my load of memories

like a bitch seeking a lair

to give birth.

An abandoned cave, a well

cool in the living rock,

echoes of voices telling

stories of the earliest dawn –

I bent and drank, I sat

by the pool and freed my breath;

the heart fires flared

and before the conflagration

swept up and left me hollow

for winds of space to inhabit,

I saw a spotted toad

staring at the water’s edge.

He raised a foot: “Go well.

You will return.”

TRANSICIÓN

La muerte no es final


mientras quede la forma hermosa


espiral de concha


que contiene el mar.

Una vez llegué al mar


de repente, en un viaje -


la masa azul estremecida

inundó mis sentidos.

Mi espiral está dentro


sube de la raíz a la cabeza,


el cuero peludo que la reviste

y la carne disecada

responden a su temblor.


Alguien ha llamado.


La marea sube atropellada.


La vida crece y escalda.

Entre el fango y las algas


en la corriente turbia


nadan sílabas preñadas


peces fosforescentes.

TRANSITION

Death isn’t final

while lovely shape remains,

coil of a sea shell

containing the sea.

Once I came to the sea

suddenly, on a journey –

the quivering blue mass

flooded my senses.

My spiral is inside

rising from root to head,

the hairy pelt encasing it

and desiccated flesh

answer its tremor.

Someone has called.

The tide is rushing in.

Life swells and scalds.

Among the grit and weed

in the cloudy stream

pregnant syllables swim,

phosphorescent fish.

NAVE

Era niña cuando me atraparon,


pequeña fea fiera


y quizás inteligente, dijeron.


De la cintura para abajo me revistieron


con metal sensible, una cola de sirena,


mi columna era el centro del bastidor


para las alas conectadas a mis hombros;

mis antebrazos dejaron libres, aparejo viviente,


son morenos y ágiles

como habría sido mi cuerpo


de haber crecido en las calles donde me 

encontraron.

Mi mente debía quedar en blanco


pero no pudieron eliminar del todo


el recuerdo de ese cuerpo, esas calles


desfiladeros y cavernas debajo


de los bloques para siervos


donde vivíamos las pandillas de niños


comiendo ratas y recogiendo sobras del pasado


en almacenes de datos abandonados,

una educación al azar.

No fui construida para combatir.


Era exploradora para los propietarios


de los recursos del planeta.

Volaba rozando sabanas que se volvían polvo


y zigzagueaba por los lechos anchos y secos


de ríos que bajaban en hilitos de los cerros


y los únicos rastros de bestias o personas


eran huesos amontonados o regados.

No quedaba mucha tierra


para los cultivos voraces estériles


que sembraban para alimentar las ciudades


pero yo estaba hecha para informar, no juzgar.


Volaba y me gustaba volar,


miraba y me gustaba mirar.

Llanuras verdes estancadas


tallos marchitos


señalaban un término


pero mi ojos veían


sin reconocerlo


brotes de una renovación


en el medio de la ruina


oasis, rincones vivos


malezas hermosas


árboles alimentándose de piedra vieja.

Una vez me perdí.


Me remonté para orientarme.


La tierra me soltó


como un bote hacia arriba


y di vueltas sobre


las huellas de un gigante


su triturador y su taza

incrustados en el suelo.

Me sentía sola.


Existían pocas naves como yo


y no se nos permitía encontrarnos.


A veces yo volaba


espiral por espiral


picada por picada


al lado de un águila marina


o un buitre de los cerros


y las piedras lustrosos de sus ojos


fijados en mí

afirmaban mi fortaleza.

Aterrizaba en contra de las órdenes


en la cima de una montaña


o mi posaba en un árbol frondoso


y encontraba pequeños seres


lagartos y abejas y saltamontes


que no me temían en mi inmovilidad

y descubría el placer de los olores.

Nadie dijo de no explorar


las ruinas de las viejas ciudades.


Quedaban lejos de los campos


sus destrozos eran monótonos


pero a veces me desviaba


para volar a lo largo de calles hundidas


o dar vueltas en torno a las armaduras torcidas


de altas torres


y pensaba en la gente que allí vivía


que conocía inquietudes y sueños


y su muerte envuelta en cortinas


de llamas atronadoras.

En las ciudades nuevas no existe ya pensar


ni conciencia del hambre y la traición


que se acercan sigilosos.

Un día de repente estaba vieja.


Fui retirada del servicio y botada

en el cementerio de los autómatas.

Lloré y me dijeron “Cállate,


no tienes sentimientos.”

Mientras yacía sintiendo decaer las fuerzas


imágenes de la tierra que conocía


aparecían fugazmente frente a mis ojos


y vi como por primera vez


pozos en los páramos quemados


grama que brotaba de los escombros


en ciudades rasadas por las últimas guerras


y una roca con cuevas rodeada


por hectáreas de cerebros electrónicos desechos


que respiraba sin embargo un aire más denso


como si sonidos quebrados de un lenguaje remoto


se escapaban para enviarme señales.

Era una nave. Mi cerebro


penetraba en cada pieza motriz.


