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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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CUENTOS FANTÁSTICOS
12 Nov 2021

CUENTOS FANTÁSTICOS

Post by Rowena Hill

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CUENTOS FANTÁSTICOS

Un diminuto puercoespín surgió lentamente del mar de oscuridad
y empezó a crecer, más grande y más gordo,
y las espinas brillaban y se volvían doradas,
y la cúpula de oscuridad se alzaba pero el puercoespín se inflaba más rápido
alumbrando el espacio en expansión
hasta que reventó y las flechas doradas de sus espinas
llevaron gérmenes de vida ilusionada en todas las direcciones.
La tierra se formó de un dardo del cuello.
Algunos dicen que descendimos directamente del puercoespín,
otros que de las pulgas que lo montaron
para salir del limo originario.

La cima de una montaña alta en el planeta tierra era la cabeza de un dios calvo.
Mientras los seres humanos eran amables unas con otras, su boca estaba cerrada.
Al primer asomo de maldad sus labios se torcían revelando pequeños dientes blancos:
Luego comenzaron los asesinatos y él saboreó carne humana.
Al rato sus dientes estaban manchados con la sangre de los crueles.
Cada vez más personas fueron arrastradas en hordas a morir entre sus fauces.
Finalmente llegó a ser tan glotón que tragó la raza humana entera en su garganta negra
y se hundió en la montaña.
Ahora hay otra oportunidad.


El pulmón cósmico trabaja sin parar, inhala exhala, por espacios de milenios.
A veces la exhalación es informe o huele mal.
Una vez con una respiración especialmente fuerte salieron volando planetas
y aparecieron colores y criaturas con cabezas y extremidades.
En un rincón del espacio recién inflado sobre una esfera fresca azul nació una raza de gigantes.
Sabían que no tendrían mucho tiempo y tendieron caminos cubiertos de hierba
para los pies de una mujer que soñaron.
Ella camina todavía allí aunque la mayoría de los ojos no la ven.



La tara bruja, ascalapha odorata, se alejó del abrazo de la noche
y extendió sus magníficas alas – arabescos y franjas festoneadas –
en el muro de una casa.
Un niño la miró y chilló, la madre la agredió con una escoba,
ascalapha se lanzó hacia arriba buscando un refugio en la luna.
Fuera de la atmósfera de la tierra los ojos rojos esféricos
se hincharon y brillaron como hornos
sacudieron el cuerpo y lo reventaron;
las patas peludas, la probóscide, tiras pintadas de las alas
cayeron en el rostro lunar, creando relieves.



Cuando Dios era joven y robusto y gustaba de vestir de verde
se reía de la imagen que de él tenía la gente,
viejo y ponderoso con una larga barba blanca.
Luego se amoldó al papel.
Prefería pasar los días sentado y empezó a fallarle la memoria.
Ideas bonitas que tenía para alegrar la gente
se le iban de la cabeza y a veces volvían
pero muy tarde.


Una vez tuve una inspiración, una manera de eliminar la crueldad,
pero se durmió y al despertar la había olvidado.
Un ciclo más tarde el pensamiento volvió.
Miró hacia abajo y entendió que en ese escenario no había forma
de ponerlo en práctica.
“Lástima”, pensó. “Ahora estoy demasiado cansado
para arreglar lo que sea.”
Y cerró los ojos.



En una montaña cerca de un caserío estaba una cueva
donde se decía que siglos antes una santa
había alcanzado la jada samadhi, animación suspendida.
Desafiando el temor y la piedad dos hermanos
apartaron las rocas que cerraban la entrada
y vieron enfrente un esqueleto apenas forrado,
sentado con las piernas cruzadas y con ojos inmóviles y húmedos.
Lentamente se acercaron, Menor dijo a Mayor
“te reto a tocarla entre las piernas!”
Mayor, con una mueca morbosa, toqueteó y retiró la mano.
“Es cartílago,” dijo.
Un sonido como un suspiro de dolor inundó la cueva
y huyeron.


