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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Birmania
6 Nov 2021

Birmania

Post by Rowena Hill

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BIRMANIA: LOS OCHO ASTROS

Lunes

El día despierta
atento como un tigre
en mis ojos.

Me asomo a la ventana en el segundo piso del hotel, al lado de un altar cargado de cambures y retratos. Las amas de las casas de enfrente han sacado a la calle mesitas donde colocan ollas y fuentes humeantes. Suena un gong. Empieza a pasar una fila de monjes, primero el más viejo e imponente, al final los adolescentes. Las mujeres llenan sus boles de mendigos sagrados.

Los monjes son elegantes,
las cabezas rapadas, los rostros
variaciones sobre un tema antiguo.
Caminan delgados y erectos dentro de los pliegues
de sus túnicas, que abarcan
todas las matices de lo colorado.

Estoy observando uno
demasiado hermoso,
viste túnica rojo vivo
y sandalias de terciopelo escarlata.
De repente escupe
un chorro de betel color sangre.

Templo, mercado, tesoro, foco de creencias y sueños, el Shwedagon es un monumento extravagante al lado humano de la fe.

Se le accede por uno de los cuatro pasillos-escalinatas cubiertos, largos y anchos, con tiendas de souvenirs y artículos religiosos en los lados; resaltan búhos de la suerte de todos los tamaños y materiales, del papel a la piedra, Budas y santos locales, con apariencia de piñatas o imponentes en madera fina, sarongs, cajas, joyas.

En lo alto se sale al patio que rodea el enorme stupa, donde una multitud camina sin cesar, siempre en el sentido de las agujas del reloj, rezando, festejando, charlando.

Cincuenta y cuatro toneladas de hoja de oro
engordan el embudo volteado.
En la punta cuelga una fortuna
en joyas, tintineando con el viento.
La luz de la luna llena
se cuela entre faros y fuegos.

Dos muchachitos en túnicas cortas color café dan vueltas entre la multitud, tomados de la mano, tiernamente pendientes el uno del otro, con un aura de seres apartados. “Huérfanos,” explica una señora. “Criados por los monjes. Quien quiera los puede adoptar, como hijos, o como sirvientes.”

Es imposible visitar todos los pabellones, tallados o decorados con vidrios multicolores, mirarles la cara a todos los Budas o acercarse un momento a todos los conjuntos de estatuas de santos colocados en fila o en grupos familiares en eterna conversación. Se ven congregaciones de fieles que rezan, familias que meriendan al pie de las estatuas, personas arrodilladas en el espacio abierto reservado para las promesas, otras que les rinden culto con flores, velas y agua a los ocho planetas en sus altares en los puntos cardinales alrededor del stupa.

Y caminan
hombres mujeres niños inquietos
viejos ensimismados
monjes y monjas, algún turista,
fluir incesante sobre el piso de mármol
entre la mole dorada y los pórticos.

El aire mismo gira cargado
de cantos y campanas
de reflejos y sombras,
y todo corre más rápido, los pies
de la multitud ya no tocan el piso,
las figuras vienen flotando
en una corriente de devoción.

Martes

León de la carretera,
mi chofer sabe ya dónde quiero ir
y goza pasando todo el mundo.

Primer día de carretera, aprendiendo a registrar el paisaje: cultivos, cuerpos de agua, casas aisladas o agrupadas en pueblos techados por árboles grandes.

Los primeros de los tantos Budas vistos de paso, grandes y pequeños, parados y sentados, dorados y – los más – pintados: tez rosada, labios muy rojos (a veces se borran contornos antiguos finos, pintarrajeados como vieja coqueta), cejas negras muy marcadas. Una vez, hasta lentes.

A Pago
Buda está recostado en un galpón,
mide cincuenta y cinco metros, el dedo meñique más de tres.
La almohada es de cajones enjoyados
y los pies ligeramente separados,
adornados en las plantas por símbolos de longevidad,
denotan gozo.

A veces él es una huella
llena de agua
donde se mecen las nubes
y las flores de la ofrenda.

En lo alto de un cerro
que surge de la selva tropical
una roca dorada
cuelga en el borde del abismo,
poderosa.

Las mujeres no la deben tocar.
Peregrinaje inconcluso.

Miércoles, a.m.

¿Quién más que el elefante
de colmillos crecidos
encarna el poder de lo terrenal?

Subo un largo camino techado en un área escasamente poblada. Tomo te de una tetera negra en un ‘tea-shop’ abierto y rústico. No me lo cobran. Le regalo plata a la más vieja de las monjas vestidas de túnicas marrones remendadas, sentadas por tierra en los bordes del camino, señalando que es para todas. Asienten con la cabeza y me dirigen sonrisas desdentadas, brotadas del pozo más hondo de la bondad.