Mi centro de propulsión había sido extirpado


pero busqué tanteando mis alas


casi sin esperar respuesta

y revolotearon según mi voluntad.

Les ruego, dije, antes de extinguirnos


aquí entre nuestros destructores


hagamos un último esfuerzo


fuguémonos a otro lugar


que conozca la esperanza.

Lenta y penosamente mi armazón

se tensó estremeciéndose,


mis alas se levantaron se esforzaron


arrastrándonos al aire.


Volamos como una muñeca floja


un ave moribunda, milagrosamente


en silencio excepto que mi corazón


golpeaba en su jaula.


No tenía necesidad de conducir;


mi cerebro en la máquina


se dirigió hacia la cuevas que había visto una vez


como prisionero fugado a su casa.

Allí en el suelo polvoriento


delante de esas bocas abiertas en la roca


nos desplomamos justo cuando expiraba


la última chispa de sensibilidad en el armazón.

La caída fue violenta.


No sé cuánto tiempo yací


sin sentido en la ruina de mi caparazón.


Cuando desperté no creía 


que estaba viva, hasta que vi estremecerse


mi carne donde el armazón se había rajado.


Con las manos lo abrí de un tirón,


rodé resbalé choqué contra el suelo


rasgando cables en la cabeza y las alas.


Algunos se arrancaron y sangré.


No sabía que todavía tenía sangre.

Al principio no sentí alivio –

lloraba mis alas.

La tara emerge de su crisálida


arrugada pálida y atónita


pero ha ganado alas


y yo perdí las mías. Mi poder


para cernerme planear espiar desde lo alto

yacía a pedazos en torno

y todo lo que quedaba para cargarme


era esos muñones atrofiados de piernas -


que milagrosamente aun podían mover


dedos que buscaban agarre en la arena.

El rechazo de mi piel


a la tibieza áspera del suelo


se convirtió en júbilo estremecido


por el retorno del tacto.


Podía alzar y voltear la cabeza,


me apoyaba en los brazos,


pero no podía caminar.

En torno montones de carcasas de computadoras


grandes y pequeñas, rematadas por sus cables


vallaban el recinto arenoso;

delante se abrían las cuevas.

La cueva más grande latía


con un sonido que no era sonido


un pulso que era casi vida


que forzosamente me convocaba. 


Olvidé mis piernas inútiles


y el dolor y me arrastré


hacia el hoyo oscuro.

Vi dos puntos brillantes entre las tinieblas,


luego un destello como de agua.


Los ojos, si eran ojos, estaban quietos


no amenazantes y la sed


que entonces me invadió


fue tan fuerte que seguí;

pero me paró un bulto en el piso


un montón de pelo burdo, áspero


y oloroso a sucio con estacas


de huesos dentro.


Una carcasa supuse y me preguntaba

si podía pasarle encima

cuando de repente se movió.


Reculé y quedé sentada temblando

mientras mis ojos se adaptaban


a la oscuridad y a la realidad


de la escena que tenía delante.

Una perra flaca tendida en la arena


ofrecía sus mamas hinchadas


al enorme bestia gris que allí yacía.

La pesada mandíbula chupaba débilmente,

a momentos se contraía la garganta.


La perra me miraba fijamente


invitándome a compartir la ternura

y el asombro de esa resucitación.

La bondad que emanaban sus ojos


me hizo llorar; me tendí sollozando 


en el suelo y me dormí.


Más tarde desperté, la cueva estaba colmada


de luz de luna.

La perra se había ido. Di la vuelta


del bulto peludo y bebí al fin, agua dulce


y mientras volvía gateando a la boca de la cueva


la criatura emitió un gruñido


que parecía un saludo.


Toqué la cabeza lanuda


me acosté y volví a dormir.

Desperté a la plena luz del día.


La perra había vuelto, la bestia


debía de haber mamado otra vez –


estaba agachado con la cabeza en las patas


y su silueta era la de un lobo


aunque los ojos negros que me volvía


mientras me incorporaba y lo miraba


eran más sabios que los de cualquier animal.


Le hablé: “¿Quién eres tú?”

Escuchó hasta la última vibración


de mi voz y sacudió la cabeza.


Trató de hablar y un murmullo ronco


emanó de su pecho resolviéndose en frases


pero nunca había oído idioma parecido.

De repente era urgente entender


necesario que nos habláramos.


Pensé en la máquinas afuera:


en todo ese cementerio una traductora


todavía viable tenía que conseguirse.


Señalé que iba a volver


y salí gateando a la luz del sol.


Aun no podía pararme erguida


pero mis piernas mi sostenían


a cuatro patas como un animal


y penetré a empujones en la selva


de cuerpos cibernéticos. El suelo


no era inerte sino que pululaban


insectos y ratones ágiles

y trocitos de cerebros cargados aun


de intención titilante


brillaban y saltaban y cavaban

inocuos.


Me asomé a una franja de tierra


con plantas que reconocía como comibles


y paré para mascar unas hojas.