En la noche Menor escuchaba a Mayor en su catre
sollozar y gemir; al fin estuvo quieto.
Al amanecer fue a despertarlo y allí acostada
estaba una mujer joven y hermosa, respirando serena.
Menor se precipitó montaña arriba; en la cueva
estaba sentado el cuerpo tieso y arrugado de su hermano,
no veía y entre sus piernas
yacía inerte un cilindro de cartílago.



Para superar el miedo del mar el muchacho
desafiaba olas cada vez más grandes zambulléndose debajo de ellas.
A veces lo aplastaban y lo dejaban sin aire, dos veces rompió costillas.
Tuvo la oportunidad de ser surfista y, meciendo siempre el miedo,
llegó a ser campeón.
Un día surfeaba la ola más grande de su carrera.
En vez de romper lo subió y lo subió hasta que en la cresta
miró hacia abajo al otro lado
y vio la caída en una tierra paradisíaca de praderas y árboles altos y riachuelos dulces
y una casa donde le esperaba una infancia.



Consumados sus delitos se sentaba a menudo
delante del espejo triple en su tocador
estudiándose de frente y de perfil
reflejada hasta el infinito en los paneles laterales
asombrada por su belleza intacta.
Un mal día vio una mancha en el fondo
de la imagen a la izquierda.
Al inicio no lograba enfocarla, luego se extendió
se adueñó del rostro en ese marco
ensombreciendo y afilando las facciones,
inmóvil le devolvía la mirada hasta que asustada
le gritó que se fuera y con una mueca de desdén
surgió desde el fondo del espejo
sacando garras negras…


Ernst estaba obsesionado con el acceso al futuro.
Recorrió un elipse más allá de la velocidad de la luz
para agarrar al tiempo desprevenido, pero cuando regresó a la tierra
se encontraba en el pasado.
Hizo reducir a fotones partes de su cerebro
pero sus días se convirtieron en un mal viaje alrededor del statu quo.
Probó la meditación, la poesía, el arte,
y sus pies se quedaron fijos en el ahora.
Finalmente un experimento que sólo él y un genio neurológico eran capaces de seguir
lo llevó al filo cortante del presente
donde billones de posibilidades en intersección
lo aniquilaron. De alguna manera un triunfo.

No hacen falta hologramas invasivos,
hay una manera más orgánica, dijo el doctor.
Es decir, si tiene el talento necesario.
Las gallinas pueden imprimir eclipses en sus huevos.
A las mujeres preñadas a menudo se les decía
que no miraran fijo a los monos.
Una imagen puede calar por los ojos
e imprimirse en el feto.
No quiere que su hijo se le parezca
a su marido, se entiende,
entonces fije largamente el rostro
de su amante platónico, sienta todo su anhelo,
y él será el padre del parecido.

No se sentía cómoda en su cocina.
Antes había disfrutado de picar y batir
aun cuando regresaba cansada del teatro
pero ahora las máquinas lo hacían todo
programando y dirigiéndose entre ellos en el circuito doméstico.
Un día decidió intervenir, dejar con grumos el atol como reto,
y la batidora le mordió.
Levantó la cabeza y le mordió.
La mano se le hinchó, el veneno se le subió a la cabeza,
salió corriendo a la calle y mordió el primer transeúnte.
Así comenzó la pandemia de los electrodomésticos.
Las personas mordían a las máquinas y a las personas,
las máquinas mordían por gusto a las personas y a las máquinas.
Ella sobrevivió y descubrió un repelente
en un mercado chino.


Hacía tiempo que su esposa estaba indispuesta
pero rechazaba sus intentos de llevarla donde un médico.
En el sector de las carnicerías en el mercado
la vio incómoda, luego desesperada.
Extendió los brazo, gimió,
su cuerpo se hinchó y expandió como un globo
y estalló en llamas que la consumieron
y chamuscaron los cadáveres a su alrededor.
Cuando pudo acercarse entre el hedor
encontró que de ella no quedaba nada
excepto pelo y uñas y un corazón de carbón labrado
destellando como una luciérnaga moribunda.