Al tope de la escalinata no está el templo que buscaba, sino uno pequeño con un parque lleno de stupas posados en el lomo de una serie de animales rústicamente modelados: gallo, cuervo, pavo real, mono, toro, ciervo, elefante, y otros, y repetidos.

No hay nadie a quien preguntarle qué significa este zoológico de yeso.

En las distancias el oro-y-blanco de pagodas grandes se eleva y canta entre árboles.

Los nats son los espíritus antiguos, los guardianes del territorio y de los destinos de la gente.

Buda es el más milagroso de todos, pero también es el más alto, el más depurado, dueño del afán de paraíso o nirvana. Existen otros dones. A los nats se les hace promesas, se pide ayuda en todo lo diario. En su nombre se busca poderes y la derrota de los enemigos. Hay que tenerlos buenos con ofrendas y devoción.

Bajo árboles grandes están los altares de guardianes locales, parados o a caballo. Al pie del Monte Popa, su demora ancestral, los treinta y seis nats principales están retratados en figuras de tamaño natural. En el centro la gran médica, Mae Wunna de ojos muy negros, podría igualmente ser María Lionza.

Miércoles p.m.

Añoraba la figura del elefante
(ellos están en los cerros
infestados de bandidos y militares)
y al fin tuve uno delante de los ojos
desplazándose por la orilla de la carretera.

No tiene colmillos.

Pero nadie se traga el sol.

La carretera principal del país, ya muy angosta, pasa frenando por pueblos que pululan de caminantes, bicicletas, carretas, perros atentos al tráfico. Las casas son de madera, muchas veces palafitos, con paredes-biombos de bambú trenzado. Detrás quedan los arrozales, en todos los matices de verde y amarillo. Salpicando el paisaje, el blanco de las pagodas.

Las figuras humanas que se ven en los campos, inclinadas en fila desherbando o transplantando retoños de arroz, caminando por los estrecho senderos entre cultivos, componen una imagen perfecta de colaboración voluntariosa. Como la mayoría de los hombres y mujeres en las calles de las ciudades, también son elegantes, emanan dignidad y autosuficiencia.

La gente tiene humor; mi chofer siempre hace reír los amigos que tiene en cada parada.

Pero ¿qué sé yo de sus frustraciones y penas, sus crueldades y corrupciones? No las llevan en los gestos de la cara o del cuerpo.

Parece que la dictadura no les agrede en lo esencial. Lo espero.

Gastan mucha plata en tener buenos los espíritus. Hacen frecuentes donaciones a los monasterios. Algunos les legan todos sus bienes cuando mueren, para asegurarse el futuro en el más allá. Se supone que los hijos harán su propio camino en el mundo.

¿Qué es para ellos felicidad?

Interminable subida al altiplano, a través de una serie de niveles ecológicos: llanura, selva, valle elevado. Curvas donde tienen que retroceder cada camión y cada autobús de la larga cola. “Carros” construidos con un motor genérico, unas poleas, unas tablas.

El altiplano es sobrio, casi sombrío, los cultivos bien ordenados. La cosecha del momento es el repollo. En cada caserío se encuentra montones de grandes pelotas verdes, que los hombres tiran a los camiones como si se tratara de un insólito juego.

La comida en las paradas es china, algunas veces birmana de sabores amargos y verduras extrañas. Lo más memorable: los dulces, o semi-dulces, de arroz pegajoso y pasta de frijoles. En todas partes hay ‘tea-shops’ y tienen clientes, la mayoría hombres, sentados alrededor de las mesitas bajas, hablando y riendo, a cualquier hora del día.

Jueves

Si tuviera la facilidad del ratón
para describir y encantar
recrearía el inagotable amanecer
de los fieles.

En el Lago Inle, las cosas no mantienen su orientación. Los Budas miran más al oeste o más al este según giran los pilotes de sus monasterios, plantados sobre el fondo resbaloso del lago. Los tomates dan vueltas en los jardines flotantes.

Dentro del monasterio Nga Phe Kyaung, es especial hasta el linóleo verde y amarillo en el cuadrado de piso donde me siento a tomar te con los monjes gentiles. Los famosos gatos saltadores se estiran con aire de realeza y se exhiben porque les da la gana.

Buda, en sus formas birmana, tailandesa, india y tibetana (o variantes locales de esas), lleva una sonrisa serena y omnisciente en los labios antiguos dorados.

Esto, esta quietud transparente, hemos podido serlo, aquí resulta tan evidente. ¿Por qué nos desviamos?

Las paredes el piso
las altas columnas de teca
respiran paz.
Se entra en ella como en un elemento nuevo
un agua sutil
o un gas precioso
que riega el corazón
y deja al salir una añoranza incurable.