Escuchando me di cuenta que el aire


zumbaba y vibraba con suaves chasquidos


y un poco más adelante golpecitos


más vigorosos. Seguí gateando


y allí estaba, la caja


de un decodificador multilingüe


separado de su torre pero vivo.


Le hice pruebas de registros animales


y habla naval y funcionó.

Laboriosamente lo empujé hasta la cueva


agradecida por la fuerza de mis brazos.

Viéndome llegar la bestia


se alzó en patas esqueléticas


y se volvió a sentar de golpe.


Casi sonrió y yo le devolví la sonrisa


y empujé hacia él la caja


ansiosamente, preguntando de nuevo


“Quién eres?” Todavía miraba perplejo


pero la perra apoyó el oído en la caja


así que se lo pregunté a ella y me envió


una imagen clara y su nombre.

La perra que comió el ratón que tragó el chip


pensé y le dije, “Ahora pregúntale a él.”


Pasó un largo minuto mientras una respuesta


salió balbuceada de él y pasó


a través de ella a la máquina y a su visor.


”Llámame Lobo per favor. Quién eres tú?”

“Soy Nave,” dije. “He perdido mi caparazón


pero tengo la cabeza y sé pensar.”


Lobo me miró, triste


pero también complacido pensé.


“Tampoco de mí queda mucho,”

dijo, “pero podemos hablar.”

“Bien,” dije, “a través de milenios


con una perra y un cibercerebro tartamudo

como puentes, podemos hablar.”

SHIP

I was a child when they caught me,

small and ugly and fierce

and probably bright, they said.

From the waist down they encased me

in sensitive metal, a siren’s tail;

my spine was the core of the frame

for wings wired to my shoulders;

my forearms they left free, live tackle,

they’re dark-skinned and supple

as my body would have been

if I’d grown on the streets where they found me.

My mind was supposed to be blank

but they couldn’t erase completely

the memory of that body, those streets –

gorges and caverns below

the drudges’ tenements

where the children’s gangs lived

eating rats and picking scraps of the past

from abandoned data stores,

a random education.

I wasn’t built to fight.

I was a scout for the owners

of the planet’s resources.

I skimmed grasslands turning to dust

and zigzagged up the wide dry beds

of rivers that barely trickled out of the hills

and the only signs of beasts and people

were heaped or scattered bones.

There was not much land left

for the sterile, rapacious crops

they spread to feed the cities,

but I was made to report, not to judge;

I flew and I liked to fly,

I looked and I liked to see.

Once I was lost.

I soared to find my bearings.

The earth cast me off

like a boat upwards

and I circled over

the footprints of a giant,

his pestle and his cup

inlaid in the ground.

Stagnant green plains

withered stalks

are the end of the current story

but my eyes have seen

hardly knowing they saw

tendrils of a new birth

in the midst of destitution

oases, live pockets

lovely weeds

trees feeding on old stone.

I was lonely.

There were few ships like me

and we weren’t allowed to meet.

Sometimes I flew

spiral for spiral

swoop for swoop

beside a sea eagle

or a vulture of the hills

and the bright stones of their eyes

fixed on me

affirmed my resilience.

I landed against orders

on a mountain top

or perched in a thick tree

and encountered small creatures

lizards and bees and grasshoppers

unafraid of my stillness,

and discovered the pleasure of smells.

No one said I shouldn’t explore

the ruins of the old cities.

They were far from the fields

and boring in their shattered sameness

but sometimes I detoured

to fly the length of pitted streets

or circle the bent armatures

of tall towers

and I thought of the people that lived there

who were still allowed to worry and dream

and their death engulfed in thunderous

sheets of fire.

In the new cities there’s no more thinking

nor awareness of the hunger and betrayal

creeping close.

One day I was old.

I was grounded and left to die.

I cried and they said ‘Be quiet,

you have no feelings.’

As I lay with my strength ebbing

pictures of the earth I knew

played across my eyes

and I saw as if for the first time

wells in the burnt wilderness,

grass sprouting from rubble

in cities razed by the last wars,

and a rock with caves surrounded

by acres of derelict electronic brains

but breathing a denser air

as if broken sounds of a remote language

were escaping to signal to me.

I was a ship. My brain

permeated every motive part.

My main drive had been excised

but I felt for my wings, softly,

hardly expecting a response

and they fluttered to my will.

Please, I said, before we’re extinguished

here among our destroyers

let’s make a last effort

and escape to a different place

that may know hope.

Slowly, painfully my frame

tensed, shuddering

my wings lifted and strained

dragging us into the air.

We flew like a limp doll

a dying bird, miraculously,

in silence except for my heart

thumping in its cage.

I had no need to steer;

my brain in the machine

aimed for the caves I’d seen once

like an escaped prisoner for home.

And there on the dusty soil

in front of those gaping rock mouths,

we dropped as the last spark

of sentience in the frame expired.

The fall was violent.

I don’t know how long I lay

stunned in the wreck of my sheath.

When I woke I didn’t believe

I was alive, till I saw my flesh

quiver where the frame had split.

With my hands I wrenched it open,

I rolled, slithered, bumped on to the ground,

breaking lines to my head and wings.

