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“Soy quien soy.
Una coincidencia no menos impensable
que cualquier otra.”

Wislawa Symborska

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Los cheses viven

El Universal, diciembre 1997

Todos los pueblos han creído en los espíritus de los lugares. No se trata sólo de supersticiones primitivas. Una cosmovisión tan desarrollada como la budista tibetana reconoce la existencia de “guardianes” específicos de diferentes regiones de la tierra, algunos más benévolos y otros más peligrosos. Los que pertenecen a este continente, parece que son de temer porque son aliados de un demonio particularmente perjudicial en esta época.

¿Cómo nacen esos seres? Algunos, como los “cheses” de los páramos andinos, son las formas que han asumido dioses mayores caídos en desgracia – en este caso por la conquista. Ches era un dios de la luz, de las alturas (“Mucuchíes significa probablemente “lugar de Ches”); los cheses son espíritus (llamados “encantos” en muchas partes) que habitan los páramos remotos. Tienen sus casas en las lagunas, tienen familia y ganado. Si uno los encontrara en el mercado, probablemente no los reconocería. A veces son malos y hacen que la gente se pierda entre las nieblas; pero pueden ayudar también a conseguir el ganado perdido y si uno sabe entrar en relación con ellos – hay que llamarlos “paisano” – hasta le dicen cuando va a morir.

Los espíritus, entonces, pueden cambiar, adaptándose a tiempos y costumbres nuevos. Lo cual es una característica de los campos mórficos, esos conjuntos cohesivos de la teoría de Rupert Sheldrake, que regirían tanto la realidad física como la psíquica. Siguiendo esta teoría podemos decir que dioses y espíritus no son producciones de la imaginación personal educada en una cultura, sino fuerzas que se construyen en la experiencia repetida de muchos, están más allá de la individualidad y se manifiestan en la psiquis colectiva o individual cuando las condiciones lo permiten o piden. Hasta dioses o diosas hace muchos siglos “muertos” pueden revivir si la falta de su presencia se hace sentir de manera apremiante.

Pero la teoría no explica cómo nacen los campos, cómo se crean campos nuevos. ¿Quién hizo los momóes con sus largas lenguas escarlatas? ¿Por qué tiene Chama los pies al revés? Es evidente que las diferentes especies de duendes, encantos, guardianes, dríades etc., tienen una relación estrecha con el terreno específico donde surgieron. La culebra gigantesca que vive en los hoyos, que tiene cuernas y brama como un toro, es una pariente híbrida del Crótalus terrificus que sube por el lecho del río cercano. “Arco” y “Arca” son peligrosos porque la gente de páramo vive entre aguas y humedades. Pero ¿cómo se explica el salto a la representación de una figura? ¿Y el hecho de que cobra vida propia? Tómese una ala de zamuro, unos ramos de ese árbol hermoso que se llama “indio desnudo”, un remolino de viento entre las matas, un destello al amanecer… allá se yergue un Krishna de estas montañas. Lo hice yo y no conozco su verdadero nombre; y no vale porque tendría que nacer de los ojos y los nervios y los sueños de mucha gente en un largo tiempo. Pero, ¿no será de esta forma que nacen los espíritus de los lugares?

Al comienzo los seres humanos no tenían dioses. Sus creencias se enfocaban en la magia, el complejo de afinidades que intuían entre su propio ser y los que les rodeaba del cosmos. En una segunda fase, mientras empezaban a distanciarse – a distinguirse – de la madre tierra, proyectaban sus inquietudes en divinidades y así nació la mitología.

Esas inquietudes están vivas aún en nosotros, y también ese poder de proyección. Si queremos acercarnos a la manera de sentir de nuestros antepasados, si nos atrevemos a vislumbrar una fase de la relación de nuestra mente con la tierra que nuestro ascenso evolutivo supuestamente ha superado (¿qué tan razonables somos en verdad? ¿no somos más bien flojos y miedosos?), vamos solos al páramo en un día de viento y sol. Remolino de polvo, aliento, luz repentina, sombra que cae; allí están los cheses y nos tocan.

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