Otro monasterio, en medio de campos inundados donde me tienen que auxiliar unos niños que vienen en canoa, es habitado por un solo monje viejo y sediento de conversación. Y un gatito pequeñito de pelo alborotado que quiere compartir la atención; el monje lo agarra entre dos dedos y lo tira lejos.

Me acerco en la noche calurosa a un monasterio, esta vez en tierra firme, del cual he escuchado a intervalos durante todo el día emanar (el altoparlante moderno aumentando su radio de alcance) una voz que recita el mantra base del budismo theravada, la afirmación del encadenarse de causa y efecto y de la renuncia como única salvación.

En el ancho espacio circular entre las paredes y los altares centrales, unos niños miran televisión, unas viejitas toman te, un grupo de hombres discute acaloradamente, el abad sale a darme la bienvenida, y el cantor sentado delante del micrófono repite sin cesar el mensaje conmovedor de la temporada sagrada.

La brisa seca en mi cara
el sudor del día.

Mis pasos en la tierra
son los de cualquier peregrino
ignorante o sabio
que vuelve a tomar su camino.

Hace veinticinco siglos
que estas palabras penetran
las noches terrenales
y del espíritu.

Viernes

Venus reducida y enterrada
en el conejo de indias o topo
que la representa.
¿Qué dirán las mujeres?

El “camino de Mandalay” (Kipling) lleva a una ciudad desmitificada, despojada de su realeza. La comida no es buena, se cobra muchos dólares por el derecho de entrar en templos sin misterio, y los mendigos y buhoneros no conceden un minuto de paz.

Los títeres son un triste eco de una vieja arte popular que ya no interesa al pueblo.

El Shwenandaw Kyaung conserva la imagen – destartalada – y algo de la quietud del lugar de meditación de reyes.

En el Mahamuni Paya los fieles buscan, tocándolos, fuerza y salud en los bronces poderosísimos de guerreros de Angkor Wat. Conexión inesperada que alumbra un trozo de historia.

El Buda en el centro del templo también es de bronce, de Cambodia, antiquísimo, pero lo cubre y deforma – menos el luciente rostro – una capa espesa de hoja de oro. Una fila constante de hombres devotos de todas las edades sube a pegarle más y más oro, en los brazos, en el pecho, en los muslos.

A las mujeres les está prohibido acercársele. ¿Por qué? “Porque – explica un oficial del templo – las mujeres abortan todos los meses y por eso son sucias.” Y están sentadas con tan gran anhelo y devoción a sus pies.


Sábado

La gran culebra del río
une y divide el paisaje.
Sus afluentes paren ciudades.

Este perfil
ocupa el espacio
con el mismo derecho incontestable
que un árbol de teca
o un acantilado.
Desde siempre el azul del cielo
reconoce la afilada torre dorada o blanca
con las campanitas que juegan
en la punta.

Algo que no se encuentra en la excelente – quizás demasiado exhaustiva – guía para turistas de Lonely Planet: un Buda grande acostado en un pórtico angosto, de piedra sencilla, sin adornos, con el rostro hierático de belleza conmovedora. ¿Será por alguna razón considerado “sin cabeza”, no más digno de culto?

Dos disgustos con hermosura:

En el monasterio más grande de Amarapura, la hora del almuerzo en una sala inmensa de cientos de monjes, que comen en silencio mientras un tropel de turistas los observa y les saca fotos. Los monjes mayores comen mucho mejor que los novicios.

Una pila de jaulas de pájaros en la entrada del puente de U Bein (como en otros lugares, liberándolos se adquiere mérito espiritual). Pago un precio alto por soltar una bellísima lechuza, que vuela al más cercano árbol, donde seguramente lo volverán a agarrar apenas me aleje. ¿Y el mérito de los comerciantes de almas de pájaro?


Nitidez absoluta:
los troncos pilotes del largo puente,
las figuras gráciles que lo transitan
en las dos direcciones
alguna en bicicleta,
la bandada de patos en un islote,
todos grabados en el biombo
de la realidad;
y la mente ya sobrecargada
oscilante en el calor
es incapaz de creer.

A Inwa se llega por un ferry rústico y se la visita, sin muchas alternativas, en carro halado por un caballito obstinado. Posee una torre pendiente, resto de un palacio, una pagoda “tibetana” parecida a un gran merengue sacudido por el viento, y la más honda conexión con pasados reales y devotos de todas estas “ciudades abandonadas”. Buda al aire abierto entre columnas rotas al lado de un álamo enorme. Un monasterio sólido de estuco amarillo en cuyos pasillos no respira nadie.

A Bagaya
la sala posterior del monasterio
es una selva donde los troncos
altísimos de teca se pierden
en la bóveda borrosa
de polvo y murciélagos.


Domingo

Las garras del halcón de fuego
hieren la espalda,
pinchan las semillas
y las mentes ovilladas.