Some tore out of me and I bled.

I didn’t know I still had blood.

I felt no relief at first –

I mourned my wings.

The moth emerges from its chrysalis

pale, crumpled and astonished

but it has gained wings

and I lost mine. My power

to hover, glide, spy from a height

lay shattered round me

and all I had to carry me

were these withered stumps of legs –

that amazingly could still move

toes trying for a grip on sand.

My skin’s recoil

from the rough warmth of the ground

became shuddering jubilation

at the return of touch.

I could raise and turn my head,

I propped myself on my arms,

but I couldn’t stand.

Around me piles of computer carcasses,

big and small, hung with cables

fenced the sandy clearing;

in front stood the cave mouths.

The taller cave was throbbing

with a sound that was not sound,

a pulse that was almost life,

that summoned me forcibly.

I forgot my helpless legs

and dragged myself aching

toward the dark hollow.

Two points glowing in the shadow

were all I saw at first

and then the glint of water.

The eyes, if they were eyes, were still,

not menacing, and the thirst

that overcame me then

so strong I pushed on;

but I was stopped by an object on the ground,

a heap of coarse hair, brittle

and stale smelling with sticks

of bones inside it.

A carcass I supposed

and wondered if I could climb over it

when suddenly it stirred.

I shrank back and sat

trembling while my eyes adjusted

to the dimness and the truth

of the scene before me.

A skinny bitch was lying on the sand

offering her swollen dugs

to the huge grey beast stretched out there.

Its heavy jaw sucked weakly and at intervals

The bitch was gazing at me

inviting me to share the pity

and wonder of its revival..

The kindness in her eyes

made me cry; I lay sobbing

on the ground and fell asleep.

Later I woke and the cave was full of moonlight.

The bitch had gone. I crept round the hairy pile

and drank at last, sweet water,

and as I crawled back to the cave mouth

a grunt came from the creature

that sounded like a greeting.

I put my hand on its shaggy head

then lay down and slept again.

I awoke to full daylight.

The bitch was back, the beast

must have fed again –

it was crouched now, head on paws,

and its shape was a wolf’s;

though the dark eyes it turned on me

as I sat up and stared

were wiser than any animal’s.

I spoke to it, “Who are you?”

It listened to the last vibration

of my voice and shook its head.

It tried to speak and a hoarse rumble

rose from its chest, resolving into phrases,

but I’d heard no language like it.

Suddenly it was urgent to understand,

necessary for us to speak to each other.

in all that graveyard one still viable

translator could surely be found.

I signed I’d return

and crawled out into the sunlight.

I still couldn’t stand upright

but my feet supported me

on all fours like an animal

and I pushed my way into the thicket

of cyber bodies. The ground

was not dead but teemed with life –

insects and scampering mice

and scraps of brains still charged

with flickering purpose

that glowed or hopped or burrowed,

harmless.

I broke through to a patch

of plants I knew were edible

and stopped to chew some leaves.

Listening I realized the air

was full of small clicks and whirs

and a little way ahead

a more vigorous tapping. I crept on

and there it was, the box

of a multilingual decoder

separate from its tower but live.

I tested it for animal registers

and ship’s parlance and it worked.

Laboriously I pushed it back to the cave

thankful for the strength in my arms.

Seeing me come the beast

stood up on skeletal legs

and sat down again with a bump.

He almost smiled and I smiled back

and pushed the box toward him

eagerly, asking again

‘Who are you?’ He still looked blank,

but the bitch put her ear to the box

so I asked her instead and she sent me

a clear image and her name.

The dog that ate the mice that swallowed the chips

I thought, and told her, ‘Ask him now’.

A long minute passed while an answer

stammered out of him and passed

through her to the machine and its visor:

“Please call me Wolf. Who are you?”

“I’m Ship,” I said. “I’ve lost my casing

but I have my head and I can think.”

Wolf looked at me, sad

and amused too I thought.

“There’s not much left of me either,”

he said, “but we can talk.”

“Right,” I said, “across the ages

with a Bitch and a stuttering cyber brain

as bridges, we can talk.”

DIÁLOGO VIRTUAL

VIRTUAL DIALOGUE

Nave: Hemos contado nuestras historias
          Estamos juntos, asombrados.    
          ¿Para qué?

Lobo:   No estoy seguro de estar vivo    
Era sólo harapos de sueños    
en un cielo vacío.      
¿Es esto otro sueño    
más largo más vívido?    
Reconozco este cuerpo    
que duele y respira.

Nave:  Tú estás más allá de viejo,    
yo estoy mutilada,
no podemos ser restaurados.    
No vamos a ningún lado.    
Podemos juntar nuestras perspectivas    
sobre la vida en la tierra    
tú desde el comienzo    
yo desde el fin.

Lobo:   ¿Esto es el fin?

Nave:  Mi mundo está acabando,    
debe acabar, no queda nada bueno.    
La luz que tú conocías se agotó.