Hermanos en una funeraria
lamentaban nunca haber tenido valor
para preguntarle a la madre si su herencia
era cyborg o natural.
La urna estaba todavía abierta
y parecía que unos dedos levantaban desde dentro
la bata que le cubría el abdomen.
Con miedo la apartaron.
La carne blanca muerta estaba perforada
en una decena de puntos por tornillos
de metal reluciente y entorno de ellos
hasta sus puntas ascendientes se enredaban
zarcillos de un guisante vivo.



Pasada la primera ola de indignación
por la arbitrariedad del género y de la distribución de órganos,
cuando los cirujanos estaban listos para nuevos retos,
más personas empezaron a escoger encarnaciones diversas.
Las hormigas y las cucarachas estaban excluidas,
y por el momento también los murciélagos y las águilas,
pero Billy ahora Billa se enamoró de un chigüire
y decidió convertirse en su igual.
Encoger e hinchar tejidos, aplicar pelo,
cultivar caldo de queratina para plasmar pezuñas
tomó tanto tiempo que el objeto de sus esfuerzos había muerto.
Miró por de sus ojos lustrosos a un cochinito
la reducción de un bombero irlandés
y decidió por el amor en la diferencia.



Cuando ya la mayoría de las personas eran amalgamas
de partes orgánicas y artificiales
las que se negaban se habían convertido en forajidos
y eran perseguidos como materia prima
y como malos ejemplos.
Noah huyendo de los vigilantes
atrapado pero consciente de que para sus enemigos
no tenía sustancia
se escondió en una lluvia de hojas otoñales
y escapó para seguir la estación
hasta un coto de fieras impenitentes.


A sus treinta años Betty fue obligada a llevar un letrero
que enumeraba todas sus relaciones hasta la fecha:
edad, color, género, tiempo de duración.
Puesto que era partidaria de la variedad
era difícil para quien la leyera saber cómo abordarla
así que aun siendo muy atractiva
de una manera felina voluminosa
pasó varios años sin compañía.
Finalmente una noche en un callejón
la agarró un macho grande amarillo
y arrancó su letrero y el propio.
El alivio fue enorme, se dieron cuenta:
las advertencias del pasado sólo interfieren,
la afinidad depende del olor.


Había reservado la fecha de su muerte
pensando que le daba suficiente tiempo
para ver lo que ella quería ver
pero no demasiado, el futuro no le atraía.
Cuando llegó el día no se sentía preparada
y aunque sabía que no había posibilidad de apelación,
las fauces estaban programadas para reciclar las partes de su cuerpo,
imploró al técnico que le perdonara.
Él se sentía ese día extrañamente generoso
y le ofreció un exoesqueleto
y mientras se machacaban su carne y sus huesos
ella se deslizó dentro de un carapacho azul pavo real.
Ahora duerme bajo una roca
y se encarama para brillar a la luz del sol,
el mundo chasquea a lo lejos.



Para perder sus perseguidores furiosos la diminuta Tigresa delincuente
necesitaba cambiar su identidad.
Entre los árboles en el parque escuchó los cantos de diferentes aves.
La atrajo un dulce gorjeo y cuando apareció sobre su cabeza
un ave verde y amarilla con las sienes azules
tomó la decisión apresurada de convertirse.
Posada en una rama dejó que se escurriera la corriente de la transición,
luego con un breve vuelo probó las alas.
Ahora la voz: sintió como le ondulaba la garganta
mientras fluían las notas musicales.
Más fuerte mejor, pensó, y forzó los músculos extraños.
El rumor que salía era metálico, áspero, como el de una campana rota.
Sorprendida sintió que el sonido la absorbía, la poseía, la empujaba dentro la grieta
hasta que traspasó y flotaba sin cuerpo en el espacio.
Entonces, esto es lo que he sido, pensó, a través de todos mis disfraces. Lo que soy.
Pero ¿qué soy? ¿Quién soy? ¿Existo?
Todas las personas que he conocido, los que he engañado y lastimado,
los que he querido, todos son dentro
igual que yo, nada más aire?
La pregunta siguió haciéndose, pero el yo que preguntaba,
más denso que el aire, luego suspendido en el aire,
cada vez más enrarecido,
ya no estaba.

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