Desde el amanecer y hasta bien entrada la noche, en las calles del centro de Yangon se vende, en kioscos improvisados en la misma acera, todos los artículos móviles para la casa, ropa, adornos, música, flores y comida sin fin.

Pescado, pollo y carne, crudos pero también y sobre todo cocidos en calderos de aceite hirviente, servidos en mesitas bajas con los banquitos redondos que entorpecen el paso de los peatones. Variedades de envueltos, pasteles y empanadas, las mil y una formas para servir partes de animales recién vivientes. Ensaladas amargas, dulces pastosos.

Olores y colores de sangre fresca, vieja, en coágulos, de vísceras, de aceite rancio, de zapatos de plástico. Sarongs y telas con diseños abstractos y de selva, púrpura, amarillo, anaranjado, azul, rojo, verde. Y matices de marrón y beige. Metal y negro de los instrumentos y utensilios (la mayoría de marca china). Mandarinas, manzanas, mangos. Hierbas y raíces, todas las partes del loto (la vaina parece una regadera).

Busco una cesta hecha de tiras de plástico recicladas, como las he visto en manos de las amas de casa. La consigo al fin en una tiendita de uno de los mercados cubiertos, entre rollos de tela multicolores apilados hasta el techo, almohadas y colchones….

En los pueblos también visito mercados de media hectárea, con puestos techados de madera donde venden al detal granos y harinas, jabones, azúcar.

Al aire abierto las frutas y hortalizas, los huevos, los boles de especies preparadas, el picante, la pasta de pescado, gris y maloliente, ubicua.

Y alguna venta de artículos para turistas, collares y pulseras, ídolos quizás viejos, pedazos de frisos esculpidos, el cuadernito del horóscopo de alguien desconocido.

Me permito una visita (costosa) a otra dimensión: afternoon tea at the Strand. El hotel histórico ha sido remodelado con un gusto admirablemente sobrio y correcto; en el salón de te nos encontramos en el imperio británico, provoca tocar la tetera y la taza con gestos de gran señora. Los pequeños sandwiches, las tartaletas, el sorbete son realmente deliciosos. ¿Es esto un gusto inocente que compartimos con esos huéspedes del pasado?


Bagan

Todos los planetas
y todas las bestias sagradas
se reúnen en esta constelación
de infinitas dimensiones.

Primer atardecer en Bagan. La escalinata que sube las terrazas del Shwesandaw Paya es alta y empinadísima (¡hay que volver a bajarla!) Cielo que se enciende a rojo y vuelve a empalidecer. Reflejos del cielo en el río que bordea por un lado el área de los templos. Vistas cercanas y lejanas cambiantes en lenta procesión mientras doy la vuelta de la última terraza, torres agujas cúpulas de diferentes perfiles, estilos, tamaños, multiplicándose de repente en algún complejo de templo mayor, escondiéndose entre los árboles que dan al todo un aspecto de selva encantada, de sueño realizado de tierra prometida.

Sombra densa del cedro
piedra soleada de los escalones
arco que invita a la presencia

del repente las libélulas.

Dondequiera que camino, goteando sudor, lo encuentro, en la pequeña capilla olvidada en medio de un campo, en las cuatro posiciones del compás en el sanctum de los grandes templos, parado al lado del camino, desmoronándose en el altar de alguna pagoda de ladrillo y yeso que no ha resistido a la fuerza del tiempo y los temblores.

Usualmente está sentado, a veces toscamente modelado, sin cuello y con los miembros mal proporcionados, pero siempre con la espalda erecta, la boca maquillada apenas sonriendo, un dedo de la mano derecha tocando la tierra para que ella sea testigo de su inquebrantable dedicación al esfuerzo por iluminarse.

El momento de cruzar el umbral del sol a la sombra, piedra arenosa bajo los pies descalzos, y encontrárselo delante, siempre enciende una chispa en la mente.

Altos, parados, vestidos de oro de reflejos sombríos, los cuatro Budas del Ananta Pahto ahuyentan el miedo y ofrecen la paz de las alturas del espíritu.

Por los pasillos de tierra roja entre los dos enormes cascos que conforman este edificio, camino viendo nichos con escenas de la vida de Buda e innumerables esculturas en posición de meditación.

De repente todo se está quemando, las llamaradas crepitan en las paredes, alcanzan el techo, me envuelven.

Yo demasiado sólida
inmersa en el fuego
no me enciendo.
Ese rugido resuena en mis grietas
y no me revienta;
pero lo tengo dentro.

De aquí no me voy entera.
Podré parecerle a la gente
igual o sólo más vieja
pero no verán que falta un pedazo
un fragmento convertido en réplica
que anda por siempre vagando
entre estas ruinas y esplendores
y duerme en la uña de un dedo
del pie de Buda.

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