Lobo:   Mi mundo se perdió en un momento
en el abismo del tiempo.    
Yo me escondí y morí.    
Despierto reconozco sólo el sabor del agua.    
El dolor por mis hijos, nuestro hogar,    
está enterrado en la arena de esta cueva.    
Ahora ¿debo lamentar    
la luz misma que muere    
en seres tardíos?

Nave:  Discúlpame.    
Has viajado tan lejos    
desde el pasado para encontrarme,    
algo conservará el destino
de la antigua iluminación.

Lobo:    Serán chispas que te traigo.

Nave:  Aprendí en los archivos:    
los seres pensantes perdieron    
ya hace tanto tu claridad y gozo;    
algunos vieron la luz a destellos    
y la llamaron dios;    
pero eran rapaces,    
olvidaron jugar y socorrerse,    
querían dominarse unos a otros,
dejaron que las máquinas sustituyeran    
cuerpos y cerebros.    
Ahora no son capaces    
siquiera de soñar.

Lobo:   Tú puedes soñar,    
tú conoces el presente.

Nave:   En los libros solían decir    
el presente no se puede perder    
y se pierde siempre.    
Cualquier piedra o cucaracha    
en el rayo vertical del tiempo    
existe, no se puede negar    
pero la vista más aguda    
de sabio o explorador
ve sólo el reflejo apagándose    
de un instante.

Lobo:   ¿Eso es verdad para ti?

Nave:   Ahora que lo pienso    
a momentos volando    
mi visión y el panorama eran idénticos,    
horizontes nuevos surgían mientras me acercaba    
desde mis adentros    
sin reflejos raídos.

Lobo:   Cuando la luz nos reventaba    
veíamos de esa manera,    
nuestra mente fundida en el rayo   
que traía cada instante del vacío.    
Mirando yo era nube pelo hoja,    
mis acciones eran luz en movimiento

Nave:   ¿Cómo se rompió la fusión?

Lobo:   No la vi romperse.    
La vi morir con mis prójimos.

Nave:    ¿Y aquellos que los destruyeron?

Lobo:   Afligido buscando esta cueva entendí:    
la luz en ellos no nació completa.    
No fueron rajados y dejados    
sumidos en el asombro
sino que apresaron la luz entre garras,    
brillaba en rayos deshilachados    
de repente pura y resplandeciente    
casi siempre manchada por la codicia    
de una naturaleza animal bruta.    
La luz misma era instrumento    
de su violencia.

Nave:  Esas criaturas eran mis ancestros.    
En los archivos vi obras maravillosas.    
La belleza debe ser lo que sucedía    
cuando la luz se liberaba por un momento    
para actuar en ellos sin torcerse.    
En los cuentos podían ser valientes y generosos    
pero esos eran acontecimientos especiales,    
ya no ocurren.    
Desde las últimas guerras    
los propietarios viven a través de aparatos cibernéticos    
que piensan y sienten por ellos    
y el pueblo sus víctimas    
sobrevive sólo como maniquíes    
sin cerebro o esperanza.

Lobo:      A ti no te ha pasado.

Nave:   Tuve suerte,    
me dieron alas,    
volar debe haberme enseñado a ver.    
Pero siempre era su instrumento.    
Ahora me han quebrado    
y botado.

Lobo:   ¿No puedes volar?

Nave:   No puedo volar, estoy demasiado rota,    
mis alas pesaban    
y ahora están estropeadas.

Lobo:   Viviste tanto tiempo    
más allá del peso,    
tus huesos pueden contener aún    
la liviandad

Nave:   Estoy lisiada,    
si tienes razón no lo sabré jamás.

Lobo:    Tu hijo lo podría saber.

Nave:   ¿Qué hijo?
Nunca podré tener un hijo

Lobo:    ¿Entonces por qué estamos aquí?

Nave:     Ah...

Lobo:   No temas.    
Nuestros cuerpos no se juntarán.    
Mi energía que fermentaba en el vacío    
se constela como poder    
despierto ahora en mí.    
Te acribillaré de semillas de vida    
y tú podrás concebir.    
Si aceptas.

Nave:   Debo aceptar.    
Sólo así mi sobrevivencia    
tiene sentido.

Lobo:   Como mi despertar.    
Si puedo pasarle a un hijo    
una chispa del antiguo esplendor    
el propósito que una vez asumí    
se cumplirá.    
Tu resistencia, tu poder de vuelo    
unidos en un hijo con la luz del inicio    
renovarán la vida en la tierra
Ship:   Our stories are told
           we’re together and amazed
           What for?

Wolf:   I’m not sure I’m alive
I was only rags of dreams
in empty sky
Is this another dream
longer more vivid?
I recognize this body
it aches and breathes

Ship:   You’re beyond old, I’m maimed
neither can be restored
We’re not going anywhere
We can put together our views of life on earth
you from the beginning
me from the end

Wolf:   This is the end?

Ship:   My world is ending
should end nothing good is left
The light you knew is exhausted

Wolf:   My world was lost in an hour
too long ago to measure
I hid and died
I wake, recognize only taste of water
Grief for my children, our home
is buried in the sand of this cave
Now I must mourn
light itself dying
in later creatures

Ship:   Forgive me
You’ve come so far
out of the past to meet me
some virtue must be left in fate
I don’t know where to look
Can you tell me?

Wolf:   The past has gone

Ship:   I learnt in the archives
thinking creatures long ago
lost your clarity and joy
Some saw light in flashes
and called it god
But they were greedy
forgot to play and succour
wanted to coerce each other
let machines replace
bodies and brains
Now they can’t even dream

Wolf:   No future no past
The present?

Ship:   People used to say
the present can’t be lost
and it’s always lost
Any dumb stone or cockroach
in time’s vertical ray
exists no denying it
but the sharpest sight
of sage or scout
sees only the fading reflection
of an instant

Wolf:   Sad Ship
were you always so dull?

Ship:   Isn’t everybody?
Come to think of it
there have been times flying
when my sight fitted the view exactly
new horizons arose as I approached
from inside me
with no frayed afterimage

Wolf:   When the light cracked us open
that was how we saw
our mind immersed in the beam
that carried each instant from the void
Looking I was cloud hair leaf
my actions were moving light

Ship:   How was the fusion broken?

Wolf:   I didn’t see it break
I saw it die with creatures

Ship:   And the ones who destroyed them?

Wolf:   In pain seeking this cave I understood
light was not born in them completely
They were not split open and left
basking in wonder
but held the light in claws
it shone through in tattered rays
momentarily pure and bright
mostly stained with the greed
of brute animal nature
The light itself was a tool
of their violence

Ship:   Those creatures were my ancestors
In the archives I saw marvellous works
Beauty must be what happened
when light got free for a moment
to act in them without twisting
In stories they could be brave and generous
but those were special events
they don’t happen any more
Since the last wars
the owners live through cyber sets
that think and feel for them
and the people their victims
survive only as brainless
hopeless manikins

Wolf:   It didn’t happen to you.

Ship:  I was lucky
They gave me wings
flying taught me to see
But I was still their tool
Now they’ve destroyed me
and thrown me away.

Wolf:   Can’t you still fly?

Ship:   I can’t fly, I’m too broken
My wings were heavy
and they’re shattered now

Wolf:   You lived so long
beyond the pull of weight
Your body may still hold
traces of flight

Ship:   I’m crippled
If you’re right I’ll never know

Wolf:   Your child could know.

Ship:   What child?
I can never have a child.

Wolf:   What are we here for?

Ship:   Ah…

Wolf:   Don’t fear
Our broken bodies won’t join.
My energy simmering in void
has constellated as power
I’m awake to now
I’ll riddle you with seeds of life
and you may conceive
If you accept

Ship:   I must accept
Nothing else can make sense
of my survival

Wolf:   Or of my waking
If I can pass on to a child
a spark of ancient radiance
a purpose I once heeded
will be answered.

LA CONCEPCIÓN

En el cielo ilimitado de la mente del Lobo


se han condensado diminutas gotas


a lo largo de estaciones sin número


esperando que se reviva la voluntad

en la piel sobre la arena seca

y las reúna; sólo


un cuerpo puede asegurarle a otro cuerpo


que sus heridas darán frutos

y hacer que abra sus válvulas.

El Lobo recoge sus poderes


en equilibrio en un borde entre la vida


del cuerpo desmadejado decrépito


obediente sólo a este propósito


y la disolución que anhela


en el vacío de su cielo interior

fundido en la luz sin inicio

y la Nave despojada decide


lo que nunca pidió ni soñó


y que podría ser su muerte pero ahora


la consume enteramente.


Abre sus cavidades

deja que sus heridas se dilaten:


tantos orificios


los huecos naturales arriba y abajo


el ombligo


las cicatrices hondas sin curar


donde arrancó los cables


que la amarraban como nave. 

La perra la apoya, trae comida


está a su lado en el momento


del cumplimiento,


recibe ella misma los rayos.


Quizás nacerá más de un hijo.

La pequeña estrella hilada 


por la fuerza de la generación

burbuja en el océano de las posibilidades

madura y explota


levantando el cuerpo en la cueva


irradiándolo de manera que cada pelo


es un filamento encendido,

los ojos son vórtices llameantes

salen a chorros glóbulos de luz 


inundan la atmósfera


penetran en orificios vivos


rebotan de las paredes de la cueva


todavía agudos y deslumbrantes,


se condensa y hierve una corona

en el entorno mineral.

Nave no se consuma.


El resplandor se encoge y apaga


en una aureola.

Ella tiembla

tóxica por las gérmenes de la luz

suspendida sobre un abismo:


la fuente.

Lentamente el aire se aquieta,


roca y arena recobran su textura diaria.


Nave está durmiendo.

Despierta y ve la Perra


cabeza en las patas al lado de Lobo


lo que queda de Lobo


apenas pelo y las cenizas de huesos.


“Se ha ido,” dice.


Las dos lloran un poco,


él no pidió vivir,


la muerte es retorno a la libertad


ahora sin límites.

Depende de ellas


servir la vida que trajo


desde tan lejos.

La cueva ha incubado


la resurrección desde lo inerte,


participado en la fecundación.

Ahora los últimos restos se desintegran


en polvo limpio


y se hincha la vida en los cuerpos

que descansan en la arena.

CONCEPTION

In the limitless sky of the Wolf’s mind

tiny drops have condensed

one at each random season

each fluctuation of sight

waiting for will to revive

in the pelt in the dry sand

and gather them; only

a body can reassure a body

that its hurt will be fruitful

and lay its valves open.

The Wolf collects his powers

balanced on an edge between life

in the tarnished decrepit body

obedient only to this purpose

and the dissolution he wants

in void, his inner sky

merging with the unborn light

and the naked Ship decides

what she has never asked or dreamed

and could die of but that now

consumes her wholly.

She opens cavities

lets her wounds gape:

so many orifices

nature’s holes, above and below

the navel

the deep unhealed scars

where she pulled out the wires

that bound her as a ship.

The bitch supports her, brings food,

is near her at the moment

of accomplishment

herself receives the rays

More than one child could come.

The small star spun into being

by the force of generation

bubble in the ocean of possibility

ripens and bursts

lifting the body in the cave

irradiating it so every hair

is a glowing filament

the eyes blazing vortexes

light corpuscles spurt

transfuse the atmosphere

shoot into living orifices

rebound from the cave walls

still piercing and dazzling

a corona condenses and seethes

in the mineral surround

Ship is not consumed

the glow shrinks and fades

to a halo.

She’s shivering

toxic with light germs

suspended over a gulf

the source

Slowly the air quietens

rock and sand acquire their daily texture

Ship is sleeping

She wakes and sees the bitch

head on paws beside Wolf

what’s left of Wolf

hardly hair and the ash of bones.

He’s gone she says

They both weep a little

he didn’t ask to live

death is return to freedom

unbounded now

It’s up to them

to serve the life he carried

from so far

The cave has incubated

resurrection out of inertness

taken part in fecundation

now last remains disintegrate

into clean dust

and life swells in the bodies

resting in the sand.

LOS HIJOS

Llegan a su término desconocido,


la Perra primero, el cachorro sale fácilmente


de pelo liso como ella


con los ojos de medianoche de Lobo.


Para Nave es dolor puro


mientras los huesos tanto tiempo comprimidos

en la máquina de volar se esfuerzan

para abrirle paso a su hijo.


Grita cuando sale precipitado 


y pierde conciencia.

La Perra se asegura que el niño


respira libremente y atiende a Nave

temiendo perderla


empujándola suavemente hacia la vida


y lentamente vuelve en sí


voltea la cabeza hacia el niño


criatura nueva y singular


peluda y fuerte


con manos y pies humanos


y la cara de sabueso sabio.


La mira y sonríe.

La Perra tiene leche para dos,


nunca faltan ratones y hojas.


Los niños crecen demasiado rápidamente


para las madres contentas,


retozando y peleando entre


la barrera de robots y la cueva.


Pronto descubren su propio lenguaje


y sus juegos se convierten en tácticas,


se adentran más lejos en la jungla


de maquinas descompuestas,


traen de vuelta piezas y construyen castillos


vehículos maniquíes,


estudian cómo hacerles moverse


hablar y recordar.


Con muchas inquietudes Nave


les muestra todo lo que sabe.

Una de las cajas de los chicos


comienza a transmitir noticias


de lo que sucede en el mundo fuera


de su recinto remoto:

dos canales, uno de anuncios


a voz en grito para el pueblo:

“escasez de raciones


necesario comer menos


el trabajo debe seguir”

el trabajo debe seguir”

– “el trabajo sin sentido,” dice Nave,


“construyendo máquinas no viables

para que se queden quietos” –

“se está buscando una solución

la obediencia es el camino”.

El otro canal es animado,


voces que murmuran se regodean


a veces tiemblan ansiosas


todos entorno al mismo tema:

“Las naves están casi listas


una reparación menor a un cohete


y estaremos idos


más allá de la galaxia;”

“el gas espera


en puntos estratégicos,

no dejaremos testigos”.

Finalmente las órdenes:


”oigan ciudadanos


mañana será un nuevo comienzo


quédense quietos en sus casas

les será llevado el alimento”.

“¿No hay nada que podamos hacer?”


preguntan los niños y Nave contesta


“Nada, ahora nada.


Sólo esperemos nos proteja la distancia.”

El ruido les alcanza,


un estruendo y un relampagueo alto


desde la ciudad de Nave, la más cercana.


Tres rayas ardientes cruzan el cielo


ascendiendo raudas por la atmósfera.

“Usaron los propulsores de los cohetes


para encender el gas,” dice Nave


y siente nauseas imaginando


el holocausto en sus calles.

“Esto es el fin.”

“No es el fin. ¿Para qué estamos nosotros?”

protesta su hijo.

“¿Para qué están?”

Que él mismo lo diga.

“Para asegurar que la vida siga


y la luz vuelva a habitarla,


para que la tierra sea de nuevo su hogar.


Los tiranos se han ido,


las ciudades muertas se están purgando


pero hay gente fuera de aquí


otros como nosotros


otros oasis.

Tenemos que prepararnos para encontrarlos.”

Ahora no están jugando los cachorros.


Juntos ordenan sus conocimientos


de códigos y estructuras cibernéticas,


luego olvidan las máquinas.


Sus estudios se enfocan en ellos mismos.

Tienen sentidos sin trabas,


ojos que ven la más mínima mota

de polvo o brote de hoja,


además de las distancias


del espacio donde los cohetes defectuosos


pierden las escamas y se desintegran


y del tiempo, penetrando su propio nacimiento


y los úteros carnosos


hasta el despertar de sus ancestros.


Desde la esfera del padre


irrumpe una corriente de luz 


primordial, la acogen

estremecidos.

“Su padre pensó que iban a volar,”


dice Nave expectante.

“Por supuesto que sí,” contestan.


“Tenemos que reanimar un planeta.


No nos puede faltar velocidad.”

Aprenden a usar la respiración

para levitar, mandar calor

para incubar los brotes de alas.

Algún día lo lograrán.


Algún día un muchacho y su perro


por tierra o por el aire dejarán


el cementerio de propósitos desgastados

y encararán su destino.

THE CHILDREN

They reach their unknown term

the bitch first, the pup comes easily

smooth haired like her

with the Wolf’s midnight eyes.

For Ship it’s pure pain

as her bones so long compressed

in the flying frame strain

to make a passage for her child

She screams as he oozes out

and loses consciousness.

The Bitch makes sure the cub

is breathing freely

and tends to Ship, afraid to lose her

nudging her back to life

but slowly she comes round

and turns her head to the child

new and singular creature

hairy and strong

with human hands and feet

and a wise hound’s face.

He looks at her and smiles.

The Bitch has milk for two,

mice and leaves are never lacking.

The children grow too quickly

for the contented mothers,

rolling and squabbling between

the robot barrier and the cave.

Soon they discover their own language

and their games become tactics,

they go further inside the jungle

of decomposing machinery

bring back parts and build castles

vehicles manikins,

study how to make them move

speak and recall.

With many pangs Ship

shows them all she knows.

One of the children’s boxes

begins transmitting news

of what’s happening outside

their remote enclosure.

Two channels, one loud

announcements for the populace –

“a ration shortage

necessary to eat less

work must go on”

– “the pointless work”, says Ship,

“building non-viable machines

to keep them quiet -”

“a solution is being found

obedience is the way.”

The other channel is busy

with voices muttering, gloating

occasionally anxious

all on the same theme:

“the ships are almost ready

a minor repair to a rocket

and we’ll be gone

beyond the galaxy”

“the gas is waiting

at strategic points

we’ll leave no witness”

Finally the orders

“Listen all city dwellers

tomorrow is a new beginning

stay quietly in your homes

nourishment will come to you.”

“Is there nothing we can do?”

the children ask and Ship answers

“Nothing, not now.

Just hope we’re far enough away.”

The sound reaches them

a boom and a high flash

from Ship’s city, the nearest.

Three fiery streaks cross the sky

rising through the atmosphere.

“They used the rocket propellers

to ignite the gas,” says Ship

and feels sick imagining

the holocaust in her streets.

“This is the end.”

“It’s not the end. What are we here for,”

says her son.

“What are you here for?” –

to hear him tell it himself.

“To make sure life goes on

for the light to return to,

for earth to be its home again.

The tyrants have gone

the dead cities are being purged

but there are people out there

others like us

other oases,

we must prepare to meet them.”

The cubs are not playing now.

Together they order their knowledge

of cyber codes and structures

then forget the machines.

Their study turns to themselves.

They have untrammelled senses

eyes that see the littlest grain

of dust or leaf sprouting

as well as both directions –

into space where the faulty rockets

shed scales and fall apart

and back through their own birth

and fleshy womb

to their ancestors’ unfolding.

From their father’s sphere

a stream of early light

breaks through; they face it

as often as they can bear.

“Your father said you might fly,”

says Ship hesitantly.

“Of course we will,” they answer.

“We have a planet to revive.

How else will we move fast enough.”

They learn to use their breath

to levitate, send heat

to incubate sprouts of wings.

One day they will succeed.

One day a boy and his dog

by earth or sky will leave

the cemetery of used purposes

and head into their fate.

LA INCÓGNITA

¿Serán suficientes


la carne joven permeada de cielo,


la mente tachonada de joyas


de luz concentrada,


la inteligencia activa cortante


como espada veloz o relámpago,


la buena voluntad hacia la vida?

¿Será posible


pararse en el origen
.

disolver los nudos del tiempo


sostener la regeneración 


desde la fuente?

THE OPEN QUESTION

Will it be enough

dense flesh infused with sky

mind studded with jewels

of concentrated light

blade sharp nerve swift

active intelligence

good will toward life?

Could it be enough

to stand back at the beginning

loosely grasping forgiving

all that went before

conceiving renewal?

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